Una casa junto al tragadero de Mariano Quirós

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Una casa junto al tragadero

Mariano Quirós

Tusquets

Novela

Por Juliano Ortiz

¿Cómo crear un ambiente de terror con pocos elementos fantásticos que en realidad no lo son? ¿Cómo elaborar una historia local que traspase fronteras? Como parecer Saer sin serlo. Como hacer recordar a Tizón y tener voz propia. Hay historias verídicas de entraña tan alucinante que solo a través de la ficción ganan el espesor de lo verosímil. Y aunque ésta novela no sea una historia real, parece que lo fuera desde la primera palabra.

Hay un personaje central, el Mudo, que nos cuenta lo que le pasa sin necesidad de ambigüedades ni falsas profecías. Hay otros personajes que son los eslabones necesarios y justos para dar espacio a ese relato que es esquivo, pequeño, pero que nos ofrece un mundo de extraña humanidad. La humanidad que, desde la parquedad emocional del Mudo, viste a ese ambiente con ropas de un terror despojado, incierto, vacío.

El mudo mata monos. En la soledad del monte, vive cerca a un río, el Tragadero, que parece no solo tragar ruidos y colores, que parece deshumanizar en la soledad que habita el mudo y en la que se relaciona con Insúa, el extraño  dueño del único almacén del paraje. Hasta ahí todo más o menos bien, a pesar de la pereza intelectual que domina al Mudo. Luego, un grupo de ecologistas vienen a remover el barro de la aparente normalidad de ese lugar y como por arte de magia, al hacerlo, no solo trastocan la vida del Mudo y de Soria, un muy raro espécimen que da vueltas y se topa con ellos. Los ecologistas no saben que a la violencia de la soledad nunca hay que enfrentarla, porque puede tragarlos como un tornado incontrolable.

La novela es oscura, con momentos de altísimo nivel narrativo. Cuesta desatenderse de lo que ocurre sin juzgar a los personajes. El autor no lo hace. El autor vierte como en un caldero hirviendo, un rompecabezas que permite al lector compenetrarse en la historia y tratar de escapar de la lectura por tanto dolor miserable que cada uno de los personajes transpira.

Quirós escribe sobre la supervivencia, sobre el ahogo de seres que juegan en la cornisa, que están a un paso de lo que podríamos catalogar como actos de pobres tipos. Con claras influencias de un realismo latinoamericano tardío y bien argentino, la prosa descansa en las aguas de un coloquialismo extraordinario, muy bien manejado y que en todo momento, es creíble.

“Encontré al mono a unos siete metros del árbol donde un rato antes comía su fruta. El disparo le había destruido el cráneo. Ahora era un mono sin cabeza. Tuve que ahuyentar a la perra, que a toda costa quería también ella hurgar en el mono. Lo alcé con una mano, la del brazo bueno, y tanteé su peso: como mucho me serviría para dar gusto a una sopa.

Levanté la vista y distinguí a unos veinte metros, semicubierto por los árboles, al chico de Soria. Metido así entre el ramerío tenía la imagen como de una aparición. Nos miramos durante un rato, segundos nomás, los dos quietos, hasta que dio media vuelta y se fue. Seguro que a contarle a su papá que yo andaba, para variar, cazando monos.

La India quiso salirle detrás, pero la cacé justo del cogote y se quedó quieta. Perra de mierda”.

Vale la pena leer esta novela vertiginosa, hipnótica, envolvente que, seguramente, puede ser el inicio para conocer a un autor que en el futuro dará mucho que hablar.

Es autor de las novelas Robles (Premio Bienal Federal), Torrente (Premio Iberoamericano de Nueva Narrativa), Río Negro (Premio Laura Palmer no ha muerto), No llores, hombre duro (Premio Festival Azabache). Su cuento Cazador de tapires recibió el premio Gabriel Aresti, convocado por el Ayuntamiento de Bilbao. Junto a los escritores Pablo Black y Germán Parmetler publicó el volumen de cuentos Cuatro perras noches, con ilustraciones de Luciano Acosta. Actualmente dirige junto a Pablo Black la colección literaria Mulita.

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