Yo, Tonya (2017), de Craig Gillespie – Crítica

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Por Miguel Martín Maestro.

Hace una década, en 2007, el director australiano Gillespie obtuvo un reconocimiento crítico importante con su Lars y una chica de verdad, donde el ahora afamadísimo Ryan Gosling anticipaba los amores imposibles entre un ser humano y un ente material como una muñeca hinchable y en la que la soledad del protagonista funcionaba como motor exclusivo de la narración, mostrando la absoluta deriva del hombre moderno hacia parcelas de misantropía donde son más importantes las relaciones ficticias que las personales, en un adelanto ahora superado de lo que han supuesto las redes «asociales». Diez años después, y perdido su rastro en títulos de escaso tirón, Yo, Tonya incide en la soledad y en la imposibilidad de las clases populares de aspirar a competir en igualdad de condiciones en mundos reservados a las élites, financieras, estéticas, sexuales o culturales, da lo mismo. Tonya es un personaje real, Yo, Tonya juega al biopic, pero Yo, Tonya es un producto políticamente incorrectísimo que provoca reacciones de afecto y desafecto a partes iguales, provoca pasiones populares siguiendo a una de estas princesas «del pueblo» tan dadas a permanecer «en el candelabro» el tiempo justo en que un resbalón les haga pagar su error multiplicado infinitas veces hasta quedar reducidas a cenizas, eliminadas y fulminadas para caer más bajo del lugar del que proceden, Tonya se ceba en la propia deportista por sus errores, pero no por ello es retrato de una sociedad que vive pendiente de la fama ajena para aniquilarla el minuto después de encumbrarla.

Gillespie, y desconozco hasta dónde existirá permiso de los protagonistas para ser retratados con tanta crudeza e inhumanidad, haciendo astracanada y esperpento de una historia real, carga contra la familia, contra el amor romántico, contra la pareja, contra el amor materno-filial, contra el «self made» americano, contra el sueño olímpico, contra la limpieza en el deporte, contra el capitalismo, contra el clasismo. Sin resultar deslumbrante, y probablemente 20 minutos menos le hubieran sentado estupendamente al resultado final, notable, Yo, Tonya es el resultado de otro juguete roto, en este caso no en manos de desaprensivos representantes, mafias deportivas o conjuras al más alto nivel, Tonya es víctima de sus propios orígenes pobres y de su entorno más cercano, a Tonya la destroza su propia familia y su sueño de ser la número uno del patinaje mundial se esfuma con la mancha de la trampa de por medio. Tonya Harding fue la primera mujer patinadora sobre hielo capaz de ejecutar un triple salto en medio de los ejercicios de competición, un riesgo, un reto inasumible para el resto pero con el que contrarrestaba sus orígenes humildes, sus trajes poco glamurosos, usar música heavy para sus coreografías, potencia frente a clase, riesgo frente a estilo. Una patinadora capaz de enfrentarse a los jueces que sistemáticamente la puntuaban por debajo de lo merecido por su aspecto visual, por su falta de dinero para maquillarse o vestirse un maillot deslumbrante. Una rebelde luchando contra una madre obsesionada por el éxito de su hija ejerciendo la tiranía absoluta que empujó a Tonya a un matrimonio prematuro lleno de episodios violentos, una outsider que sólo en lo que nadie hacía podía encontrar la réplica al desprecio de clase que se cebaba con ella.

Cada puñetazo que recibe Tonya, de su madre, o de su marido y antes novio, es tratado por el director con el desparpajo de quien lo asume como un gaje del oficio que forja un carácter, y ante el que no cabe sino intentar responder con una patada dirigida a los genitales. La vida de Tonya es lucha por sobrevivir, porque no hay nada más hiriente que tus compañeras de equipo vistan un abrigo de piel y tu un abrigo hecho por tu madre con las pieles de conejo que ha cazado tu padre, o que justo antes de tener que competir en las olimpiadas se te rompan los cordones de tus botas de patinar y tengas que interrumpir tu participación pidiendo a los jueces que te permitan reemplazar el equipo. Como cuando Mme. de Merteuil se desmaquilla delante del espejo asumiendo su rabia y su fracaso, Tonya Harding intenta, en lo que imagina su última ocasión, ensayar ante el espejo su sonrisa hipócrita dirigida a unos jueces que no se la creen y a un público que tanto la aplaude como la abuchea, su último saludo triunfal, pero en ese gesto tiene que luchar contra las lagrimas, contra la impotencia de saber que, finalmente, sus seres más cercanos han sellado su fin agrediendo a su competidora olímpica para impedir que ésta se clasificara para las olimpiadas y fuera una rival a batir. El éxito mediante la ruina ajena, el todo vale en manos de auténticos estúpidos que dejan todas las pistas posibles para que el acto criminal señale directamente a la deportista, fuera ésta, o no, conocedora de lo que iba a suceder, algo que a la película ni le importa ni le interesa, porque en el retrato disfuncional del personaje y todo lo que le envuelve, hay tanta fuerza y tanta mala leche, que resulta indiferente lo que es verdad, lo que es invención, lo que es edulcoramiento o lo que es mentira. Como en las competiciones, todo vale con tal de que sirva, y para la película el tono desenfadado y el tono miserabilista de esa relación  madre-hija y esposo-esposa funciona perfectamente para hacer atractivo el producto.

Sobre Margot Robbie, la explosiva esposa de Leonardo di Caprio en El lobo de Wall Street recae todo el peso de la comedia negra que representa Yo, Tonya, rodada como si de un falso documental se tratara en el que los actores fueran los verdaderos protagonistas, mezclando el formato del video de finales de los 90 con la imagen HD del cine actual, el formato cuadrado con la más amplia panorámica para las espectaculares escenas de las acrobacias deportivas retocadas muy convincentemente de manera digital, un personaje vulgar, barriobajero, de insulto fácil y reacciones impulsivas cuyo único objetivo en la vida era el patinaje, un objetivo impuesto casi al mismo tiempo de aprender a hablar, una rebelde que vivió sus minutos de gloria contados en un mundo que permanentemente la expulsaba por no pertenecer a la clase social a la que se dirigía la publicidad del patinaje. El tono ácido, irónico, sarcástico, corrosivo con el que Gillespie ataca a todos sus personajes no sienta mal a la película salvo a quien busque verosimilitud en lo que se cuenta, asumamos que estamos ante un esperpento social y deportivo, ante un catálogo de vanidades, egoísmos e intereses que hace de todos y cada uno de los que aparecen más una caricatura que una realidad, pero es en esa caricatura donde Gillespie acierta para diferenciar este biopic de otros más académicos e insufriblemente mortecinos, nos da lo mismo si lo que ocurre es culpa de Tonya, si ésta es otra víctima, o todo un poco, lo importante es que la crítica exagerada encierra dosis de verdad gracias a su exageración, que la policía y los jueces se equivocan es un hecho, si no se usa la parodia o el trazo grueso quizás nos lo creamos menos. No es de extrañar que, perdida su licencia deportiva, Tonya se dedicara a boxear, una vida a golpes no conoce más respuesta que seguir dando duro contra el muro que no vas a poder franquear.

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