Amparo Larrañaga y María Pujalte a hostias en un “Reencuentro” muy especial

Por Horacio Otheguy Riveira

Comedia desternillante que juega con un humor negro muy afinado, a tal punto que los tacos con los que explosionan los personajes suenan a música celestial en comparación con las armas que llegan a desenfundar. Catalina y Julia están muy cabreadas, cada una a su manera; la ira les asiste, desbocada, camino de un raro amor que tal vez las una para siempre. Como toda gran comedia, tras las risas se desliza un drama que prefiere la acción a la desolación, la vitalidad rabiosa a la postración depresiva. Al frente, dos actrices que se entienden de maravilla, permitiéndose la creación de un odio formidable, chispeante e inclasificable. Pasen y vean.

 

 

Alguien llama a la puerta después de veinte años de ausencia rumiando mucho resentimiento. La hermana pobre pide auxilio a la rica. Dos únicas supervivientes en una familia diezmada. El reencuentro, de Ramón Paso, se enmarca perfectamente, con notable rigurosidad, en la historia del teatro crítico sobre las figuras parentales. Fácil es dejarse llevar por pantallazos de historias embarcadas en el mismo círculo vicioso de vidas marcadas a fuego por un origen familiar tremebundo. Pasean por nuestra memoria: Medea, desde Eurípides hasta múltiples versiones que bien pueden acabar en la admirable de Vicente Molina Foix; Viaje de un largo día hacia la noche, de Eugene O´Neill; Los padres terribles, de  Jean Cocteau; Animales feroces, del venezolano Isaac Chocrón de los años 60; Buenas noches, madre, de Marsha Norman, estrenada en Madrid por Mari Carrillo y Concha Velasco en 1984, o más cercana, Münchhausen, de Lucía Vilanova, estrenada en 2011 por Carmen Conesa, Adolfo Fernández y Macarena Sanz…
Sin embargo, con gran conocimiento de matices y estilos, y tras más de veinte obras de plena dedicación al teatro como asesor, autor y director, Ramón Paso aporta una voz propia con decidida voluntad de reconducir los lugares comunes, indagar en el humor como vehículo de profundo conocimiento de las relaciones humanas,  y en este caso específico permitirse que la furibunda inquina de estas hermanas pueda liberarse más y mejor que con una psicoterapia intensa: aquí está el escenario para que lo más negro de algunas relaciones familiares explote a gusto en un crescendo molto vivace, valga la cita melódica porque todo el entramado conlleva una musicalidad inherente, muy bien aprovechada por la aplicación del gran teatro gestual que aborda en sus puestas en escena Gabriel Olivares.

Toda la obra se desarrolla con diálogos intensos que van iluminando las vidas de estas mujeres, descubriendo poco a poco la otra cara de sus cuentos, de las mentiras con las que hicieron posible su supervivencia en soledad. Diálogos con un ritmo que estas espléndidas actrices dominan con la misma facilidad que sus correrías físicas, lo mismo la tensión de Amparo Larrañaga bordando a una “encantadoramente antipática” violinista obsesiva por el orden y la limpieza, menos egocéntrica y ridícula de lo que se esfuerza por aparentar. A su lado María Pujalte seduce con su desgraciada criatura cuyo victimismo por momentos se arrima al gran melodrama y en otros se desbarranca en hilarante caricatura de sí misma.

Ambas tienen una trayectoria muy variada, larga y siempre interesante. Pero la combinación de comedia y drama en Larrañaga me recuerda dos de sus mayores creaciones: la mujer ingenua y feliz que se enfrenta a un marido repentinamente machista en el clásico de Ibsen, Casa de muñecas, y en una de las grandes obras nacionales sobre una situación de maltrato continuo, Defensa de dama, escrita por Isabel Carmona y Joaquín Hinojosa. Por su parte, María Pujalte recompone aquí, felizmente, dos de sus últimos logros muy diferentes entre sí, el de la chica despistada de Losers, de Marta Buchaca, y el de la fiel criada, ya mayor, de Tristana, de Pérez Galdós en versión de Eduardo Galán, una lograda composición para adaptarse a un teatro histórico con un personaje alejado de sus experiencias habituales.

 

 

Catalina.             Me han desahuciado. Hoy.

Julia.                   (Tartamudeando) Lo siento.

Catalina.             Ya. Ha sido una… bueno, una mierda. Un día difícil.

Julia.                   ¿Y cuándo…?

Catalina.             ¿Cuándo…?

Julia.                   ¿Cuándo te…?

Catalina.             ¿Cuándo me…?

Julia.                   ¿Cuándo te mueres?

Con este plato suculento y exquisito, de evidentes y ocultas intenciones, Gabriel Olivares (Una semana nada más, Gross Indecency) realizó una puesta en escena con el dinamismo propio de un vodevil, aprovechando al máximo la necesidad de los personajes de simular comportamientos hasta donde ya nada pueden enmascarar. En este juego resulta muy eficaz, imprescindible, el vestuario luminoso, severísimo como de institutriz para el frío personaje de Amparo, y ligeramente desprolijo con toques de variantes muy bien escogidas para “la pobre chica” interpretada por María; el mismo creador, Felype de Lima se ocupa de un espacio escénico clave que depara sorpresas muy bien integradas en la acción.

Lo dicho: tras el cúmulo de risas y golpes de efecto con la muerte de por medio, y otros hechos normalmente muy dramatizados por el común de la humanidad, El reencuentro guarda en su interior un drama sutil que se agarra con fuerza a la profunda necesidad de afectos desinteresados. Pero para llegar a ello no se sirve el autor de ningún discurso redentor. Le basta con el gran final con aires de “comedia cómica”, pero tras los cuerpos muy ágiles de los inquietos personajes y las formidables actrices, hay una necesidad de amor que brota del odio con fuerza inusitada.

Al final, a mi derecha, una señora comentó a su hija: “Por Dios, esto es de una exageración imposible, qué barbaridad, no sé cómo aguanté hasta el final”. La muchacha le contestó: “A mí me encantó, no me parece nada exagerada, cosas mucho peores pasaron en mi propia cara”. Airada, la madre replicó con dos preguntas que no obtuvieron respuesta: “¿Pero tú dónde has estado? ¿En qué mundo has vivido?”. Se pusieron los abrigos, los gorros, los guantes, y salieron al frío invierno en silencio. A lo mejor les siguió Jorge Luis Borges, murmurando aquello que escribió sobre una ciudad: “No nos une el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”.

 

Julia.                   ¿Y Pedro…?

Catalina.             ¿Qué?

Julia.                   ¿A él también…?

Catalina.             No, no, él se murió solo.

Julia.                   Ah, mucho mejor.

Catalina.             Sí, sí, la verdad es que sí.

Julia.                   Supongo que no podemos seguir echándole la culpa de todo a mamá, por muy cómodo que sea. Fue lo que fue. Y ya está muerta. Tú y yo estamos vivas. Y aún nos quedan algunos años buenos por delante.

Catalina.             Nosotras no podemos culpar de todo a mamá y Miriam no puede culparme a mí de todo lo que le pasa.

Julia.                   ¿Quién es Miriam?

Catalina.             Tu sobrina.

Julia.                   ¿Mariam?

Catalina.             ¡Miriam! ¡Coño, tu sobrina! ¡Mi hija! ¡Miriam!

Julia.                   Ah. Sí, sí, ésa. No se me queda el nombre. Mira, me lo voy a apuntar.

 

El director Gabriel Olivares entre las actrices que ha tenido “la inmensa suerte de dirigir por primera vez”.

Autor: Ramón Paso

Director: Gabriel Olivares

Ayudante de dirección: Alex Cueva

Escenografía y vestuario: Felype de Lima

Iluminación: Carlos Alzueta

Sonido: Ricardo Rey

Fotografías: Jean Pierre Ledos

Producción: Carlos Larrañaga, Nicolás Belmonte

Ayudante de producción: Alfonso Montón

Diseño gráfico: Alberto Valle/Raquel Lobo (Hawork Studio)

Teatro Maravillas. Desde el 14 de febrero 2018 hasta el 18 de agosto. 

Miércoles a viernes – 20:30 h. Sábados – 19:00 h. y 21:00 h. Domingos – 19:00 h. A partir del 4 de agosto: sábados 20 y 22 horas.

 

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