Cristina Marcos conmueve en una madre coraje española con “Una vida americana”

Por Horacio Otheguy Riveira

Desdichas entre ensueños en un retrato de familia de Tetuán en Minnesota, Estados Unidos, esperando al padre que las abandonó y que ha prometido un reencuentro con lago y truchas de fondo y felicidad en technicolor. Nada es lo que parece en un juego de máscaras y revelaciones a través de un espectáculo concebido minuciosamente por grandes profesionales. Con Cristina Marcos a la cabeza en una formidable interpretación forjada con los destellos de un gran personaje.

 

Esther Isla, Cristina Marcos. (Fotografía Javier Naval)

 

España no tiene padre y tú tampoco. ¿Tan terrible es? Mira qué hacen los padres con sus países. ¿Qué hizo Jefferson por esta gente, además de tararles? Si lo aceptáramos… sin más… Pero ahí seguimos, siempre buscando al padre… ¿Hombre o mujer, hombre o mujer? ¿Qué son las dos Españas… sino esa búsqueda desesperada del género? Uno pugnando por dominar al otro…

 

Esther Isla, Cristina Marcos. (Fotografía: Javier Naval)

La obra de Lucía Carballal es un eficaz melodrama que cuenta con un poderoso personaje central aderezado con ingredientes convencionales y otros personajes muy poco desarrollados. Sin embargo, su riqueza argumental encuentra en todo el equipo una protección de gran alcance que permite seguir la función con mucho interés.

Con sobresaliente dirección de Víctor Sánchez Rodríguez, la buena disposición de los intérpretes encuentra en el protagonismo de Cristina Marcos una carga emocional desarrollada a la vista del público en una evolución que permite el despliegue de muchas facetas. Desde un comienzo ligeramente tímido, la vemos madurar como si la madre de dos jóvenes conflictivas empezara siendo una niña soñadora (“Mira bien este cielo que nos ha salido carísimo”) que, poco a poco, y por necesidades imperiosas se convierte en la mujer entera, valiente que siempre ha sido tras la torpe apariencia  de una solitaria abandonada por el padre de sus hijas.

Una creación conmovedora, mimada por actriz y director con delicadeza, sin golpes bajos, evitando la menor estridencia, a tal punto que incluso sortea los lugares comunes de un texto a menudo pobre, cuando no recitativo o tirando de chistes fáciles (como el de burlarse de los psiquiatras argentinos, carne de cañón de monologuistas y comediógrafos menores). Pero en todo caso, aquí está la Ramos, a quien hacía bastante tiempo que no veíamos en escena (muy grande también en La escuela de la desobediencia, 2012) con un personaje de tan poderoso encanto desde la manera de andar, de mover sus manos, de “entonar” la permanente melodía de sus ensueños convertidos en la realidad que necesita… Siempre deambula ante nuestros ojos una mujer con sus muchas mujeres dentro, desamparada y valiente, ingeniosa y seductora, poseedora de una tristeza poética fabulosa y una capacidad insólita para mantener su pequeño grupo familiar a toda costa, enarbolando Una vida americana sui generis, bañada indirectamente por el color by de luxe de las películas con las que todos nos hemos estado meciendo en muy diversos nidos.

 

Detrás: Esther Isla, César Camino, Vicky Luengo. Delante: Lucía Carballal, Cristina Marcos. (Fotografía: Javier Naval)

 

La escenografía de Alessio Meloni refleja a la perfección ese carácter de ensueño metido con calzador en las disquisiciones del día a día por una madre siempre pendiente, sumamente generosa, que ha de sobrevivir cueste lo que cueste, entre una muchacha que defiende su carácter sexualmente neutro (impecable Vicky Luengo en un ser andrógino de cuya historia lo ignoramos todo), y otra en constante crisis añorando un perfecto pasado junto a papá (Esther Isla borda el difícil empeño de estar desde el principio en un estado de estrés angustioso; feliz recuerdo el de su trabajo en la obra de Goldoni, Los desvaríos del veraneo). El novio visitante también busca su identidad, un judío que quiere desprenderse de la losa de la tradición familiar, pero no lo consigue: sabe hebreo y va a compartir con las mujeres nada menos que la sagrada fiesta del Sabbath (admirable César Camino en un personaje que calla mucho y expresa poco, pero transmite un mundo que a uno le gustaría conocer más; muy interesante esta dramática interpretación en un actor con magnífica vis cómica, como demostró en Una semana nada más).

La música de Luis Miguel Cobo sucede en ráfagas significativas, con ecos de Hollywood antiguo y detalles étnicos actuales muy sugerentes. Junto con la iluminación de Luis Perdiguero y la mencionada escenografía de Meloni, la puesta en escena de Víctor Sánchez Rodríguez logra una atmósfera inolvidable, como también sucedió en Los temporales, otro texto de Lucía Carballal, mucho más elaborado que este.

 

 

Texto Lucía Carballal
Dirección Víctor Sánchez Rodríguez

Intérpretes: César Camino, Esther Isla, Vicky Luengo, Cristina Marcos

Diseño de Iluminación Luis Perdiguero
Escenografia Alessio Meloni
Vestuario Guadalupe Valero
Música Luis Miguel Cobo
Ayte. de Dirección Antonio Escámez
Ayte. de Producción Sara Brogueras
Producción Ejecutiva Jair Souza-Ferreira, Elisa Fernández
Comunicación Pepa Rebollo
Dirección de Producción Miguel Cuerdo

Una producción de LAZONA
Teatro Galileo. Hasta el domingo 4 de marzo 2018

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