Yo soy su hombre, de Montaña Campón

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Desde Los relatos de Culturamas continuamos seleccionando cuentos y os animamos a participar. Aquí tenéis un lugar para dar visibilidad a vuestras historias y vuestra prosa. ¡Os esperamos!

Esta semana os ofrecemos un relato jocoso que nos explica la peculiar relación de un hombre desahuciado con una especie invasora. ¡No olvidéis compartirlo en las redes!

Fotografía de @davidmcid

 

 

Yo soy su hombre

Montaña Campón

 

   Llevábamos meses soportando la sombra de sus platillos sobre nuestras cabezas. Las azoteas de las casas, antaño soleadas, se daban de bruces con la penumbra redondeada que no permitía secar bien la ropa en invierno, pero qué alivio proporcionaba durante los días calurosos del sur. Emergieron, bajo su umbría, cientos de prósperos negocios: cervecerías, freidurías, ultramarinos, tiendas de moda flamenca, banca y telefonía, corredurías de seguros y algún que otro tanatorio. Una vez que se supo que sus tripulantes eran observadores pacíficos de nuestro planeta, y que la alcaldía podía seguir en manos del partido, fueron declarados turistas de primera categoría, a los que no se los podía importunar por si el rayo destructor y eso. En fin, que ellos estaban allí y nosotros seguíamos a lo nuestro.

    Entonces fue cuando me embargaron la casa familiar. No sirvieron de nada las rogatorias, los carteles, las protestas, los apoyos de mis vecinos. Vino la policía nacional y me sacó a rastras a la calle. Precintó con alevosía la puerta de mi casa. No había vuelta atrás, y salí del portal para meterme en una tasca de mi barrio. Era un desahuciado con los bártulos en la mochila. Horas después era un desahuciado borracho y sin mochila. Ni siquiera tenía la posibilidad de dormir bajo las estrellas. Un maldito platillo volante me impedía ver el cielo. Agarré un ladrillo e intenté acertar en su núcleo palpitante. Lo mismo que fue para arriba se me vino para abajo, pero yo reaccioné rápido y me retiré a tiempo. No me iba a rendir tan fácilmente. Me encaramé a la azotea por la escalera de incendios, tomé referencia de la distancia que nos separaba, hice un, dos, tres, ciento diez intentos, y le acerté en todo el centro. El platillo no se movió, sino que desenrolló una pasarela pegajosa como la lengua de una mosca gigante, que me animó a tomar contacto cara a cara con el mundo extraterrestre. Total, para dormir en la calle, uno se agencia cualquier cosa, y donde se ponga un platillo que se quite el cajero de los bancos responsables de mi desgracia.

    Fue poner un pie en la pasarela y la lengua se enrolló sobre mi cuerpo. Era un tanto rasposita, como la de un gato, pero daba gustito y me dejé hacer. Cuando me soltó en el interior del cubículo todo estaba entre tinieblas. Unas lucecillas led, insertadas en las paredes de acero inoxidable indicaban la potencia de los aparatos de aire acondicionado. No me había equivocado, allí se estaba en la gloria. Pude distinguir al fondo, una figura luminosa, alta, delgada, con los pies despegados del suelo. La verdad es que ahí sí me sentí algo nervioso. Un hombre como yo, graduado sin honores en la E.G.B., ¿qué le podía decir a un ser interestelar que me había abierto desinteresadamente el agujero de su casa?

—Hello. —Intenté parecer cosmopolita y viajado.

—Hablo su idioma –dijo el ente, que no distinguía yo si era hombre, mujer, animal o cosa.

—Me llamo Gregorio y me han sacado a la fuerza de mi casa. ¿Puedo quedarme a dormir? Soy muy aseado y no ronco boca arriba —mentí.

El ser de luz se aproximó veloz y atravesó mi cuerpo de humano. Hubo un silencio embarazoso y concluyó:

—Demasiada grasa alrededor del estómago, un ano descuidado y un paquete de tabaco negro en el bolsillo superior de la camisa. Por lo demás está usted limpio. Puede quedarse esta noche conmigo, con una sola condición…

—Amigo iluminado: ni presto tabaco, ni pongo agujero, ni hago ejercicio. Quitando esas cuestiones: yo soy su hombre.

El ser de luz, ignorando quizá el alcance de mis palabras, me entregó una cajita transparente con dos mariposas:

—Míralas, qué monas son… ¡Y de colores vivos!

—Pero no las toque, hombre, que se les va el polvillo de las alas —me dio un pescozón.

—Perdón, perdón, es que son tan hermosas, tan etéreas, tan vulnerables… ¿me las tengo que comer? ¿Es algún tipo de golosina extraterrestre? Kétchup… ¿tendría?

El ser de luz me observó de abajo a arriba más apagado que nunca:

—No, es un regalo que le hace mi especie a la suya. ¿Sabrá cuidar de ellas?

—Sí, sí, sí, sí. Y de cenar, ¿qué tienen?

—Caracoles y cerveza local.

—Kétchup… ¿Tendría?

 

    Pasé una noche de perros con las babosillas culebreando dentro de mi estómago. Cenar de rodillas en un comedor zen tampoco ayudó con los fluidos digestivos. Que digo yo que mucho ovni, mucha climatización y poca tela para construir. Los tabiques de papel de arroz, el suelo forrado de esterillas, los muebles más simples que nada. Una musiquilla repetitiva en el ambiente que te quitaba las ganas de vivir. Eso sí, fresquito se estaba. Cuando noté las ansias de desayunar me incorporé hecho un ocho del tatami donde había descansado. Ni rastro del ente anfitrión, y eso que rasgué varias paredes para encontrarlo. En cambio, las mariposas retozaban en su caja alegremente. Le había prometido que me las llevaría. Con ellas y una caja de rosquillas bajo el brazo, me largué.

    Okuparía mi propia casa para salir del atolladero. Total, no me la habían echado abajo todavía: pasé por debajo de la cinta policial y le di una patada a la puerta. Engullí las rosquillas y dormité unas horas más en mi propia cama, directamente sobre la sábana bajera, tan a gusto, hasta que sentí un leve aleteo sobre la nariz. Sin moverme apenas, centré la mirada en aquellos cuatro ojillos de cabeza de alfiler. Un retortijón a gusarapo me subió del intestino hasta la zona de expulsión del eructo. Las mariposas salieron disparadas con los ojillos llorosos. Les entreabrí la ventana para que no murieran apestadas y me tumbé a ver la tele con la última cerveza de mi nevera en una mano y una tarrina de manteca en la otra. La tele sin corriente, la cerveza caliente y la falta de pan para pringar, me hicieron descabezar el sueño otro rato. Un olorcillo rugoso, como a pescado muerto, entró por la rendija y me puso en alerta. Puse el oído en la calle y en la calle no se oía nada. Demasiado silencio para una capital de provincia. Levanté la persiana con precaución, no fuera a ser que me topara con la cara de un guarda, y un montón de huevecillos cayeron en el suelo de mi comedor ocupado. Asomé la cabeza del todo y vi sobre el asfalto las dos mariposas muertas. Un furgón de reparto les había pasado por encima, dejándolas espachurradas, con las alas extendidas y la trompetilla torcida. La gente se agolpaba a su alrededor consternados. Luego me señalaron a mí, que sacudía hacia dentro el resto de los huevecillos que habían depositado sobre la cornisa:

—¡Salieron volando de esa casa! –gritó una señora con el dedo inhiesto.

—¡Anda ya señora! De una casa tan fea van a salir mariposas.

Bajé despacito la persiana y esperé que se disolviera el tumulto. No podía ser indiscreto, ahora que era un okupa.

 

    Me escondí bajo la cama el resto de la tarde. La penumbra y un rumorcillo a mi alrededor me incitaron a encender el mechero: estaba rodeado de pequeños gusanitos, orugas de color grisáceo que habían salido de cada huevecillo dorado. Mi casa estaba tomada por ellos: los suelos de terrazo barato, los lienzos desconchados, los techos con las bombillas sin lámpara. Lejos de asustarme, me sentí contento: el ser de luz estaría satisfecho con la gestión que estaba haciendo de su encargo. Encendí un candil de cuando procesionaba de chico. Mientras me fumaba un cigarrillo los dejé corretear por mi cuerpo: entraban y salían de mis orejas, patinaban sobre mis ojos abiertos, jugueteaban con los pelillos de los orificios de la nariz. No me puse en guardia hasta que unos cuantos empezaron a mordisquearme el dedo gordo del pie. Eran gusanitos depredadores, a cienes ¡a miles! y con muchísima hambre. Los sacudí como pude y corrí a buscar hojas de morera. Toda la noche subiendo y bajando la cinta policial. Hoja que conseguía, hoja que se zampaban; y otra vez a la calle a tirar de las ramas de los árboles. Lechuga pasada de los contenedores de un supermercado, lirios que robé del cementerio, repollos de colores de las rotondas. Si tardaba más de la cuenta se afanaban sobre el sillón de escay, los pañitos de ganchillo de mi difunta tatarabuela, el colchón de muelles con la sábana bajera. Los tuve que regañar porque le habían echado un tiento al gato de la vecina. El pobre minino se escapó de milagro maullando su disgusto con la cola pelada.

   Quise protestar. Subí de nuevo a la azotea, me dirigí al platillo del ser de luz y le lancé un ladrillo. En todo el centro le di. De lengua pegajosa nada. Repetí el movimiento brazo-ladrillo-agujero. Nada. Al contrario, me pareció ver que alguien asomaba un dedo para expresar un «¡por ahí te pudras!» Sé que mi ser de luz no fue, mi ser de luz era un ser puro. Al tercer intento la cosa quedó clara: el platillo volante desapareció echando humo sobre el horizonte anaranjado.

   Con las primeras horas de luz regresé a mi casa. El destrozo era considerable, lo había perdido casi todo, tuve suerte de poder recuperar un pedazo de sábana bajera que me guardé en los calzoncillos. Los gusanos parecían adormecidos, y aproveché para echar una cabezada y descansar las piernas. Tenía que deshacerme de ellos, pero de una forma elegante, porque habían sido un regalo, y los regalos no se devuelven.

—Gusanitos, gusanitos del espacio, ¡cómprele al niño, señora! A un euro el cucurucho.

—Mamá, quiero unos gusanitos, que todos los amigos tienen… –dijo un niño mientras tiraba de la falda de lunares de su madre.

La señora me miró de reojo antes de abrir el monedero:

—Cuentan que son muy voraces…

—Depende de cómo se vea: ¿su marido tiene camisetas de esas viejas que le avergüenzan a usted?

—Y calzoncillos con la goma suelta. Y su madre me regaló unos tapetes de punto de cruz…—respondió ella arrimando la oreja.

—Entonces no se lo piense… Yo soy su hombre y estos que le echo de más, son sus gusanos —contesté guiñando un ojo.

 

   Lo que para mí empezó como un encargo, se convirtió en un engorro y luego en una bendición, pues la venta de gusanos suponía el cien por cien de mis ingresos, para mis congéneres significó el no va más del desescombro: que el sofá se hundía, cucurucho de gusanos; que el papel pintado parecía viejo, cucurucho de gusanos; que la familia iba a pillar playa y el abuelo molestaba, doble cucurucho de gusanos. El caso es que nadie acumulaba trastos ya, ni muebles siquiera. Las casas se habían vuelto más espaciosas, al estilo japonés de oriente.

    Una noche, descansaba yo en la bañera porque era imposible tener una cama hecha con esos bichos pululando por la casa y, al voltearme, sentí una especie de frufrú que me desveló. Movía la pierna, fru, movía el cuello, fru, movía el brazo, fru. Total, que, no soportando más la intriga, encendí la luz, pues ya tenía la corriente al pago. Mis gusanos habían desaparecido. La casa era una especie de caja invadida por capullos de hilo fino, seda, dirían otros, pero yo digo hilo fino. Tenía capullos amarillentos repartidos por todas partes, y cuando digo todas partes quiero especificar que mi cuerpo también estaba invadido. Entre las cejas y los párpados, capullos; detrás de las orejas, capullos; debajo del sobaco, capullos; en el hueco peludo que queda entre las tetillas cuando estás tumbado, capullos. En fin, no veo necesario aportar más detalles de hasta donde me habían hecho capullo los malditos gusanos. Cuidadosamente los arranqué de las zonas más comprometidas, y los apilé como pude a ambos lados del salón comedor. Dos pirámides perfectas de ovocitos amarillos en dos de los tabiques de pladur de la sala de estar. Un escenario de película de alienígenas a punto de eclosionar, de salir al mundo y zampárselo de cabo a rabo. Serían millares de mariposas de alegres colores, que en huevos serían billones para mantener en casa, y en gusanos voraces para colocar en el mercado, cucurucho a cucurucho… Casi me da un mareo del trabajo que me aguardaba. Así que, con un nudo en la garganta, decidí tapiar la puerta, estirar bien estirada la cinta policial, desocupar mi casa para siempre, y emigrar al norte.

 

    En mi huida hacia adelante me topé cara a cara con el principio del cataclismo. No era del todo amanecido. De las ventanas abiertas para soportar el calor noctívago de Sevilla vi como emergían cientos de mariposas de colores vivos, una imagen impactante si no fuera porque formaron una mancha aérea de grandes dimensiones que se dirigía al Parque de María Luisa a desovar seguro; y dentro de unos días, no iba a quedar ni un árbol, ni una calesa, ni tal vez un alegre potrillo. Podía intentar algo, qué se yo, avisar a los vecinos, poner en alerta a los porteros de discoteca, llamar a los bomberos toreros, dejar un anónimo a la guardia civil. Pero el peso de mis deudas, el hecho de que había espantado un ovni benefactor, quedando con el culo al aire a todas las empresas surgidas a su sombra, el haber introducido en el mercado una especie invasora, sin estudiar el alcance de mi despropósito, el haberme lucrado con ello y la bomba de relojería que había quedado preparada en mi casa, todo eso me hizo recapacitar, fumarme un cigarrillo y bajar a los andenes para no volver la vista atrás.

    Me adapté pronto a la vida en el norte. Aquí la gente pregunta poco, y si haces tu trabajo medianamente bien, eres bien recibido. Me coloqué en una vaquería, y con mis botas katiuskas y mi chubasquero a juego, disfrutaba limpiando estiércol y poniéndole hierba fresca a los animales. Salíamos al campo todos los días, un prado verde y húmedo que venía a lindar con un bosque oscuro y poco transitado. En la taberna, cuando iba a echar un trago, se hablaba mucho de meigas, nadie admitía creer en ellas, pero todos aseguraban que haberlas haylas.

   Yo no soy mucho de nuevas experiencias, pero el bosque me llamaba y adentro que me fui con una cesta para recolectar setas. Los pinos eran altos y tenebrosos, y se hizo de repente oscuro, como si hubiese anochecido. Se acercó a mí una viejecita zarrapastrosa, llena de achaques, con el cabello canoso y los ojos nublados. Verbalizó una retahíla de palabras en un lenguaje que no comprendí. Sacó de su zurrón una manzana, que se comió ella, y me ofreció un par de luciérnagas con el trasero fosforescente:

—¡Qué luz más hermosa desprenden! –Les toqué levemente la colita.

   Ella me dio una colleja, e insistió con la cabeza en que las llevara conmigo. Dudé unos segundos, el tiempo suficiente para sacar el pedacito de sábana bajera que guardaba en los calzoncillos:

—¡Yo soy su hombre! —le aseguré, mientras hacía un paquetito con las luciérnagas y el trocito de sábana.

   La vieja, complacida y en agradecimiento, me enseñó las encías desprovistas de dientes. Nos despedimos con un abrazo que duró demasiado y volví a los establos con las luciérnagas dentro del paquetito. Encendí un cigarrillo. Las mariposillas fosforescentes pujaban por salir de su pequeña cárcel de tela. Me las imaginé iluminadas, bellas, campeando por el prado verde a sus anchas. Las deposité cuidadosamente en el suelo, recé una oración que recordaba y bailé sobre ellas un bonito zapateado.

 


Sobre la autora

María Montaña Campón Pérez es una escritora de Cáceres, reconocida a nivel nacional e internacional con numerosos premios y menciones: I Premio del VII Certamen de Cuentos Villa de Moraleja, con el relato Bea y el dinosaurio, I Premio de Microrrelato Feria del Libro de Trujillo, con su texto La despenadora, I Accésit III Certamen de Novela Corta Giralda (Sevilla): El secreto del coronel, I premio del X Certamen de Relato Corto José Luis Gallego de Aluche (Madrid) con Rojo vivo. III Premio en el XIII Certamen Víctor Chamorro de Hervás con El camino de las langostas y I premio II Certamen de Relatos sobre Discapacidad del Centro Benito Menni, Valladolid, con La guerra de mamá.

En breve, presentará  El bombo de Tomás, Norbanova, Cáceres. Un cuento infantil para leer en familia.

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11 respuestas a Yo soy su hombre, de Montaña Campón

  1. Me ha gustado mucho,ne he enganchado desde el primer párrafo. Muy bien escrito,pero me han faltado un par de paginas…

    Montse Herreros
    6 marzo 2018 at 12:03 pm

  2. Me ha gustado mucho.

    SANTIAGO FERNÁNDEZ LUNA
    7 marzo 2018 at 10:27 am

  3. Muy divertido, como todo lo que escribe su autora (recomiendo seguirla). Ella siempre provoca no sonrisa, sino sonoras carcajadas, de principio a fin, sin descuidar el uso del lenguaje, con un resultado magistral, lleno de un montón de matices. En la superficie, constantemente hilaridad y el trasfondo, cierto gustillo amargo…, ah!!!!!! los finales, los finales siempre son geniales…

    Santiago Cabanillas
    7 marzo 2018 at 10:34 am

  4. Gracias.Es importante que te lean.

    Montaña Campón
    7 marzo 2018 at 11:32 am

  5. Relato sorprendente y divertido, me encanta leer sonriendo, parece que estás viendo al personaje y su entorno como en un corto de cine.

    Cristina González
    7 marzo 2018 at 12:53 pm

  6. Me ha encantado, he disfrutado un montón y me faltaba más, Montaña sigue así, eres grande.

    Gema Carrero
    9 marzo 2018 at 10:28 am

  7. Gracias, en ello estoy, en seguir.

    Montaña Campón
    9 marzo 2018 at 11:08 am

  8. Me ha encantado. Hasta ahora no habia leido nada de ella y me ha gustado mucho. Me ha enganchado rapidamente. Espero leer mas cosas.

    Elena Ceballos
    10 marzo 2018 at 10:20 am

  9. Gracias!!

    Montaña Campon
    10 marzo 2018 at 12:27 pm

  10. Me ha gustado mucho, es muy divertido, tiene la creatividad e imaginación con que Montaña sella todo lo que escribe.

    María Guadalupe Rivera Núñez
    14 marzo 2018 at 18:39 pm

  11. Mis relatos, en buena medida, gozan de buen humor, fundamental en la existencia del ser humano. Abogo por la risa no siempre fácil. Gracias.

    Montaña Campón
    15 marzo 2018 at 8:41 am

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