Asombrosa Yolanda Ulloa en la piel de “Óscar”, un niño enfermo, un niño sabio

Por Horacio Otheguy Riveira

La misma actriz que hemos aplaudido tantas veces, ahora se desdobla y llega a una de las regiones más inhóspitas para un intérprete: una región mágica donde sólo pueden visitarla aquellos que posean profundas experiencias en torno a grandes y pequeños personajes. Su voz es muchas voces, pero sobre todo establece su poderío en la gestualidad y tonalidad de un chavalillo con todas las cartas para derrumbarse, y que sin embargo aprende a coger vuelo y a enseñar a los adultos la intensa belleza de la alegría que a veces surge del dolor.

Un testimonio basado en hechos reales convertido en un espectáculo dinámico, de gran emotividad y eficaces recursos escénicos, arropados maravillosamente por la música compuesta e interpretada por Tuti Fernández. Por su parte, Yolanda Ulloa encuentra en Juan Carlos Pérez de la Fuente al hacedor de un universo teatral en el que todo es posible, especialmente la oportunidad de descubrir una fértil camaradería entre la creación artística y el tabú de temas socialmente muy temidos. Óscar o la felicidad de existir es un espectáculo teatral fascinante que huye del fácil melodrama como de la religiosidad beata y anodina; brillante exhibición de todo tipo de situaciones dramáticas muy bien medidas que golpean, divierten y enternecen al espectador con una riqueza escénica tan grande como la filosófica que encierra en su pertinaz consagración de la esperanza.

 

 

La enfermedad y la muerte en el cuerpo de un niño con capacidad de resistir, de reír, de soñar. En la soledad de un hospital, Óscar, de 10 años, entabla una formidable relación con una mujer tan creativa como sincera: juega a la verdad y al ensueño con el niño que aprende a vivir escribiendo 14 cartas a Dios. Una comunicación imaginaria que le permite encontrarse consigo mismo en lo más profundo: el amor incondicional a través de la creatividad y del sentido del humor.

Una pareja muy potente, sin barreras de ningún tipo, la creada por Óscar, de 10 años, y Mami Rosa, de edad indefinida, una de las damas de rosa (así llamadas en los hospitales franceses porque visitan desinteresadamente a niños enfermos y llevan uniforme rosa). Ellos dos y nueve personajes más con fugaces apariciones discurren por el talento de Yolanda Ulloa: dueña de infinitos registros que el director Pérez de la Fuente ha sabido mimar entre risas y lágrimas que ahora comparten con un público entusiasta que se abandona a estas emociones con el mismo garbo, y la misma valentía que el chiquillo que hace de “la felicidad de vivir” un encuentro fantástico con la más dura realidad, la de aprender que vamos a morir y que el dolor que nos toca en suerte no es peor ni mejor siendo niño, porque a esas edades se puede crear un muro contra las lamentaciones, un muro donde se estrellan todas las perversiones humanas y brota un amor que no se parece a ningún otro.

Óscar o la felicidad de existir es un espectáculo teatral fascinante que golpea, divierte y enternece al espectador con una riqueza escénica tan grande como la filosófica que encierra en su pertinaz consagración a la esperanza.

 

 

Querido Dios,
Me llamo Óscar, tengo diez años, esta es la primera carta que te escribo. ¡Te advierto que me repatea escribir! Me tengo que ver muy apurado. Te lo aseguro. Para mi escribir, es como envolver las palabras en un papel de regalo. O sea, una mentira grandísima. También te puedo contar que “me llaman “CABEZA HUEVO”. Vivo en un hospital porque tengo cáncer, y nunca me había dirigido a ti, porque, la verdad, ni siquiera creo que existas.
Claro que si empiezo poniéndote todo esto, te voy a caer fatal y no me vas a hacer caso. Y a mi me hace falta que me hagas caso. También te agradecería que encontraras un hueco para hacerme dos o tres favores. Te explico.
Este hospital “mola”, hay un montón de gente “enrollada”, y cantidad de juguetes y unas señoras de uniforme rosa, que les gusta jugar con los niños, y tengo muchos amigos, como Bacon, Einstein o Palomitas, o sea que sí, que el hospital es super-guay si eres un buen enfermo. Yo ya no soy un buen enfermo. Desde mi transplante de médula ósea, lo noto. Por las mañanas, cuando hace la visita el doctor Dusseldorf, conmigo ya no es como antes. Lo he decepcionado. Me mira sin decir palabra, como si yo hubiera tenido la culpa. 

(…) Lo que piensa un médico es contagioso. Toda la planta, las enfermeras, los médicos de guardia, hasta las señoras de la limpieza, todos me miran igual. Cuando yo estoy de buen humor ellos se ponen más tristes, aunque hacen como que se ríen cuando digo un chiste. Ya no hay buen rollito como antes. Sólo Mami Rosa no ha cambiado. Yo creo que es demasiado vieja para cambiar. ¡Y además, es que Mami Rosa es mucha Mami
Rosa! A ella no te la tengo que presentar, por lo visto es una buena amiga tuya. Fue ella quien me dijo que te escribiera. Aunque Mami Rosa, te lo voy a contar, tiene un secreto, un secreto gordísimo. Te cuento:
Paseábamos por el jardín del hospital y pisó una caca de perro.

MAMÁ ROSA ¡Joder! 

ÓSCAR No hables mal, Mami Rosa.

MAMÁ ROSA Hablo como me da la gana. ¡Y tu no me toques los…!

ÓSCAR Pero, Mami Rosa…

MAMÁ ROSA Anda, cierra el pico. Y ¡mueve el culo!

Nos sentamos en un banco para descansar y le pregunté.

ÓSCAR ¿Por qué hablas tan mal?

MAMÁ ROSA Deformación profesional, muchacho. En mi profesión no se lleva hablar con delicadeza. Si yo llego a hablar con delicadeza, si que me habrían jodido viva.

ÓSCAR ¿Y, cuál es tu profesión?

MAMI ROSA Era.

ÓSCAR Bueno, ¿cuál era tu profesión?

MAMÁ ROSA No me vas a creer…

ÓSCAR ¡Que si, palabra!

MAMÁ ROSA Luchadora de “catch”.

ÓSCAR ¿De “catch”?

MAMÁ ROSA Luchadora de catch. Me llamaban “La Estranguladora de Versalles”.

ÓSCAR ¿Por qué?

MAMÁ ROSA Porque las dejaba muy finamente sin respiración. ¡¡Zjoi!!

Desde entonces, cuando me da la depre y estamos seguros de que no nos puede oír nadie, Mami Rosa me cuenta sus grandes peleas: “La Estranguladora de Versalles” contra “La carnicera de Normandía”. (…)

Breve paseo con algunos personajes creados por Yolanda Ulloa

El triunfo de la memoria es la panacea del amante del teatro. Si bien ya se pueden conseguir reproducciones videográficas de la mayoría de las obras importantes de los últimos treinta años, la percepción de una historia a través de la entrega de los intérpretes en vivo, con sus luces y sombras en funciones que se repiten siempre diferentes, es algo que perdura en el tiempo de manera incomparable. Cuando se aplaude un trabajo tan colosal como el aquí comentado, resulta inevitable que afloren recuerdos muy gratos, parciales, claro, dentro de la totalidad de otras obras, este o aquel momento, este o aquel gesto, entrada o salida, de un personaje que tuvo su palpitante presentación en sociedad en la encomiable trascendencia aportada por un singular ejercicio de humildad: el intérprete que se deja a sí mismo a un lado, para que el personaje le posea y nos habite; en el caso de Yolanda Ulloa, un formidable bagaje de emociones. Así, la mujer que, tras la muerte de uno de sus hijos, le sigue adorando negando su homosexualidad vivida en una gran ciudad muy lejana; una negación implacable que cuando se transforma lo hace con un amor absolutamente incondicional (Tom en la granja, del canadiense Michel Marc Bouchard; dirección de Enio Mejía); la sumisión trágica de doña María en Montenegro, de Valle Inclán/Ernesto Caballero, y también en Doña Sabelita, otro drama de mujer atrapada en otro Valle Inclán, esta vez Romance de lobos, versión de Ángel Facio; o el humor tan llano, tan rico de Arniches 92, una antología dirigida por Ángel Fernández Montesinos, y por último —en lo que es una mera ráfaga de memoria descontrolada—, también dirigida por Montesinos en su espectacular Tenorio de Zorrilla/Dalí, romanticismo y melodrama de escuela clásica en la joven novicia Doña Inés de Ulloa prendada de amor eterno: “No, Don Juan; en poder mío resistirte no está ya; yo voy a ti, como va sorbido al mar ese río. Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tu ojos me fascinan, y tu aliento me envenena…”.

ÓSCAR O LA FELICIDAD DE EXISTIR

Autor: Éric-Emmanuel Schmitt

Traducción y versión española: Juan José de Arteche

Intérprete: Yolanda Ulloa como Óscar, Mami Rosa, Bacon, Palomitas, Doctor Düsseldorf, Madre de Óscar, Padre de Óscar, Sarita, Peggy Blue, Padres de Peggy Blue, Barbarita.

Dirección y espacio escénico: Juan Carlos Pérez de la Fuente

Ayudante de dirección: Hugo Nieto

Iluminación: José Manuel Guerra

Música y espacio sonoro: Tuti Fernández

Vestuario: Lisa Bassi

Coordinación: Rosario Calleja

Producción UNIR producciones AIE, Pablo Garrido

Fotografías: Nacho García – SweetMedia

Sala Arapiles 16. UNIR teatro. Desde el 15 de febrero. Funciones de jueves a domingo

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