‘Los años de la niebla’, de Alejandro López Andrada

por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Los años de la niebla. Los últimos pastores

Alejandro López Andrada

Almuzara

Córdoba, 2018

200 páginas

 

Citamos, en extenso:

“Sigue hablando Josefa aún de su niñez y de lo feliz que fue junto a sus abuelos, y, mientras lo hace, un aire añil entra en mi alma levantando una íntima bóveda de imágenes bajo las que me guarezco unos segundos. Un drío subterráneo va escalando por mis venas. De repente, me aíslo de la conversación y centro mi vista de nuevo en el fulgor del campanario hercúleo de Pedroche donde aún, a esta hora, crotoran las cigüeñas rodeadas de oscuras palomas y estorninos que giran en torno a la torre como espectros”.

Esta es, seguramente, la forma en que el lector de la reseña se puede hacer a la idea del tipo de libro con el que se va a encontrar. Las intenciones del autor no pueden ser más bondadosas: rescatar del olvido la bondad de los buenos pastores buenos. De las familias y de las tribus, de las amistades y de los vínculos con la naturaleza, con lo natural, con esa otra forma de sentir pasar el tiempo. Para Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) la dignidad y la melancolía son una misma cosa, al menos en lo que atañe a los casi extintos pastores. Sus encuentros son siempre con ancianos que echan de menos otra época, más pura, dicen. La mirada es conservadora. Pero las miradas conservadoras son, hoy en día, las progresistas: resistir frente al avance del asfalto, frente a las fumigaciones, frente al mundo digital, es un acto de valor. Los protagonistas de este libro ya no tienen fuerzas para participar de él.

Sus voces las reproduce el autor con literalidad: donde se habla mal, se escribe si corregir. Se trata de reproducir, así, el acento y la humildad. No haber aprendido a expresarse, ser hombre de campo, confiere humildad, como valor, solo por el hecho de querer a su viejo mundo. Al mismo tiempo, recupera palabras olvidadas en las acotaciones. Por lo general, el pastor, o las familias de los pastores hablan, y él acota. Lo hace con parsimonia, para describir, como se describe en el párrafo de entrada, la forma de ver del autor.

El mayor problema de este libro es la pretensión de ser lírico. Al menos de ser lírico crepuscular en el sentido en que lo era, digamos, Millet en sus pinturas de la vida campesina. Pero el tema del que trata es épico. La vida nómada, por las cañadas, de los pastores, la resistencia frente a un mundo que agoniza, se merece una fuerza de otro tono. Sus historias no son melancolía, son lucha. Se trata de los sufrientes, cuyo dolor aumenta en tiempos incómodos, tanto como para no reconocerse en el lenguaje con que se expresan. El proyecto debe continuar. Pero no con el alma añil, sino con brío. Al menos esa es la impresión que tenemos, una sugerencia de orgullo de lector.

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