‘La penúltima bondad’, de Josep Maria Esquirol

Por Daniel Fernández López.

Doch, doch kann ich nicht glauben,
Dass du sterbest, solang du liebst[1].
Friedrich Hölderlin

Vivimos una época en que urge resistir. La adversidad es tal, que de un gesto pende la reproducción de lo existente o la propuesta de una alternativa.

En 2015, Josep Maria Esquirol, con ánimo refractario, adjetivó la resistencia a la que nos referimos con una palabra, íntima, que perseguía la vindicación de lo próximo, lo calmo y lo genuino: a fuer de promover lo global, lo rápido y lo ajeno, el orden en que vivimos ha generado sus propias réplicas. El estudio que no piensa solamente en salidas o la labor anónima realizada con reparo, diría Esquirol, son ejercicios propios de las afueras, el espacio al que se ha relegado lo valioso. Donde La resistencia íntima ofrece una postura, La penúltima bondad gana un lugar; las dos procuran útiles a fin de protegerse de los peligros y responderlos con valentía: el pensamiento, el cuidado, la creación (las gramáticas de George Steiner suenan al fondo).

No por azar, el diagnóstico del profesor catalán es próximo al de Byung-Chul Han, que, desde Alemania, piensa el presente con la misma agudeza: “Domina lo idéntico”[2] es una frase de Esquirol que podría hallarse en La expulsión de lo distinto, el último libro de Han; de la misma forma que no sería extraño leer “La escucha reconcilia, sana y redime”[3], una afirmación del pensador coreano, en La penúltima bondad.

Han afirma que el neoliberalismo exacerba el ego y aísla al ser humano. Fruto de ello son, por ejemplo, la proliferación de la explotación por uno mismo, la vulneración de la alteridad y las afecciones mentales. Con el individuo plegado sobre sí –“los selfies son el yo en formas vacías”[4], observa Han–, la solución, según los dos filósofos, es el prójimo: la palabra que cura (Esquirol), la escucha hospitalaria (Han), el tiempo ofrecido (Esquirol) o la ausencia de juicios (Han) son propuestas orientadas a él.

Ello responde a que, en (pen)última instancia, sus libros son un aviso de la urgencia del amor –pruebe a repasar ahora, lector, desde Buda a Yann Arthus-Bertrand, las oportunidades en que el ser humano ha precisado que lo mismo le fuera recordado–. Igual que Esquirol afirma que la generosidad o la amistad son fenómenos que favorecen que la persona se dé, lo que redunda en una vida aumentada[5]; Han alude a eros, el puente que, en “el escenario del uno”, vincula a los individuos a fin de edificar “el mundo desde la perspectiva del otro”[6].

Lo armónico de las lecturas de Esquirol y Han revela que los rasgos de los males específicos del siglo XXI en Occidente ya han madurado y que, en adelante, probablemente irán agudizándose. Es probable que, según afirmó Jorge Luis Borges (1899-1986), todos sean “malos tiempos en que vivir” [7], pero ahora sería obligado añadir que, desde las afueras, los nuestros son excelentes tiempos en que resistir.

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