El jarrón de Murano, de Antonio Tejedor García

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Este domingo de marzo, ofrecemos a los lectores de Los relatos de Culturamas un cuento costumbrista del escritor zamorano, Antonio Tejedor, donde nos explica la historia de un jarrón roto que custodia en su interior una amalgama de emociones vividas.
¡No olvidéis comentarlo y compartirlo!

 

El jarrón de Murano

Antonio Tejedor García

 

Mañana perezosa de domingo. Tengo un desayuno tranquilo, lento como el paso y repaso de la mantequilla sobre la tostada. Añado una cucharada de miel de brezo o un poco de mermelada y dejo vagar la vista. Un pellizco en el estómago me hace retorcer el gesto para aguantar el dolor. Sigo el recorrido de la manecilla que marca los segundos en el reloj de la cocina. ¡Qué largo es un minuto! No importa, así los saboreo más. En la tele los leones se desperezan con la misma parsimonia que yo, estiran las patas, contagian los bostezos. Hoy no tienen prisa para ir de caza, es domingo.

Hacia las once, acostumbramos a tomar una taza de café solo, bien cargado. Lo llevo a la sala de estar y lo bebo en pequeños sorbos entre cada titular del periódico. Lo ha traído él, mi marido, recostado ahora en el sofá. Nos separa una mesa sobre la que reposa un juego de posavasos de madera de la antigua Yugoslavia, una pequeña figura de atleta en bronce y un jarro de cristal de Murano. Él lee un libro de relatos. Por la expresión de la cara, parece más interesante que el periódico, que cada día me aburre más: han convertido las noticias en propaganda, publican lo que les importa y les dan un sesgo retorcido a conveniencia. Voces, altavoces de sus amos. Sufro como un perro al leer la prensa. Igual que Gabo; él lo escribió antes, eso sí.

—Se va a enfriar el café —le digo.

Gruñe levemente sin levantar la vista del libro. Hablo por hablar, ya sé que le gusta tomarlo con tiempo, sin importarle la temperatura. Termina un capítulo o quizá uno de los relatos, porque cierra el libro y lo deja sobre la mesa, al lado del jarrón recompuesto de Murano y las tres flores secas que disimulan las heridas. Moja los labios.

—Me encanta el punto de chocolate que deja en el regusto —dice.

Puro formulismo, una manera de dar a entender que me ha escuchado. Tiene ese detalle. Es de agradecer, después de tantos años de convivencia. No siempre fue así, por supuesto. En otro tiempo, ni se hubiera inmutado. Y de recriminárselo, se hubiera ofendido. Utilizaba la lectura a modo de isla, se rodeaba de palabras y de papel como defensa, un muro tras el que se parapetaba para hacer oídos sordos a mis quejas, la cama sin hacer, los zapatos sucios, la ventana abierta… En ventas de maquinaria sería el número uno, pero en lo tocante a las tareas domésticas nunca salió del pelotón de los torpes. Los reproches repetidos le ponían del hígado, los odiaba. Quizás por eso se los repetía a menudo. Él los tragaba todos, sin otra respuesta que una cara seria, como si la tuviera entablillada… Le añadía un callar adusto que me enfurecía. Ni un gesto, ni un portazo, ni una muestra de ira. Yo deseaba discutir y él no aceptaba el reto, se negaba a concederme esa oportunidad. Aguantar la falta de lucha, la aparente apatía y el dominio que ejercía sobre sí mismo resultaba duro. Eso curte, obliga a dar valor a la paciencia. Es esta, precisamente, la que descubriría la parte de teatro escondida tras aquella fachada de tristeza: pasados un par de días, como en aquel estrambote de Cervantes, “caló el sombrero, requirió la espada, fuese y no hubo nada”, del enfado no quedaba huella. Siempre le faltó esa punta de rencor que tanto escuece cuando se presenta por sorpresa.

Los únicos que permanecían eran sus miedos. Temía que una disputa degenerara en intransigencia, la crispación nos llevara al arrebato y las palabras salieran sueltas, a borbotones de rabia. Con hambre de guadaña que siega la hierba bajo nuestros pies. Miedos viejos, fotografía de la inseguridad. Se lo dije en vísperas de la boda, cuando sus temores amenazaban con el contagio.

—Sabremos aguantar los ronquidos del otro, no te preocupes.

Escuchas, caricias. Alguna bronca también. Después, se relajaba. Había y hay que llevarlo con suavidad. Eso lo agradece. Y a mí me hace sentir un poco madre, la mano protectora. De hecho, si pasa demasiado tiempo sin que aparezca el desbarajuste de miedos los echo en falta. Él se deja querer, sabe que necesita esa tutela, un poco de viento a favor como fármaco contra la tentación depresiva. ¡Depresión! La nombro y ya me tiembla el cuerpo. De ningún modo voy a permitir que la falta de entusiasmo nos arrugue el ánimo, que al chirrido de la primera alarma nos espantemos y huyamos de estampida.

El reloj de pared da las once. Él no se inmuta. Está tan concentrado… Podría explotar una bomba y arquear una ceja por respuesta. Me levanto y retiro las cortinas. El sol entra por la ventana con la tibieza de la primavera, sin prisa por calentar la sala. Ahí fuera, vista desde un sexto piso, la ciudad pierde mucho, no pasa de ser un mar de tejados insípidos con torre de iglesia a lo lejos. Todo inmóvil, como el minuto eterno. Sigo los pasos de los zapatos sin saber donde me llevan ni para qué. Sí, me llevan de vuelta a la cocina, a dejar la taza del café en el fregadero. Pero resbala y cae al suelo. La cerámica se hace trizas. Barro, friego y vuelvo a la sala de estar en busca de las hojas del periódico que absorban la humedad. Él no se ha enterado de nada. Apenas acabo la tarea, oigo su voz.

—No te pierdas este relato. ¡Qué sentido del humor tienen algunos!

—¿De qué hablas? —digo desde la puerta.

—De la muerte. Uno va a morir, es inevitable, pero en vez de desesperarse, se lo toma con una socarronería de lo más macabro.

¿Habla del relato o es una alusión a mí? Yendo como vamos para mayores, quizás sea una forma de que el tema aflore, sacarlo de tapadillo, con disimulo. En unos años me tendría que jubilar, recorrer junto a él la última etapa de la vida sin apremios, un viaje, un paseo, un rato con los nietos. Veo entre nieblas ese futuro. Como llegué a ver nuestra convivencia durante algún tiempo. La vida era aburrida en aquellos días. Nuestros dos hijos comenzaban a crecer y eso significa independencia, huir lejos de mis faldas, dejar de respirar por nuestros pulmones. Ni comprarles la ropa podía. Ninguneado por unos y escasamente apoyada por él, me faltaba el aire, el piso se me caía encima. Le renegaba por todo, por la camisa que no va con los pantalones, por el olvido de una compra o el despiste de las llaves, que ha obligado a llamar al cerrajero. Apenas protestaba. No había sido solo su culpa, pero callaba y lo asumía como uno de los peajes a pagar por la vida en pareja. Se negaba a discutir, a valorar el porcentaje de error de cada uno, y a ese silencio, aunque fuera más elocuente que un discurso de Demóstenes, me costó tiempo hallarle significado: no entro al trapo, no vale la pena. Busca otro modo de sacudirte el hastío.

Por entonces él pasaba más tiempo fuera que en casa. Si era a causa de mis enfados o estos venían a cuenta de más soledad de la asumida nunca llegó a resolverse. Los viajes (es comercial y de vez en cuando resulta inevitable una reunión en tal ciudad o en la otra) duraban lo previsto más unas horas. O unos días. Al menos, eso me parecía. Mis protestas eran celos, decía. Me sacaba de quicio tamaña estupidez. Los celos siempre fueron un asunto ajeno a mi carácter y a mi cabeza. Hay muchas situaciones en las que nunca pensamos por una razón u otra y, sin embargo, suceden. En otras personas están a la orden del día, pero en uno no caben. Como los celos. Un suplicio, los estúpidos celos: trepar y trepar a un árbol, asirte a cualquier rama por débil que sea, seguir subiendo sin descanso, pero con la certeza de que nunca alcanzarás la cima. Rayos de oscuridad en la claridad de la mañana. Eres ajena a ellos, pero los utilizas como disfraz en las discusiones. Un disfraz cambiante, al estilo de los camaleones: se adaptan a cualquier territorio, a cualquier tema. Da igual que hables de peces o de la paloma que se ha posado en la barandilla del balcón.

La palabra y la piedra suelta no tienen vuelta. Eso sucedió aquella tarde. Lo curioso es que nunca he recordado el origen, qué asunto en concreto dio pie a que un simple enfado pasara por encima de su callada de siempre y respondiera con gritos a mis gritos. Y yo a los suyos, claro. Llegamos al vértice donde se encuentran los enemigos, donde no importan las razones porque solo interesa derribar al otro, ver su cuello bajo la propia bota. Cualquier estrategia resulta válida, incluido el insulto y el menosprecio. A una mota de perdernos el respeto (¿o lo perdimos?) y enzarzarnos en una disputa de callejón sin salida. Nada me arredró, ni siquiera el calor que se agolpaba en sus mejillas y los ojos, vidriosos, que echaban fuego. O las manos, que volaban como aspas de molino en un braceo descompuesto.

Entonces se levantó. Un movimiento brusco, violento. La puntera del zapato golpeó la lámpara de pie y esta cayó sobre la mesa, en el lugar exacto donde se asentaba el jarrón que con tanto mimo guardábamos desde nuestro viaje de novios a Venecia. A Murano, para ser precisos. Siempre lo tuvimos como una especie de amuleto, un geniecillo benevolente dispuesto a protegernos de cualquier calamidad. Lo habíamos visto fabricar allí mismo, delante de nuestros ojos, en el fornace de uno de los talleres que adaptan para que los turistas se extasíen ante la rapidez y la destreza de los artesanos. Vidrio y fuego. Las pinzas y los buriles arañan la superficie y la retuercen hasta convertir los materiales en figuras geométricas, en hojas de árboles, en animales en movimiento.

El jarrón rodó por la mesa y cayó al suelo sin que ninguno de los dos fuera capaz de reaccionar. El golpe y el ruido nos inmovilizó como a estatuas. Lo miré, eso sí lo recuerdo, y no vi más que espanto en su cara, el temor a que el accidente fuera capaz de desencadenar algún drama de consecuencias impredecibles. Porque el jarrón roto era algo más que un búcaro de vidrio comprado en un día especial. Algo me alumbró, entonces, y ya no vi más que el objeto; hermoso e importante por lo que significaba, pero solo un objeto. ¿No resultaba absurdo dar tanta transcendencia a un símbolo?

Esa pequeña chispa de luz en la mente, hasta ahí llegó mi respuesta. No hice nada más, he de reconocerlo. Dejé que las imágenes de aquel viaje al paraíso de Murano se agolparan en mis recuerdos y me anegaran de nostalgias. La película de la elaboración del jarrón pasó a cámara lenta delante de los ojos, mi brazo en su cintura, las carantoñas, las risas, algún beso. Todo tan romántico… Tan ñoño, diría ahora, pero así sentía aquellos días de caramelo. El artista nos preguntó los nombres y los grabó en dos cenefas desiguales. Lo envolvieron en varios periódicos, que por nada del mundo pudiera romperse. Llegamos a casa y lo colocamos sobre la mesa baja del comedor, como un santo en su peana. Yo creo que hasta lo adorábamos, aunque la idea religiosa nunca anidara en nuestra cabeza de agnósticos. Verlo y revivir Murano ha sido todo uno, el rayo que daba color al día y traía el olor de la sal y el pescado podrido de la laguna. Tocarlo era sentir el calor húmedo y pegajoso del verano, detenerse a tomar un refresco en el primer puesto callejero mientras sonaban las campanas de cualquier iglesia.

Después de este primer segundo cruzamos las miradas. Fue entonces cuando sonrió. Sin tristeza, sin amargura, sin culpas. Una sonrisa limpia. Él estaba allí, de pie, entero. Él no se había hecho añicos. Dio la vuelta alrededor de la mesa, se acercó a donde yo estaba -todavía con la parálisis en el cuerpo- y tomó mi mano.

—Vamos a recoger los trozos —dijo.

Fui incapaz de una respuesta, pero le seguí. Nos agachamos y cogimos con todo cuidado los siete u ocho fragmentos que lloraban en el suelo. Tuvo suerte al caer sobre la alfombra y rebotar en una de mis zapatillas. Alguna esquirla se perdió entre los hilos a pesar de buscarla con lupa y no pasar el aspirador hasta varios días después. Apenas se nota, sin embargo. Él bajó a comprar una resina acrílica ultravioleta y entre los dos nos dedicamos a la tarea de recomponer las lágrimas con una paciencia que para sí hubiera querido el santo Job. Cuando terminamos el reagrupamiento de cristales lo dejamos al sol para que se secara. Versión optimista: no quedó mal, para lo que podía haber sido.

No hubo reproches, ni malas caras, ni discusiones. Aquella sonrisa ofició como una especie de sortilegio contra todos los augurios que en otro momento hubieran ennegrecido el horizonte. Poderosa como para barrer símbolos y señales. ¿No dicen que cuando un objeto se rompe, algo más profundo se rompe? Aquella sonrisa… Más que un toque de atención, una llamarada, una aparición milagrera, Saulo derribado del caballo. Se me abrieron los ojos. Se le abrieron los ojos.

Es posible que el incidente actuara como maestro que enseña a relativizar y dar a las nimiedades el valor de nimiedades. En otras ocasiones basta con respetar nuestros códigos, nuestras manías, aprender a callar y evitar que un enfado estúpido nos arruine la tarde. Está claro que si no hay apoyos en ambas orillas, el puente se viene abajo. Y sería una estupidez dejarlo caer cuando no se desea. Aquellas discusiones, que parecían una forma de vida, un estar diario, quedaron atrapadas entre las heridas del jarrón roto.

—¿Saldremos a dar un paseo antes de comer?

—Sí, claro.

Lo hacemos a menudo, si el sol lo permite. Bajamos hasta el parque o recorremos la Gran Vía, charlamos un rato con algún conocido que inevitablemente encontramos en un lugar u otro y acabamos tomando una cerveza con la correspondiente tapa, una de esas que llaman de diseño y que nunca logro reproducir en la cocina. Disfrutamos el paseo y, sin embargo, cuando regresamos y abro la puerta no puedo reprimir un suspiro de satisfacción, un qué a gusto se está en casa. Los años, y este cansancio.

El tiempo imparte lecciones de mesura. Aquella sonrisa… Tras ella no recuerdo una discusión seria o voces destempladas con el consiguiente enfado. Cuando digo “dame cinco minutos” quiere decir “espera”, sin más, nada de cuantificar el tramo que recorren las agujas del reloj. Lo sabe y entretiene con un cigarrillo mi marcaje de la raya en el ojo, la lluvia de colonia en el cuello, la búsqueda de no sé qué en el bolso. ¿Para qué tocar botones al azar, sin saber lo que se toca y saltar la lectura del libro de instrucciones? Manejar el mando a distancia no es tan difícil. O sí. Depende. Me siguen pudiendo sus miedos. A él, también. Ahora, con la crisis, añade la posibilidad de pérdida del trabajo. Casi treinta años vendiendo máquinas, nadie compra y no sabe hacer otra cosa

Mañana volverá de la oficina con la tabarra repetida. Se me acaban las razones en busca de esperanza. A veces cambio el registro y bromeo.

—Es verde, la esperanza —le digo—. Como los brotes de los políticos.

Lanza una mirada de furia. No va dirigida a mí, lo sé. Intento barnizar de humor las palabras y me hago cruces de dónde saco fuerzas. Tendría que consolarme él a mí, pero callo. Me refugiaré en los nietos, a quienes veo menos de lo que quiero, y de algún modo, en otra gente, en esa que acude cada día a la oficina en demanda de un puesto de trabajo, gentes vestidas de resignación, sin fuerzas para una protesta. A sus heridas solo puedo oponer palabras, pero me resisto a resultar yo también herida, quiero pasear con mi marido, ir de vacaciones, salir a cenar, apurar los segundos. No puedo sentirme culpable al hacerlo. Tampoco cuando su miseria sirve de reflejo inverso y me descubre la suerte de una vida holgada y la fortuna de vivirla junto a él. Es un refugio traidor, el que tengo. Él, sin embargo, busca asilo en los libros, en las vidas de otros. Historias reales o inventadas, qué más da, al fin y al cabo no difieren tanto. Sales a la calle, ves la realidad y no la crees, te parece imposible. Vivimos de verdades y de mentiras, solapadas unas a otras, enredadas cuando no diluidas hasta perder cualquier rasgo que las diferencie. ¿A quién no le gustaría despertar y seguir soñando?

Abrirá la puerta, digo, y antes de darme un beso resoplará con aire de resignación; un aire que le permite seguir aguantando sin explotar, asido al hilo de una posibilidad remota. Le quema, ese aire. Se lo saca de encima como quien se quita un pecado, el dolor de una mala conciencia.

—No he vendido una escoba —. Será su saludo.

A veces mis cuidados resultan ineficaces, no tienen suficiente peso para tapar el desasosiego y él se muestra huraño, rudo; incluso desconsiderado. Contesta de mala gana, calla cuando más necesito una palabra, da un portazo como si ese golpe tuviera el poder de despertar las compras que no llegan.

En verano nos irían bien unas semanas de vacaciones con Juan, el hijo mayor, que vive en un pueblo de mar. La playa, buen tiempo, tranquilidad absoluta. Templaríamos los ánimos con las risas de los nietos y volveríamos relajados.

—¿Y qué solucionaríamos? —preguntó.

—Disfrutaríamos del momento, ¿te parece poco?

—Un paréntesis, nada más.

Gastos en el viaje, la gasolina, los restaurantes. Le puede la tentación del ahorro que nunca ha sentido y eso me sobresalta. Porque siempre ha preferido disfrutar el día a día sin preocuparse demasiado por lo que pueda suceder en el futuro. Le asusta la posibilidad de que nos quedemos sin dinero si pierde el trabajo, dice, como si yo no trabajara también. El intento de sacarle de la cabeza estas ideas con el pretexto de su machismo mal disimulado, parece mentira, después de tantos años, ¿el dinero que yo gano no vale? Termina con un gesto de desaire y luego un rosario de disculpas, hoy no es mi día, lo siento…

Los hijos han fundado su familia, viven a su aire y, sin embargo, tengo la sensación de que no me he desprendido de ellos, que siguen conmigo trasmutados en su padre. Otro niño a cuidar. El cuidador, cuidado, podría decir. Pero no puedo permitirme el lujo de desfallecer, tampoco sé cuánto me queda, aunque lo presiento, el cuerpo habla sin necesidad de palabras. Por paradójico que parezca, ese desánimo suyo es la pértiga en que me apoyo para subir, para seguir subiendo con él. A poco que ceda lo va a notar y no quiero; aunque ya no sé si lo engaño. De un tiempo a esta parte he notado alguna mirada inquisidora, de esas de entrecejo arrugado, las que delatan las sospechas. Algún día tendrá que ser, es inevitable, las huellas se marcarán con dureza en mis ojos, en la palidez del rostro, en la desgana, en el abatimiento. Que sea en el último minuto. Porque me temo que solo entonces conocerá la verdadera cara del miedo. Aunque ya veremos. Según los médicos, las pruebas no son concluyentes, pudiera ser que todo quedara en nada, en un susto, en un mal sueño.


Sobre el autor

Antonio Tejedor nació en Fuentespreadas, Zamora, en 1951. Ha ejercido como maestro y profesor de Secundaria en la Escuela Pública en Sabadell (Barcelona) y en Pedrola (Zaragoza). Ha publicado los libros infantiles El Mercancías (2010) y Sentados en el borde de una nube (2012), un libro de relatos, No me cuentes mi vida (2015) y tres novelas: Hijos de Descartes (2008), Los lagartos de la quebrada (2010) y en 2017 Todos los espejos, rotos.

Ha colaborado en diferentes revistas digitales –Albero, A contrapalabra, Narrativas, Ágora, Almiar…- donde ha publicado cuentos y microrrelatos. En 2015 obtuvo el primer premio de relatos Heraldo.es. con  “Zaragoza”, incluido en No me cuentes mi vida.

Mantiene su blog, http://lagartosquebrada.blogspot.com.es/, sobre temas de actualidad y literatura.

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5 respuestas a El jarrón de Murano, de Antonio Tejedor García

  1. Siempre es agradable ver como a un amigo se le reconoce su trabajo. En el relato, una vez más, lo clavas. Tus descripciones nos hacen contemplar en directo, una escena que bien puede ser muy real.

    ANTONIO MANRIQUE SOLANA
    19 marzo 2018 at 13:20 pm

  2. Simplemente maestro, me quito el sombrero.

    Descripción a la carta, cuidada y sublime.

    Buen relato reflejando muchísimas vidas, la misma vida.

    Saludos!!!

    Sònia Úbeda Vázquez

    Sònia Úbeda Vázquez
    19 marzo 2018 at 19:19 pm

  3. Un relato sobre el que se surfea con éxito. Excelente.

    joaquin otal cruz
    19 marzo 2018 at 20:36 pm

  4. Excelente relato que describe la situación de tedio que se vive en las relaciones personales, sobre todo en la pareja y que solo es soportable por el recuerdo de otros tiempos mejores. Parece el salón de mi casa.

    Pedro Vicente Dieguez
    21 marzo 2018 at 9:30 am

  5. La primera parte: una buena metáfora para destacar la fragilidad de una relación, un terreno quebradizo que a un mal paso se hace añicos, aunque los pedazos pueden volver a unirse en un puzle de recuerdos y añoranzas.La segunda parte: un suma y sigue, un canto al acomodamiento resignado del matrimonio.
    Bien contado. Desde la voz de una mujer que tal vez tenga miedo a salir de la jaula de oro. Me pregunto si es el precio de la estabilidad.

    Amanda Smidth
    23 marzo 2018 at 9:36 am

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