‘Miguel Hernández: Pasiones, cárcel y muerte de un poeta’, una obra de José Luis Ferris

Por Antonio Jorge Meroño Campillo.

Que la vida del poeta-pastor Miguel Hernández fue la más calamitosa de todos los poetas de la generación del 27 (grupo en el que nunca fue aceptado) era más que sabido, pero esta biografía de Ferris nos muestra lo injusta que fue la sociedad con Miguel Hernández desde su nacimiento hasta su trágica e injusta muerte.

Recuerdo lo mucho que lo leí con trece y catorce años y cómo me emocionaba hasta las lágrimas cuando escuchaba a Serrat cantando “Las nanas de la cebolla”

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela en una familia humilde, aunque no tanto como nos han dicho; su padre no era precisamente un pobre de solemnidad, sino un tratante de ganado que llegó a alcanzar un status económico mediano. Pero nunca aceptó las inquietudes de su hijo ni movió un dedo por él, como por otra parte no hizo prácticamente nadie excepto Aleixandre y Cossío, los dos únicos amigos de veras que tuvo, aparte de Ramón Sijé, aunque con este último hay mucha tela que cortar.

Hace Ferris un recorrido por la corta y malhadada vida de nuestro poeta, siempre perseguido por el infortunio. Fue poco al colegio y comenzó a nutrirse de las lecturas que le proporcionaban el sacerdote del pueblo y Sijé, que le inculcaron sus rancias ideas nacional católicas y ultraconservadoras .Sería una constante en su vida caer en las garras de las ideas impuestas por los demás, siendo como fue un muchacho en exceso cándido y bondadoso.

Pero Miguel estuvo siempre seguro de su talento como escritor y nunca desfalleció en su empeño por hacerse un hueco en las letras españolas de su tiempo, algo que logró al final de su vida contra viento y marea.

No tardará en liar el petate e irse con sus versos a Madrid, donde durante su primera estancia, sin trabajo ni ayudas de ningún tipo, solía dormir en el metro y comer poco o nada. Como decimos, no fue aceptado por sus compañeros de generación, grupo en su mayoría de origen burgués que miraba por encima del hombro a un muchacho tosco, mal vestido y calzado con alpargatas. Resalta nuestro estudioso con reiteración la animadversión particular que le guardó Lorca, que rayaba en el desprecio, algo que no conocía del todo bien y que sin duda me decepciona con carácter retroactivo.

Se para la biografía en detallar el romance que mantuvo con la pintora Maruja Mallo, su iniciadora en el sexo, mujer liberada y adelantada a su época. Ya estaba Miguel entonces algo mejor instalado en Madrid, con publicaciones y un trabajo en el diccionario taurino de Cossío, lo que le permitía medio subsistir en la capital. De su relación con Neruda no se nos apunta demasiado, pero colijo que pudo ser otro más de los pocos que aceptaron a este inocente poeta y hombre de pueblo.

En la capital, en medio de la efervescencia de la II República, alejado de Sijé y de la Iglesia, va tomando conciencia de su clase, simpatizando con ideas más acordes con sus orígenes, hasta que un día, influenciado por el matrimonio Alberti-Léon, se afilia al partido comunista.

Su poesía, hasta entonces gongorina y de carácter amoroso, se va haciendo más social. Al estallar la guerra va a alistarse, estando en el frente primero como soldado, y más tarde, en cargos culturales, pero siempre en primera línea, con el pueblo, con los suyos, concretamente a las órdenes de Líster. En medio del conflicto retoma las relaciones con Josefina Manresa, que se habían roto, y se casan. Va a ser el suyo un matrimonio corto, obviamente, y tempestuoso, debido a la diferencia de caracteres y formación.

Cuando el conflicto está tocando a su fin, Miguel queda atrapado y nadie hace demasiado, de nuevo, por ayudarle, aparte de que tampoco está muy dispuesto a abandonar el país (sino demasiado tarde y de forma chapucera) como todos sus amigos y compañeros de fatigas. El final del libro es el recorrido de nuestro pobre poeta por innúmeras cárceles franquistas, en las que enfermó gravemente y murió en 1942, sin haber cumplido ni los 32 años.

Miguel Hernández Gilabert fue, ante todo, un buen hombre y un buen poeta, víctima de una época y unas circunstancias implacables. La vida entonces era inclemente con todo el mundo, y el poeta-cabrero fue una más de las víctimas de la sinrazón y la barbarie. Este libro de Ferris es una de las más completas biografías que haya leído, y la recomiendo a toda persona interesada en la poesía, en la historia, en la vida.

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