‘El genio’, de Dieter Eisfeld

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

El genio

Dieter Eisfeld

Traducción de Pilar Giralt Gorina

Volcano

Madrid, 2018

200 páginas

 

Supermán es un genio. Todo lo puede, todo lo alcanza. Sería capaza de hacer girar el planeta en sentido contrario y, desde luego, en una guerra no se precisaría de más ejército. Como Supermán es de Krypton y fuera del sistema periódico Krypton no existe, hay que ser un genio para derrotar con un solo invento cualquier batalla. Pero el protagonista de esta novela no quiere ir a la guerra. Es un inocente altruista que durante mucho tiempo, convencido de que el mundo es moldeable, se plantea que el hombre podrá moldear aquello que, a su vez, da forma a la superficies y las primeras capas del planeta: el clima. El cambio, por supuesto, debe ser razonable. La moral de lo razonable es una gelatina demasiado líquida. Como el agua, si la metes en una tetera se convierte en una tetera, si la metes en un cubo se transforma en un cubo. De ahí el problema de la moral, de lo razonable, del altruismo y la capacidad de construcción y destrucción de un ingenio capaz de alterar el clima.

Durante la primera mitad de la obra, como en un encierro kafkiano, la acción se posterga. Da la impresión de que el protagonista precisará de tanta preparación que jamás llegará a cuajar su invento. En primer lugar, tiene que ser todólogo. El clima afecta a todas las ciencias y se ve afectado por ellas. Acumular tanto saber es un trabajo que transforma al protagonista en un ratón de laboratorio, que llegará a saber mucho de ciencias, incluida la filosofía, pero nada de la condición humana. Será capaz de sacar a los ordenadores un partido que jamás había nadie imaginado. Y a partir de ahí, estudia geografía y geología, para aprender a favorecer a los territorios peor dotados por la suerte del clima. Su intención es sencilla: lluvia donde la gente muere de hambre por falta de agua, por ejemplo. Pero su invento le convertirá en un Dios. Porque, finalmente, tiene éxito en la empresa. Y el éxito conlleva mucha maldición.

Sus compañeras sentimentales, una de ellas asesinada durante un viaje y la otra recuperada posteriormente, y un amigo que se ve demasiado tentado por el oro, son las personas con quienes convive. Nada puede hacer cuando comienza a intervenir el Estado, la Iglesia, los sindicatos, el colegio de médicos… todos con sus intenciones de mejora de su calidad de vida, mayormente hacia la burguesía, sin importar que a su costa otros sufran. El clima se convierte en una mercancía y el juego al mejor postor, de dimensión financiera, destruye por dentro a nuestro protagonista. La acción se sucede de manera frenética, de forma que cada frase es un dato. En otras manos, esta hubiera sido la sinopsis de una obra de mil páginas. Pero Eisfeld apuesta por el humor, aunque sea un tanto negro en algunos momentos, y en otros nos invite a la desesperación. La maldición de salvar a la gente, se convierte en un arma que puede borrar a un país de la Tierra. Al mismo tiempo, los encargos más chuscos, más divergentes, más insólitos, surgen a su alrededor. Convertir el Mar del Norte en el Caribe desequilibraría el frágil balance ecológico, un sentimiento muy arraigado en los años ochenta, cuando esta novela, no diremos que imprescindible, pero sí que aporta mucho y bueno a quien la lea, fue escrita.

 

 

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“Tampoco es ningún crimen engañar a los demás, si se parte del hecho de que a uno mismo le interesa su vida bastante poco”

Así se expresa el narrador de esta novela, un hombre al que le resulta imposible refugiarse, como quisiera, en la paz emponzoñada que da la indiferencia. Tras su encuentro con Jorge, el narrador relata tanto los episodios de su vida como aquellos que, sin saberlo, tienen algo en común con la de su nuevo amigo. Sus días irán cruzándose desde el primer viaje en coche hasta protagonizar, sin que ellos se den cuenta, un sucedáneo de aventura en las montañas. En apariencia sus biografías no pueden ser más diferentes: la de uno de ellos es sobre todo urbana, la del otro disfruta de los favores del viaje. Sin embargo, ambos esconden una cuota de miedo que les impide decidir cómo salir de su embrollo o por qué quedarse. Pues será el miedo, la sensación que a juicio de Paul Bowles mueve el mundo, lo que les impedirá creer tanto en el sentido profundo de las cosas como en el absurdo que está a la vuelta de la esquina.

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