La vaca, la bici y la panza, de Silvia Negro

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Esta semana  Los relatos de Culturamas publica un relato cargado de inocencia y aspiración. Su autora, Silvia Negro, nos habla en un tono cercano y cotidiano de vacas que se transforman en mesas y estómagos que rugen. ¡Disfrutad de la lectura!

 

 

La vaca, la bici y la panza

Silvia Negro

 

 

    Franco se pellizca varias veces su brazo izquierdo. Sus ojos están abiertos de par en par. Su alma, llena del asombro infantil. Siente los latidos acelerados mientras las manos sujetan el manubrio  de la bicicleta. Por un breve segundo es inmensamente feliz. Le rebosa el pecho de emoción. Recuerda todas las películas que vio alguna vez en su vida y cree con fervor en ellas; porque sí esto es verdad; sí esto que acaba de presenciar con sus propios ojos, en su propio cuerpo, puede suceder, entonces, cualquier cosa es posible.

   Allí, detrás de la casa de Don Nicolás, donde hay un árbol con una sombra profunda, allí el animal abandonó su forma física primaria y pasó a ser eso. Metamorfosis achiextraordinaria. Evolución pokenmoniana: la vaca. Aquella vaca que tantas veces  utilizó en composiciones escolares, aquella vaca se había transformado en una mesa.

   El mundo había sido rectificado. Existía una magia antigua que brotaba de la luz y de las sombras. La magia  que transformaba a la vaca en una mesa. Rogelio había cumplido con su palabra. Le había prometido un milagro y lo había conseguido.

   Sus amigos están, también, boquiabiertos. Susurran palabras que a Franco no le interesa alcanzar. A él le basta saber que es real y que Rogelio no le ha mentido; que no es un tonto por creer. Es suficiente la idea de poder ser ayudante de este milagro y ganar algo de dinero. ¿El colegio? El colegio puede esperar. La panza no.

   — ¿No te dije, pibe? —exclama Rogelio mientras le da una palmada en el pecho.

   Franco asiente en cámara lenta. No despega jamás la vista de la mesa. Escucha el mugido. Sonríe hasta que las comisuras de la boca le arden.

    —Don Rogelio, ¡usted va a ser millonario! —le grita Leutaro.

    Franco tiembla ante esa palabra: millonario. El estómago le ruge. Quiere creer que es la emoción. Se sostiene de la bici de Leutaro para no caerse. Esa bici tan nueva, tan lustrada, tan … de otro.

   —Rogelio, ¿y si le ayudo a traer gente, cuánta plata me pagaría?

    Franco saborea el futuro inmediato. La bici que, pronto, dejará de ser una extraña.

   — ¡Uh, Franquito! No vas a poder ni contarlo.

  Él piensa y se concentra. Si no va a poder contarlo, debe ser más de veinte pesos porque hasta veinte con sus dedos puede contar muy bien. Escucha que Leutaro también pide dinero y esto lo enoja porque él sí tiene una bici que destella gloria. “Claro que manejarla bien es otra cosa”, piensa y tuerce la boca conteniendo una sonrisa.

   El sol cuelga fuerte del cielo esa tarde. Rogelio les explica que esto ocasiona que las vacas se mantengan durante más tiempo en estado de mesa y que, por esta razón, no tiene sentido que ellos permanezcan en el campo.

   —Es más provechoso que busquen gente que quiera venir a disfrutar de este suceso —les dice mientras los aleja con pequeños golpes en la espalda—. Vayan, vayan y no se distraigan.

   Leutaro y Franco pedalean como si el mismo demonio estuviera detrás de ellos. Cada uno viaja con su propia ilusión en la cabeza. Sin gran esfuerzo, Franco deja atrás a su amigo quien renuncia al intento de alcanzarlo.

   Llega a la casa de la novia de su padre y arroja la bici en el patio. Esta vez no toma en cuenta que Patricia se enojará y le gritará, y sus hijas protestaran por tener que cuidar de “este chico que no es nadie nuestro”. Saborea el budín de chocolate que le comprará a su padre, las gaseosas que compartirá con estas hermanas que la vida le trajo.

   Cuando se sienta en la cocina, escucha la voz de Patricia.

   —Lavate las manos que estás todo mugroso.

   Él obedece al instante. Cuando regresa tiene un café con leche y tostadas en la mesa. No hay mermeladas, lo dulce siempre escasea.

   —Pato… —inicia él con la boca llena.

   —Mmm —responde ella tomando un mate amargo mientras mira la tele.

   — ¿Veinte pesos es mucha plata?

   —Y, no. La verdad que hoy en día no es nada. ¿Por qué lo preguntás?

   —Por nada.

   Franco frunce el entrecejo. Piensa en Leutaro, las manos y pies del amigo y retruca.

   — ¿Y cuarenta?

   —Eso es un poco más interesante pero es poco igual. Estoy mirando la novela, hablame en el corte.

   Franco continúa masticando y sorbiendo el café con leche. Hace ruidos al tragar. Sigue revisando las cifras en su mente y, recordando charlas de Patricia con sus hijas, llega a la conclusión de que quiere recibir doscientos pesos por la ayuda. Cuando finaliza la novela, aguarda paciente el corte publicitario que le  permitirá continuar su negocio. Tiene las manos entrelazadas sobre la mesa. La taza vacía con restos de tostadas levemente alejada del borde de la mesa.  Con la manga de su camiseta se limpia la boca y mira fijamente a Patricia. El alma de empresario exitoso le brota de los nudillos.

   — ¿Qué te pasa, Franco? Estás muy serio.

   —Tengo que hablar de algo serio, Patricia.

   Ella se ríe y ante la cara de asombro de él, se contiene. Deja de lado el mate y copia la postura de Franco. Le da risa el chicuelo. Despeja la mesa de un golpe y los apuntes de catequesis de su hija vuelan por los aires.

   —Dígame, señor. ¿De qué quiere hablar?

   —De un milagro.

   Patricia chasquea la lengua, impaciente. Tiene ganas de zarandearlo pero la curiosidad le puede más.

   —Continúe  —le solicita.

   —Hay un lugar, Patricia, detrás de la casa de Don Nicolás donde ocurren cosas raras. No son cosas raras como las que hacen tus amigos, quedate tranquila. Esto es increíble. Tenés que ir  a verlo.

   — ¿Qué tengo que ver?

   —A las vacas.

   Patricia suspira y suelta sus manos. Las ganas de zarandearlo regresan. No desea, ni tiene energías para escuchar lo que cree que vendrá. Dado que  no se considera una mujer violenta, mueve la silla y comienza a levantarse.

   Franco extiende su brazo, frenético y le grita:

   — ¡Es verdad! Lo juro por mi bici. Detrás de la casa de Don Nicolás hay milagros. Las vacas con el sol, se transforman en mesas. Lo vi yo, con Leutaro y los chicos. Lo juro y lo híper juro. Tienen que venir a verlo.

   Patricia no deja que concluya la frase. Ya está parada alejándose de él cuando Franco acaba de suplicar. Escucha que sigue pidiendo que sean testigos del acontecimiento y regresa veloz. Le da un tirón de oreja. No vuelve a escuchar lo que dice. Lo deja hablando solo mientras arregla el mate en la  cocina diminuta.

   Franco reconoce que ha perdido la primera batalla. Pero, doscientos pesos son doscientos pesos por lo cual, sabe, deberá redoblar esfuerzos. Opta por esperar. No quiere arriesgar otro tirón de oreja.

   Esa noche sueña con chanchos que vuelan. Llevan en sus bocas bolsas, como las cigüeñas, pero estas bolsas no traen bebés sino comida. Son delivery de salchichas. Se despierta sobresaltado. Quiere levantarse pero sabe que si lo hace, despertará al resto, así que tensiona su cuerpo y permanece quieto. Si las vacas se transforman en mesas… ¿Por qué los chanchos no pueden volar con bolsas de supermercado?

   Al día siguiente intenta con su padre: “es un milagro, aquí en nuestro pueblo. ¿Te lo vas a perder? Todos están hablando de esto. ¿Te vas a quedar afuera? Tienen que verlo, tienen que creerme”. La desesperación empieza a colarse en sus palabras. Patricia escucha de pasada. El padre no tiene idea de qué habla. Ella le explica brevemente y sigue caminando con su mate a cuestas.

   —Franquito —comienza el padre con tono condescendiente—, es algún truco. Los animales no se convierten en mesas. No seas necio.

   — ¡Te juro, papá! Yo lo vi. Yo lo vi. Tenés que venir. Es cerca. Vení con tus amigos.

   El padre deja el diario en la mesa. Mira a su hijo y repite:

   —Franco, no hay manera en este mundo que una vaca se convierta en mesa. Te jugaron una broma. Basta. No se habla más del tema.

   Franco siente la mezcla de ilusiones e infancia treparle por la garganta.  Los adultos lo frustran, no entienden. El enojo le tensa los músculos pero lo único que le sale es el llanto. Llora desconsoladamente. Siente los mocos acumularse en la nariz, los ve caer a la mesa sin control.

   El padre primero se enoja. Le grita que no sea maricón. Luego lo sacude. Nada sirve. Franco sigue llorando como si le hubieran arrancado una parte de su cuerpo. El padre comienza a alterarse y llama a Patricia.  Ella regresa con paso cansado, mira la escena y exclama:

   —El chico parece estar bastante emocionado con esto, ¿por qué no le damos el gusto y lo llevamos?

   — ¿Ahora?

   —Sí, ahora marmota. ¿Cuándo lo querés llevar? Dale, Franco. Andá a cambiarte, no jodás.

   Las palabras suenan, bailan entre los adultos y él. No sabe si creerlas del todo pero sin darse cuenta, ya está en su cuarto buscando un jean adecuado a la situación. Sigue llorando aunque no está triste. Es la inercia. Se sigue limpiando los mocos mientras viaja en el asiento trasero del Renault, mirando por la ventanilla lo que puede, lo que su altura le permite. Ve los árboles trasladarse a gran velocidad, el sol cambiar de lugar en el cielo y las nubes variar su forma. Todo pasa por la ventanilla menos la inquietud. Menos la ansiedad de ver realidad su sueño. Todo pasará, piensa él, pero sentado en su nueva bicicleta roja.

   El campo de Don Nicolás  se cuela por el paisaje. Se aproxima presuroso al auto que recorre la ruta a gran velocidad. Las ventanillas bajas dejan entrar el aire y los mosquitos. Franco sonríe.

   Cuando el auto se detiene, Rogelio está sentado junto al árbol mascando algo con la boca bien abierta. Hay otras personas desperdigadas alrededor.  Rogelio mira desganado por el rabillo del ojo. Cuenta. Son dos personas la que trae Franco. Leutaro trajo cuatro.

   Franco desciende corriendo del vehículo. Deja la puerta abierta. No registra el grito de su padre para que la cierre. Se dirige a Rogelio y le suplica que realice el milagro.

   Rogelio ríe sin mirarlo siquiera:

   —Tranquilo, Franco. El milagro vendrá en un rato.

   Los adultos se saludan con un gesto de la cabeza. Su padre y Patricia van a hablar con la gente que está allí reunida. Franco salta de un lado al otro. Lo ve a Leutaro de la mano de esas cuatro personas y siente un nudo en la panza. Algo le pesa sobremanera, como si acabara de comer un ladrillo. No tiene ganas de ir a saludarlo, no desea ni cruzar miradas. El ladrillo le dice que si se le acerca, probablemente acaben tirados en el pasto, repartiéndose piñas. Deambula cercando el árbol, da vueltas una y otra vez el mismo recorrido, una línea imaginaria donde el suelo se hunde. Siente que el camino está trazado justo para él, para generar ese milagro que le traerá innumerables satisfacciones.  Imagina el rastro que dejará su bici roja cuando cruce a toda velocidad el campo. Esa línea imaginaria será un recuerdo, una muestra gratis de la verdadera destreza. Está dando la cuarta vuelta, sumido en su futuro inmediato, cuando Rogelio lo toma de los hombros y lo arrastra cerca del árbol.

   — ¿Qué hacés, pendejo? —le  exclama entre dientes hundiendo sus dedos en la clavícula.

   —Nada, camino. —responde sincero él, quién comienza a sentir temor ante la mirada alterada de Rogelio. Nunca le había tenido temor a nadie, ni siquiera a sus hermanas cuando venían con sus botas enojadas, armadas para crear un collage de tacos en su espalda.

   —No te hagas el boludo, Franquito. ¿Qué hacés en esa línea del piso?

   —Nada —vuelve a responder él que cada vez entiende menos a los adultos.

   —A mí el negocio no me lo cagás, ¿entendés?

   — ¿Qué dice, señor Rogelio, qué negocio?

   Rogelio lo suelta con fuerza y Franco cae de espaldas junto al Renault.

   —Te lo advierto, —repite. Su voz comienza a apestar a tierra mojada—Ni se te ocurra decirle nada a nadie, pendejo.

   Rogelio escupe el auto y se va junto a las vacas. A Franco el corazón no para de latirle aceleradamente. No entiende qué es lo que hizo mal. Repasa mentalmente sus acciones. Bajó del auto, no cerró la puerta, vio a Leutaro, caminó alrededor del campo. No encuentra nada raro. Intenta nuevamente: bajó del auto, no cerró la puerta, vio a Leutaro, caminó alrededor del campo. ¿Será por no cerrar la puerta? Es lo único que reconoce haber hecho mal. Pero, ¿en qué podía perjudicar eso el negocio de Rogelio? “Pensá, pensá, marmota”, se dice a sí mismo. “Hay mucho en juego.” No hay caso, no comprende por qué Rogelio se enojó tanto.

    Un suspiro de asombro le llega de lejos. Se percata entonces que se está perdiendo el milagro. Corre junto a su padre y éste lo abraza. Distingue a lo lejos las mesas, de oscura madera, algo deformes, pero claramente mesas. Algo de niebla empieza a disiparse. Todos aplauden. Franco mira el piso que estuvo caminando recientemente y se maravilla otra vez del milagro que se desarrolla frente a él. Sus ojos y boca abierta expresan todo el asombro que su joven cuerpo puede soportar. Contempla detenidamente el campo, esa línea imaginaria donde estuvo caminando hace solo unos minutos.

    —Franquito, ¡esto es extraordinario! Gracias por traernos. —dice Patricia y juguetea con su cabello. Luego le da un beso en la mejilla. El primero en mucho tiempo.

    Franco sonríe de oreja a oreja y es allí cuando nota que Rogelio lo está perforando con la mirada. Vuelve a sentir miedo. Sigue sin saber por qué. Presiona el brazo de su padre sin quitarle la atención a Rogelio. Su padre no reacciona. Continúa riendo y hablando con Patricia.

    Lentamente, observa que Rogelio comienza a acercarse. La mirada no cambia, cada segundo crece en furia roja  y escalofríos.  Franco intenta aferrarse a su padre pero Rogelio lo toma del brazo y lo arrastra lejos de ellos.

   — ¡Felicitaciones, Rogelio! Es increíble, ¿cómo lo hace? —pregunta emocionada Patricia.

   —Secreto. —bromea con la mandíbula rígida—. Permítanme a su muchacho que me ayuda en algunas cosas.

   Franco es trasladado lejos del árbol, lejos del Renault y de la muchedumbre que no cesa de felicitar a Rogelio. Vuelve a repetir en su mente las acciones, no sabe qué es que lo hizo, todo está patas para arriba. Siente que se le está por escapar el pis y se contiene. Finalmente, Rogelio lo zamarrea contra una pared.

   —Pedazo de mocoso de mierda, si llegás a decirle a alguien lo que viste, me vas a conocer, ¿entendés?

   Rogelio escupe mientras habla pero Franco no siente la saliva que lo baña. Está aterrado.

   —No sé de qué habla, Rogelio. Le traje la gente que me pidió.

   —No te hagas el pelotudo. Vi que mirabas la línea, sé que sabes.

   —Pero yo le traje la gente, le hablé a todo el mundo para que me pudiera dar la plata.

   Rogelio parpadea un par de veces y suaviza el agarre del brazo. En su cerebro las ideas empiezan a reordenarse. Franco nota el alivio y se tranquiliza, su cerebro también retoma su circulación habitual. Recuerda la línea.

   Rogelio se pasa la mano por la boca, secándose la saliva que voló en su arrebato anterior. Camina un poco por el campo y vuelve con una sonrisa en el rostro.

   —Tenés razón, Franquito. Que tonto que soy. —saca la billetera y retira un billete de cinco pesos. —Acá tenés, pibe. Ya no hace falta que traigas más gente. Lo hiciste bien.

   El niño mira el billete y su entrecejo se frunce. La frustración juguetea en la panza y sube por su tráquea.

   — ¿Cinco pesos? ¿Nada más? —le grita enojado.

   Rogelio se asombra. Un atisbo de furia roja le regresa al cuerpo pero lo disimula rápidamente.

   —Tenés razón. Acá tenés diez.

   Franco permanece en silencio. Lo mira fijo y niega con la cabeza. La decisión le viene de adentro. Cree, de su panza. Lo acompaña el recuerdo de la reacción de Rogelio, los nervios al saber que Franco miró una línea que él no reconoce.

   Rogelio titubea y saca más billetes. Observa la respuesta del niño quien sigue negando con la cabeza. Cuando llega  a los cincuenta pesos, se detiene.

   —Pero, escúchame, pibe. ¿A qué estás jugando?

   Franco se planta en sus dos piecitos que, juntos con las manos, forman veinte. Recuerda lo dicho anteriormente y exclama:

   —Juego a la línea.

   — ¿Qué?

   —Quiero doscientos.

   — ¿Qué te pasa, pendejo? —grita Rogelio enardecido.

   —Me pasa una línea. Quiero doscientos o  hablo.

   Rogelio está perplejo. Titubea, adelanta y retrocede. Mira la muchedumbre y luego al niño que le hace frente. “Pendejo de mierda”, susurra. Toma la billetera y saca el resto de su dinero. Franco cuenta como puede. Ve dos billetes que dicen “cien” y sale corriendo.

   — ¡No vuelvas, Franco! —escucha a lo lejos—. ¡No vuelvas o vas a ver!

   Él corre, abraza a su padre y le suplica que se vayan.  Mientras viaja en el asiento trasero del auto, con las ventanillas bajas para que circule el aire, ve que aún tiene los billetes anteriores. Doscientos cincuenta pesos. No le alcanza el aliento. Su panza resuena.

   Se detienen en la plaza. Estacionan y corre a casa de José, el almacenero. Compra gaseosas y budín de chocolate. Luego se dirige a su negocio favorito, allí donde las bicicletas usadas se disponen en desorden. Allí donde la roja se distingue en toda su plenitud. Allí de donde sale andando a más no poder y va pensando la frase perfecta para gritarle a Leutaro cuando le gane la próxima carrera.


Sobre la autora

Mi nombre es Silvia Negro, soy licenciada en psicología. Nací y vivo en Argentina, si bien, siempre que puedo, me escapo a ver el mundo. Realicé talleres literarios con Patricia Sagastizábal, Santiago Ambao, Marcelo Guerrieri y Cynthia Rimsky, y participé en compilados de cuentos cortos y microrrelatos.

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Una respuesta a La vaca, la bici y la panza, de Silvia Negro

  1. Atrapa la magia, la mirada de un niño y la resolución de un soñador. Hermoso relato!!

    Adri
    23 marzo 2018 at 20:55 pm

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