‘Fariña’ y la filología

CÉSAR ALEN.

Toda novela tiene múltiples lecturas, diversos enfoques, y todos igual de legítimos. En cierto modo, es el propio lector quien acaba dando el significado definitivo al texto (como bien apuntó el filólogo y lingüista francés Roland Bhartes).

La novela Fariña, bueno más que una novela es un ensayo periodístico, incluso podría pasar por un libro de historia contemporánea. Su autor Nacho Carretero ha hecho un espectacular trabajo de recopilación de información. No ha escatimado en su esfuerzo para indagar en las hemerotecas y sobre todo en los juzgados. No olvidemos que la mayoría de los datos que llenan el libro han sido publicados y son de dominio público. Por eso no entiendo ese ataque frontal contra el libro.

Si algo ha hecho bien Nacho Carretero ha sido documentarse, un verdadero trabajo detectivesco, y yo me atrevería a decir que filológico. Digo filológico, porque la filología es algo más que el estudio del lenguaje en sí mismo. El lenguaje carece de entidad si no se apoya en la historia, en el estudio del pasado y del presente. A este respecto el insigne Américo Castro escribía: “la filología supone reconstruir los estados de civilización que yacen inertes en las páginas de los textos”. Por lo tanto nada de lo histórico es ajeno a la filología. El lenguaje no es más ni menos que la expresión de un tiempo, de un momento dado en la historia, enfoque que se conoce como sincronía.

En el texto de Carretero apenas hay un argumento, entendido como la invención de una trama, articulado en unos personajes. Y no lo digo en detrimento de su obra, sino para entender o hacer entender la falta de alevosía o de cualquier atisbo de animadversión. La propia estructura narrativa pone de manifiesto su planteamiento aséptico. No hay un protagonista. No, son hechos contados desde un distante punto de vista indefinido. La utilización de verbos descriptivos como el pretérito imperfecto denota un distanciamiento propio de un documentalista.

Desde ese punto de vista, el catedrático de lengua española Francisco Abad Nebod opina: “Las lenguas humanas no existen fuera de su circunstancialidad concreta. La filología es simplemente una técnica de interpretación, específicamente de textos escritos vinculados a una cultura determinada”.

Es esa definición la que nos vale para situar la obra del autor gallego. Se trata de plasmar a través del lenguaje una cultura determinada. Aspectos historiográficos básicos para entender nuestro tiempo y la sociedad que nos ha tocado vivir. De este modo, este tipo de libros son absolutamente necesarios, imprescindibles diría yo. La mayoría de los gallegos se han sentido interpelados. Después de leerlo se puede entender mejor la idiosincrasía de un pueblo. Multitud de resortes atávicos quedan perfectamente explicados. Por fin se descodifica el mensaje cifrado en la singularidad, la cristalización de una forma de ser, de estar, de comportarse. Así pues, de nuevo Américo Castro acierta con esta definición: “La filología es una ciencia esencialmente histórica, pues en los textos se encierra la huella de los hechos tanto materiales como morales”.

Por lo tanto, prohibir un libro así es como prohibir un libro sobre los Reyes Católicos, Fernando VII, Julio César o Hitler. Acaso no hemos entendido mejor las atrocidades de la historia una vez puestas negro sobre blanco. Es de obligado didactismo reproducir los hechos históricos por muy crueles que sean, aún a costa de que alguien se pueda sentir ofendido.

Me resulta curioso observar cuantas personas intentan parasitar una obra exitosa. Cualquiera que pasara por allí se cree con derecho a pedir su trozo de pastel. Da igual el motivo, el porqué, lo importante es llamar la atención. Unos lo hacen por hablar demasiado y otros por estar callados cuando lo que le correspondía era hablar. Volvemos a las viejas teorías sobre la utilidad del arte.

Es natural y enriquecedor que un libro genere debate, que active opinión, pero nada más. Una obra de arte debe ser intocable, estar por encima del bien y del mal. De otra manera caemos en la tentación de convertirla en un arma arrojadiza. Un instrumento político e ideológico. Algo que por otro lado, ya había advertido Platón hace siglos.

Uno de los méritos del libro es su vocación historicista, es decir, la historia se superpone a las contingencias y arbitrariedades individuales. La verdad histórica prevalece, se alza por encima de cualquier visión interesada. La magnitud de los hechos da escalofrío. La sensibilidad queda herida porque el autor nos muestra los entresijos de una organización, cuyas ramificaciones llegan hasta las mismas cloacas del Estado.

Pero cómo no contarlo, cómo no describir los acontecimientos que conmocionaron a la sociedad de su época. Sucesos que pusieron en pie de guerra a miles de madres que escenificaron con sus desgarradas protestas delante del Pazo de Bayón, una situación descontrolada  para miles de adolescentes de los años ochenta. Acontecimientos, que por otro lado, forjaron un carácter, una manera de ser de todo un pueblo, unos como actores principales y el resto de la sociedad como meros comparsas. Lo queramos o no, muchos de nuestros comportamiento vienen dados por acontecimientos de tal relevancia social. La geografía juega un papel determinante, el clima también. Lo demás lo hace el dinero y sobre todo el poder, las ansias de poder. Gracias a estas páginas hemos comprobado como una organización de este calibre, compuesto en su mayor parte por simples marineros puso en jaque al Estado todo poderoso.

Éste es un libro necesario, imprescindible. Una pieza más del complicado puzzle de que se compone la estructura de una sociedad. Los hechos históricos, sociales, las variables geográficas son el sustrato de la filología que se plasma en el lenguaje. Pero no olvidemos que el lenguaje lo forjan los seres humanos. Desde un enfoque diastrático , los grupos sociales que más se han caracterizado por la utilización de jergas han sido los más marginales por definición. Bandas criminales que por su naturaleza son proclives a desarrollar un argot (sociolectos). Códigos difíciles de descifrar para todo aquel que no pertenezca a su círculo, y de esa manera burlar el control policial.

A fuerza de percutir en los usos y costumbres idiomáticos, en la más arraigada tradición, las nuevas palabras se han ido haciendo un lugar, aunque la mayor parte de las veces de manera abrupta, violentando el lenguaje, para dar cabida a nuevas necesidades.

Sin ir más lejos, la propia palabra “fariña”, es un buen ejemplo de ello. Está claro para casi todo el mundo el significado connotativo que esconde. Y desde gracias a la publicación (o secuestro) del libro de Nacho Carretero ya forma parte del acervo lingüístico y cultural, por lo menos de los gallegos.

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Una respuesta a ‘Fariña’ y la filología

  1. Magnifico articuli y critica a los censores,cretinos.Mi enhorabuena

    juan
    26 marzo 2018 at 17:24 pm

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