‘Un devenir furioso’, de Rafael Talavera

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POR RICARDO MARTÍNEZ.

Un poeta conforma por sí un mundo en el más amplio sentido, ético y estético, que tiene, genéricamente, dos destinatarios tan distintos como complementarios:

-de una arte el sí propio, es decir, el escritor siempre (siempre) escribe para sí en el sentido en que –sobre todo el poeta- en el destino de su texto está, implícito, su interlocutor, el que escucha el secreto más guardado por ese raro y solitario que, a falta de un par que estime y valore su profundo secreto vital, acoge en el discurso poético toda la verdad de que un hombre pensante y solitario ha de manifestar para vivir

-de otra ese Otro –todo aquél que no es él- y a quien invoca y solicita como oyente, como intermediario entre su sentido de trascendencia y su ser terrenal, pues alguien ha de ayudar a resolver, a entender, esa duda con la que nacemos y que nos acompañará, en forma de tiempo, a lo largo de todas nuestras vicisitudes de cada día. Otro que, no siendo nunca él, es el complementario necesario como una representación simbólica que contribuye a preservar y guardar el equilibrio necesario de la naturaleza (detrás del cual están el sentido de armonía, de belleza y de destino en esa Sombra que espera)

El decir del poeta es, pues, siempre, un discurso ontológico; afecta al interior de sí, afecta a esa parte velada que nos llama y a la vez no se revela sino hacia el final, si es que en ese punto se manifiesta por fin, despeja el horizonte en algo más que en silencio:

    Volando, entreteniéndose,

    distraída por la magia de estar viva,

    zigzaguea en el aire una mariposa blanca.

    Perezosamente atrapada

    en el ámbar liviano de la tarde,

    agita sus dos pétalos la feliz mariposa.

    Y cuando, dando un súbito golpe de alas, se desvanece,

    me deslumbra la filigrana de la huida

    y la añoro en el bello crepúsculo deshabitado.

El poeta ha realizado ese viaje espiritual que le acomoda con el paisaje, que le descansa y armoniza con lo otro, y, mirando (pensando) traslada a su interlocutor, el lector, una forma de ver, una manera de interpretar el movimiento y el color y la luz, una interioridad en el pensar… haciendo con ello que el mirar-pensar-interpretar vayan más allá, más lejos que el gesto o la actitud mismas del observar, lo que equivale (o podría equivaler) a una ofrenda, un gesto de vínculo y afinidad con ese que, al otro lado del libro, ha dispuesto su voluntad, su silencio, su soledad e inteligencia para escucharle, para tratar de entenderle, para hacerle compañía (Esto es, todo poema  es, en el fondo, un tratado de dialéctica, de democracia, de amistad)

                * * *

En ocasiones al poeta le apasiona (tal es uno de los motores principales de su hacer, la pasión) la actitud individual, y he aquí, entonces, que repara en uno de los más individualistas y autónomos y originales de cuantos pájaros existan, el colibrí, cuyo escenario eterno es el aire y ella, la flor. Entonces el poeta canta-cuenta:

    Yo me imagino el alma de los árboles

    como un extravertido y forzudo colibrí

    sosteniendo el vibrante fruto del orbe en  sus alas

    y regulando el ritmo perezoso de las  constelaciones

Repárese, no es lo observado el árbol y lo pensado el colibrí, sino al revés, aunque la forma en que nos traslada el poema-pensamiento lo aparente. Es otra forma de trasladarnos sus sentimientos el poeta: el juego, el origen más primario de lo que somos. Otra forma de identidad hacia nuestro corazón sintiente.

                ***

El camino es largo, los días distintos, tanto a la vista como a los sentimientos de la soledad. El poeta se deja mecer por el tiempo. Sueña y ama; mira y ama; medita hacia lo ignorado, hacia la sombra, lo trascendente, y vuelve a nuestro lado –siempre esa demostración de fidelidad- para decirnos, o susurrarnos, aquello que le ha conmovido, que ha retenido su curiosidad, o su entusiasmo, o su larga duda que le ha traído el siempre viejo Otoño:

    El aire, ¿está, pues, lleno

    de laberintos? ¿Hay, acaso, miles de caminos

    posibles, en las direcciones del espacio abierto,

    a fin de que se cumpla toda la libertad

    y, también, toda la renuncia?

    Hombre con sonrisa acróbata moderno, tocado  como todos

    por la necesidad y por la ensoñación,

    por el hambre y el brotar doloroso de unas alas   clandestinas,

    enjuto, fuerte, audaz, a quien creíamos    un híbrido

    de águila y de hombre: ¡despega ya, oh acróbata!

    ¡Vuela hacia aquella que espera en silencio oscilando

    cabeza abajo, oscilando, con  las manos  tendidas

    hacia el ángel fugaz que eres tú ahora

    mientras dura el cautivo, el alucinado vuelo!

Alucinado vuelo que es el andar a solas, el considerar el paisaje que le acoge, el vivir. ¡El vivir!

***

    Así se despide el poeta

    ¿Y habrá una despedida más hermosa que el vuelo, luego de habernos legado el bien de su palabra, de su compañía?

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