El escenario de vivir sin mañana

Por Ester Bellver

 

¡Qué mala es la época de la adolescencia! Quizá para otros no haya sido tan traumática… Yo, desde luego, viví como un suplicio el tener que resignarme a abandonar la infancia. Disfruté muchísimo de ser niña y, no sé por qué, ya desde entonces tuve la clara intuición de que pasar a ser adulto no era ningún chollo. Solo la palabra, ‘adulto’, me tiraba para atrás. Además de los consabidos cambios hormonales y de transformación física que venían acompañados de terribles dolores en la tripa y hemorragias, estaban los temores que te infundían: “¡Cuidado, pecado!, ¡cuidado, no te vayas a quedar embarazada!” Entonces, sin haber hecho nada ni tener culpa de nada, te asolaba una tremenda vergüenza: que nadie se enterara, por favor, de que tenías ya la regla. Toda esa energía alegre que hasta entonces habías venido derramando en juegos y carreras se enroscaba ahora para dentro floreciendo en algún que otro horrible y purulento grano sobre tu nariz. ¡Menudo cuadro!

No te habías restablecido de aquello cuando, tres o cuatro años después, comenzaban las preguntitas: “¿Ciencias o letras? ¿Tienes novio? ¿Qué quieres ser?” ¡¡¡Qué quieres ser!!!, aquello me atormentaba muchísimo. Yo no había pensado, no estaba pensando ni quería pensar en nada de todo aquello. El futuro, hasta entonces, había estado muy lejos: no era cosa mía, ocurría cuando uno era mayor. Ahora, por lo visto, lo teníamos encima y había que empezar a hacer planes, a proyectar el destino.

Yo no era buena estudiante: de ‘cincos pelados’ y ‘bienes’ en gimnasia, dibujo y religión. Estaba claro que no tenía porvenir ni en Ciencias ni en Letras, mi elección debía centrarse en escoger lo que más fácil me resultara. Mejor dicho, en lo menos difícil. Esto me generó una completa falta de ilusión frente al futuro ese que me estaba esperando con los brazos tan abiertos, ¿cómo escapar de ellos?

En segundo de BUP me quedaron tres y, aunque me pasé todo el verano estudiando, no las recuperé en septiembre. Me reconocí con un grave problema de base y estaba prácticamente segura de que no sería capaz de remontarlo, aunque repitiera. Perdí la confianza en poder seguir el ritmo marcado y conseguir sacar la Selectividad, mucho menos una carrera. Comentando el problema que tenía con otras muchachas de generación que se encontraban en la misma situación decidí apuntarme, al igual que ellas, a Jardín de infancia de FP (Formación Profesional); la otra opción era ‘Administrativo’, que me sonaba casi peor que ‘adulto’. Paralelamente a la FP, siguiendo la idea de mis preocupados padre y abuela, cursé también formación de peluquería en la academia Henry Colomer de Carrera San Jerónimo. Ni me veía de peluquera ni de niñera. Simplemente me metí en aquello por hacer algo, por disimular un poco y dar tiempo al tiempo para que obrara algún milagro y me sacara airosa de semejante callejón sin salida.

 

Ya tenía comprados los zuecos, la cofia y la bata para empezar a hacer las prácticas como cuidadora infantil en una guardería de López de Hoyos cuando se cruzó de la manera más inesperada el mundo del espectáculo en mi vida. Tenía 17 años, desde los 12 acudía a clases de baile clásico; los dos últimos me había cambiado a ‘Jazz’. Aquel día, al final de la clase, se me acercó un hombre que había estado viéndola. Yo pensé que sería el padre de alguna alumna pero resultó ser Rafael Luna —un coreógrafo de la época— que en ese mismo momento me propuso trabajar para él como bailarina en una sala de fiestas: la desaparecida ‘Xairo, music hall’, cerrada a raíz del incendio ocurrido en Alcalá 20 (1983) y situada en los bajos del también cerrado (2009) Teatro Albéniz de Madrid. Y así fue que ‘debuté’ (1981).

Hoy he leído una noticia en la que hablaban de la rehabilitación del Albéniz: ya está en marcha y parece que también quieren reabrir lo que fue la Xairo como una sala más programable. Qué alegría me ha dado. Aunque, claro está, nunca volverá a ser lo que fue y eso también provoca una nostalgia. Con ella me vienen algunas imágenes: el escenario que subía y bajaba; su gran palco; las paredes y columnas de la zona bar que estaban forradas de espejitos; la cortina de lamé (tela muy brillante con la que se confeccionaban muchos de los vestuarios de revista o variedades); el guardarropía; el despacho de don Emilio (el empresario —buenísima persona por cierto—)… Niki Bravo, Pepa, Rosa, Chiqui y Leo, “Las chicas majicas de Xairo” -(con j de majas), así nos llamaban-, mis compañeras del ballet; los hermanos Anoz, Joe y sus muñecos, Chicha y Moncho, además del humorista Ángel-Hito, completaban la plantilla de artistas de aquel espectáculo.

Cartel del show de mi debut, que sería el penúltimo espectáculo programado antes de cerrar definitivamente la sala.

No soy de vocación, quiero decir que nunca me hubiera imaginado que yo terminaría dedicándome al teatro, no entraba en ‘mis planes’. Sin embargo, es y ha sido desde entonces mi gran amor. Las cosas, por gracia, no ocurren siempre como se esperan. Precisamente, lo que más le debo al teatro es que continuamente me esté revelando esto. Mucha gente considera que vivir sin una ‘seguridad’ es lo peor del teatro, a mí me parece un verdadero lujo no saber qué es lo que va a suceder mañana; en cualquier momento puede surgir lo más inesperado, por ejemplo, que Culturamas me haya invitado a escribir este artículo.

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