Qué nos queda de…

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Por Gaspar Jover Polo.

El siguiente artículo es para recomendar un vídeo de Youtube a los lectores de Culturamas. El vídeo –aquí– se titula “Amour fou” y se compone de un reportaje fotográfico con instantáneas de la relación amorosa que mantuvieron los actores Romy Schneider y Alain Delon, más una canción de fondo de la cantante francesa Mireille Mathieu. Las fotos fueron tomadas en aquellos años en que el cine francés y la canción francesa destacaban en el mundo y en los que, por ese motivo, la relación amorosa de dos de sus principales actores conmocionó a la prensa internacional. Las fotografías forman un material estupendo -los dos son jóvenes, guapos, intensos, llamativos-, yo diría también que son fotos conmovedoras y que resultan adecuadamente subrayadas en el vídeo por la canción, también conmovedora. La pareja duró solo cuatro años y, aunque después de romper mantuvieron una buena relación de amistad, da lástima que algo tan hermoso se pierda en tan poco tiempo, que no queden siquiera las cenizas de aquel famoso “amour fou”. El amor se extinguió de forma abrupta entre Romy y Alain, pero cabe preguntarse si todavía se puede rescatar una parte, aunque sea muy pequeña, de semejante acontecimiento. O como dice el título de otra canción francesa de la época, “Que reste-t-il de nos amours?” -banda sonora de una película de François Truffaut-, ¿qué queda de nuestros amores? Podemos preguntarnos sobre la huella que han podido dejar Alain y Romy, y, ya que estamos, preguntarnos también sobre el rastro que ha dejado la canción y el cine francés de aquella etapa dorada, qué es lo que queda, en general, de lo que fue una poderosa industria del cine.

La prueba de que por entonces triunfaba la cultura audiovisual europea es que actores y directores franceses, sobre todo franceses, fueron llamados por Hollywood, y qué estrellas consagradas del cine norteamericano tuvieron a bien desplazarse, salvar el charco, para trabajar en Europa con directores de países como Francia e Italia. Las buenas películas de entonces -años cuarenta, cincuenta, sesenta y hasta mitad de los setenta más o menos) también trataban el problema social, como lo hacen las películas de ahora, los temas serios, profundos, existencialistas (El muelle de las brumas), pero hay que reconocer que lo hacían con un toque poético innegociable que no se ha vuelto a ver en los cines. Los directores de entonces, como los de ahora, también hablaban de temas políticos, de temas comprometidos, de esos que nos sublevan y hacen saltar chispas de indignación (El ejército de las sombras), pero  además incorporaban un toque épico indiscutible. Por entonces, junto al dolor y al sufrimiento de la guerra y de la posguerra mundiales, junto a la denuncia de las atrocidades cometidas por los regímenes fascistas, era normal el soplo épico y el interés poético, pues, queriéndolo o no, tal vez en algunos casos de modo instintivo, los mejores directores nunca se conformaron con tratar a fondo los problemas sino que quisieron ir un poco más allá y proporcionar algún extra a los espectadores. Quisieron ofrecer algo distinto, original, algo así como un estilo propio o sello de autor.

La relación entre Romy y Alain duró solamente cuatro años porque, tal vez, no pudieron mantener la misma intensidad que muestran las fotos del reportaje. La causa de la fugacidad de aquel amor pudo ser que se quisieron de una forma demasiado intensa, acalorada. Algo parecido a lo que pudo ocurrir con el cine y con la canción, que se vinieron abajo porque perdieron fuelle, porque gastaron una desorbitada cantidad de energía y, como consecuencia, los directores y los intérpretes ya no pudieron mantener el mismo impulso febril y el mismo grado de inspiración.

El cine francés de ahora trata los temas sociales de un modo directo, sencillo, sin concesiones a la galería, pero tal vez no sea suficiente con sacar a la luz un problema humano, una injusticia social: puede que la línea recta y más corta entre dos puntos no sea el mejor camino en cuestión de arte. Las películas francesas de ahora se conforman con analizar con rigor, es decir, con todos los pelos, datos y señales, los problemas de la actualidad, mientras que aquellos productos pretendían, además, convertirse en séptimo arte. Y así tenemos que hoy el cine es, sobre todo, un cine realista y bienintencionado que se centra en denunciar los problemas del momento: la inmigración, la marginación de los barrios obreros, la discriminación de las mujeres. Pueden optar por el género del drama absoluto o pueden incluir también algún momento de humor que rebaje el drama. ¿Y entonces? Si ya no es posible recuperar aquel tono, aquel esfuerzo titánico… ¿qué nos queda? ¿Qué podemos hacer si nos ponemos en el peor de los casos? “Qué reste-t-il”?

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