‘En el cuarto oscuro’, de Susan Faludi

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En el cuarto oscuro

Susan Faludi

Traducción de Antonio-Prometeo Moya

Anagrama

Barcelona, 2018

425 páginas

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca / Fuente: Tan alto el silencio

Ahora, que en las contracubiertas de todos los libros aparece la palabra identidad, que da la sensación de que todos los escritores están a la búsqueda de la definición del término, nos llega un libro de derriba cualquier instrucción sobre esta moda. En el cuarto oscuro parte de unos presupuestos sobre la identidad tan honestos como permite compartir una memoria. Susan Faludi (Nueva York, 1959) escribe su investigación real sobre la biografía de su padre. Y para ello lo primero que hace es encontrarse con él. Se trata de un hombre que ha pasado los setenta y el único superviviente del gueto judío de Budapest que decidió regresar a su país. Una vez allí instalado, falsifica en los documentos su fecha de nacimiento, para que la edad no sea un impedimento a la hora de cambiar de sexo. Faludi visitará Budapest a lo largo de diez años sin terminar de acostumbrarse al anciano que viajó hasta Tailandia, el país donde se producen más operaciones de cambio de sexo en el mundo, la mayor parte de ellas de hombre a mujer y muchas llegadas desde destinos inimaginables, como Irán.

Para que se autorice la operación, el padre de Faludi tiene que intervenir documentos oficiales y hasta manipular informes psicológicos. Y, por supuesto, está el tema de la religión, el judaísmo. Pero su deseo de ser una mujer durante la senectud es demasiado codicioso como para que nada se interponga en su camino. Faludi nos relata la vida de su padre a la par que sus encuentros, muchos de ellos con grabadora de por medio. Y en buena medida trata de responder a las preguntas que cualquiera nos haríamos en este caso, aunque el enunciado mismo supone un callejón sin salida. Está el hecho de haber vuelto a un país en decadencia, liberado del oscurantismo del Pacto de Varosvia, del fantasma del comunismo, pero regido por los sucesores del comunismo o directo hacia un gobierno de extrema derecha. ¿Quién elegiría esta huida cuando ya era un ciudadano reconocido en América?

Y está la Shoah, y las interpretaciones fáciles como consecuencia de ella, tipo trastorno de estrés postraumático o la culpa del superviviente. Pero la identidad del padre de Faludi no parece encajar en ninguno de esos supuestos. De hecho, considera que nació el día en que la operaron, que en su vida ya no están ninguno de sus pasados, ni el niño que se escondió en la guerra, ni el emigrante, ni el padre de familia americano. Stefi, que es como se hace llamar, ha repudiado todo ello. Incluido algo que hace de este libro una labor muy enigmática. Durante sus años como padre de familia, como esposo, la que ahora es Stefi se mostró como una persona muy violenta. Lo bastante como para que hubiéramos entendido que fuera Faludi quien renegara de él, de ella, y cerrara ese capítulo de su vida. No solo golpeaba a su hija, sino que llegó a emprenderla a navajazos contra el novio de su exmujer cuando les descubrió juntos. Este episodio fue todo un montaje, con detective privado de por medio, hecho de manera que pareciera que él, todavía esposo en grado burocrático, se había defendido del acoso de un extraño que invadió su hogar y a quien sorprendió mientras intentaba aprovecharse de su mujer.

¿Quién desea seguir viendo a un padre así? Faludi tiene mucha hambre de relato. Quiere saber todo sobre los años en que su padre desapareció de su vida, sobre Brasil, por ejemplo, donde descubrió la libertad en el sentido más juvenil en que se puede interpretar este término. Le acompaña a los lugares de ambiente LGTBI en Budapest, una ciudad malamente crepuscular según la describe. Hablan sobre Jan Morris o Stephan Zweig: uno por tratarse de una transformación tan sorprendente como la de su padre, que vino desde un alpinista de alto grado, y el otro como un caso de persona que no fue capaz de encontrar su lugar en el mundo. Faludi visita a familiares, a médicos y se documenta sobre la guerra. Todo este relato, en varios tiempos cronológicos, nos mantiene en vilo y está hilado sobre la cámara oscura. Stefi, o quien fue su padre, a quien en buena medida recupera porque al repudiar todo lo anterior también repudia la violencia que vivió y la que brotó de él, era un gran aficionado al cine y la fotografía. También aquí se reinventó para poder salir del país y viajar por Dinamarca y luego emigrar a Estados Unidos. El camaleonismo de Stefi viene de la infancia y en buena medida tuvo por finalidad algo útil. Pero ¿qué utilidad tiene a estas alturas, con setenta y tantos años y tan poca vida por delante? El ambiente del país no ayuda a los de su género, a pesar de lo cual es seguidor de partidos de corte de extrema derecha. El libro final es una construcción magistral de periodismo narrativo en el que un caso individual, tan ajeno a nuestra realidad, se convierte durante las horas de lectura en un mundo que nos importa tanto como cualquier otro acto imprescindible para mantenernos con vida.

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