El ‘Cesto de trenzas’ de Natalia Litvinova nos lleva a las entrañas de la poesía

ÁNGELA S. ARAGÓN. @angelasaragon

Cuando se presenta a Natalia, se habla de su origen bielorruso. De cómo su familia se vio obligada a huir desde su tierra hasta Argentina, después del “accidente” nuclear de Chernóbil. De su pelo rubio, sus ojos claros, su rostro eslavo y su acento tanguero. Yo la presento de otra manera.

Natalia Litvinova crea. Punto. Esto sería suficiente para definirla y para comentar Cesto de Trenzas. Pero queda extraña una reseña tan escueta, así que hablaré de lo que no se puede hablar.

En Cesto de trenzas, nos sumerge en el nudo atávico que une a las mujeres de su familia. Sí. Nombra a su abuela, a su madre, al amante de su madre, a ella misma enfrentada a los ojos de un búfalo. Relata la esclavitud de un pueblo que se protege constantemente de la mala suerte con talismanes, cantos, memoria. Sí. Eso hace. Pero lo desplaza todo a un mundo distinto, desconocido y no por lo remoto del paisaje, sino porque nos instala en la Poesía.  La poética de Natalia Litvinova es un tronco de madera albina, cuyos versos se alargan por debajo de la tierra. Y desde allí, desde ese sustrato, agujerea la planta de los pies y de la sangre de quien la lee. A partir de entonces, los lectores entramos en este trance telúrico que es su último poemario.

Allí, alojada entre los cabellos de sus ancestros, cabalga siseante en busca de los secretos de una casta de la que, parece, desea desmarcarse. Ella, a diferencia de las otras mujeres de la familia, no tiene amuletos, pero “miento para que me cuiden”. Indaga, mira, observa, escucha y se enferma. Acepta los cuidados de las mujeres, sus supersticiones y sus rituales, para descubrir que tiene malditos los sueños y el vientre.  Bajo la nuca de su almohada, se revuelven la sangre de la abuela y de la madre. La fiebre antigua y rusa del abuelo.

Y en otro lugar, en otra esquina del cesto, vuelve a esconderse para abrir un campo de rosas habitado por caballos. Rosas blancas, menos una, negra; potrillos blancos y cariñosos criados por la madre, menos uno, negro, arisco. Y, de nuevo, se convierte ella en el menos uno. Se identifica con la isla y el desapego, los erige en talismanes, porque en ellos, encuentra la superioridad de la naturaleza. Mueren y resucitan “con los ojos secos”, con la simplicidad de quien ni desea ni (re)conoce. Libres de memoria, no tienen por qué temer a las urracas.

Sin embargo, Litvinova no es la única que ha deseado desasirse de las trenzas. Con un peso lorquiano, descubrimos a una abuela con “cabeza humana y cuerpo de pájaro” y una madre que huyó de su boda con el vestido puesto. Más tarde, a lomos de un caballo se internaba en el bosque para encontrarse con el misterio. Su amante. Al otro lado, hasta que se borró o ella mismo lo borró, como fulminó al animal que la llevaba hasta adentro.

Todo ello se adhiere en sus vísceras, a pesar de sus intentos. “Tengo aliento a humedad, a subsuelo, a escondite”. “Soy el hospedaje de la maldición que atravesó a los muertos de mi familia”, ¿qué se hace con todo eso? ¿Cómo se libera una cuando es presa y cazadora al mismo tiempo? ¿Cómo se reza? ¿Cómo se relincha? ¿Cómo se canta “al oído de nadie”?

Sí, ella es verso y está hecha de todo lo ajeno, como dice en otro de sus títulos. Incluso su voz, la música de su voz, transita entre dos océanos  y, por suerte, “el pueblo la bebe”. Y qué suerte beberla y recibirla, que nos inunde los pulmones y las vértebras. Qué suerte poder entrar en ese Cesto de Trenzas y ver desde muy cerca las raíces de la Poesía.

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