GPS a la lectura

Por Dinorah Polakof.

Los niños no leen. Recomendame dos o tres libros para mis nietos, te paso las edades. ¿Podrías decirme si en aquella librería venden el título que sugeriste? En un lugar de pagos vi un librito para mi sobrina, ¿está bien comprarlo ahí o es más caro? Son mejores los de tapa dura. ¿Cuál es la  tendencia en literatura infantil y juvenil? Los adolescentes no leen. Percibo que esa editorial decayó últimamente. ¿Convienen esos lugares en donde hay un montón de actividades y agregan algunos libros? Ya no confío en los mediadores, te ofrecen al autor de moda sin tener idea de qué va la historia.  ¿Hay que volver a los escritores de antes? Los jóvenes no leen. ¿Seguro que en la Feria del Libro lo encuentro? ¡Pasame el stand porque me pierdo!

El párrafo anterior compila una suerte de afirmaciones y cuestiones en torno a la lectura que se enmarcan en una búsqueda de la verdad.  Los cambios vertiginosos a que nos tiene acostumbrados la supereradelacomunicación trae consigo la inmediatez en el buen discernimiento. Pero ha profanado algunos hábitos: deambular por los pasillos de una biblioteca, pararse frente a una estantería y hojear el libro, volverlo a su lugar y elegir otro. Hasta parecería que tocar, abrir, oler, pasar el dedo índice por las letras, hacerse de un bonito marcador de páginas, se ha convertido en un juego perimido.

Me pregunto si para contestar a tanta duda o refutar las aseveraciones habríamos de apelar al GPS. Tal vez, el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) inventado por los americanos de los Estados Unidos podría determinar – de manera eficaz – la posición del objeto-libro. Pero no es necesario poner a trabajar a una veintena de satélites para dar con buena literatura. A veces, el sentido común y los propios saberes de los adultos afinan la puntería.

Como ejemplo de lo que no está bien

Hace cosa de un mes llevé a mis nietas a un lugar de juegos de reciente inauguración. Al amparo de las redes sociales y unos cincuenta “me gusta” dejé que me influenciara la novedad. Además, el espacio contaba (así decían) con una librería para niños, entre otras divinuras. Una vez allí, nos presentaron los diferentes ámbitos que bajo techo lucían coloridos y armoniosos, buena oferta para paliar el domingo de lluvia. Preferimos comenzar por la zona de atracciones y habilidades físicas. De inmediato se prendió la lucecita de advertencia. Y no solo porque mi faceta de docente pedía auxilio a gritos sino porque se hacía evidente que, una sola persona sería insuficiente para cuidar a los niños de edades disímiles que trepaban redes, se tiraban por el tobogán, trataban de hacer una torrecita con cuatro cubos, corrían de un lado para otro, iban y venían a los saltos. A todo ésto, los adultos podíamos mirar pero se nos delimitaba el acceso.  Cuando la pequeña de 21 meses siguiendo a su hermana, traspasó la zona semi-cercada y se tiró a la piscina de pelotitas, la rescaté y decidimos ir a la librería.

Lo que sí está bien…

Es alejarse por un rato de las pantallitas y tener al alcance una librería sin entrar a un shopping. El área principal tiene un diseño llamativo. Su forma rectangular cuenta con ventanas por donde pasa la luz solar y da calidez al entorno.  Muebles bajos de tonos claros, exhibidores a la altura correspondiente del destinatario visitante,  alfombra y almohadones circulares, mullidos,  para evitar resbalones. El ambiente tranquilo y separado del bullicio invitaba a leer. Títulos seleccionados previamente: libros álbum,  libros ilustrados, libros con mucho texto. En el centro una caja de madera para elegir libremente y sentarse o acostarse a disfrutar.

Error

Sin embargo, sobre los libros que se exhibían en los laterales pesaba un impedimento.  “Estos de la caja se pueden tomar libremente” dijo la posible orientadora – vendedora. Cuando mis nietas se acercaron peligrosamente a las vistosas tapas duras fueron interceptadas por un “No, no. Esos son para la venta,  no se pueden tocar”. Como las niñas disfrutan desde hace mucho tiempo de leer, se dispusieron a tomar los de la caja y estuvieron un rato inventando historias. Final feliz para ellas. Disconformidad para mí: los libros no se prohíben.

Busque buenos escritores

Sin verdades absolutas, existen autores que difícilmente nos defrauden. Hace años que Lía Schenck anda de visita por el mundo de la literatura infantil. Es una exponente de ilimitada imaginación, sincera, lúdica. Desde los inicios,  ha conquistado la atención de lectores devenidos luego en seguidores, convocados por su exquisita ternura a la hora de la creatividad.  Sus cuentos y poesía se han editado en Uruguay, Argentina y España. Es inevitable recalar en ellos: Timotea se va de viaje, Una a tiene mucho que hacer, El tío fenomenal y otros cuentos familieros. Historias de Pueblo Chico, Pueblo Chico se agranda. En 2016,  Fin de Siglo edita GPS a Pueblo Chico. Se trata de ocho relatos donde confluyen varios personajes de la saga, que se deslizan de manera delicada y  sencilla brindando un nuevo significado a la dualidad urbe/rural,  dotándola de recuerdos y sabores olvidados.

Conclusión

Se arriba a buen camino sin GPS.  Es muy probable que consigamos la mejor opción en torno al universo de libros para niños y jóvenes si apelamos a lo esencial, investidos de buen humor y provistos  de cierta perspicacia.

 

Foto Vía| Fin de Siglo Editorial

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