Cristina Morini: “Nuestro cuerpo es un trabajador precario”

Cristina Morini

«Los sistemas políticos están siempre inscritos en el cuerpo», escribió Michael Warner. En su The trouble with normal [El problema con lo normal], sostiene que las teorías queer son más una crítica a las estructuras económicas y sociales que una acusación a la norma heterosexual. He aquí una serie de afirmaciones verdaderamente eficaces por sus efectos inmediatos. En los años setenta se presentaron desafíos importantes cuya memoria conviene recuperar. Entre 1970 y 1980 la revista francesa Questions féministes privilegió el análisis social y económico por encima del ideológico, psicológico y biológico. La dominación masculina sobre las mujeres y sus cuerpos vino encuadrada dentro de la dimensión económica, material y práctica de las estructuras sociales. Entre otras, Christine Delphy y Colett e Guillaumin «revisaron el materialismo marxista a la luz de la mayor autenticidad material de las clases sexuales». Recordamos un relato de Monique Wittig en el mismo contexto, Un jour mon prince viendra [Un día mi príncipe vendrá], «fría y cruda transposición poética en la que la explotación de los cuerpos se expresa alegóricamente mediante la ceremonia del ordeño».

Al ir adelante y atrás en la construcción de ideas, casi visuales, quiero llamar la atención sobre Ellie Parker, una corta película experimental de 2005, filmada en digital, que cuenta la vida de una actriz. El alma, el cuerpo, las expresiones, los recuerdos, todo en ella viene puesto permanentemente en juego, en un desfile de cosméticos y vestidos apropiados para la enésima oferta de trabajo a la que Ellie decide presentarse. Su ocupación requiere, necesariamente, la máxima asiduidad. La película nos muestra lo depravado y exigente de la actual construcción social, hasta el punto de que Ellie, permanentemente en búsqueda de algo, una búsqueda frenética y sin tiempo (se cambia y se maquilla en el coche entre una cita y otra), llega a no saber bien quién es. Un drama, ciertamente, de un particular oficio que obliga a asumir continuamente «otro» rol, a desnudar la propia personalidad para entrar en el «personaje».

Existe un elemento de disociación implícita en el ser, como pasa en el caso de nuestra amiga Ellie, una actriz. No obstante, en el presente, este estado específico —el trabajo de actor, que sostiene una producción total de sí mismo para plasmarse en una parte que cambia continuamente — puede ofrecerse como metáfora de una condición más general. Metáfora que hoy encontramos eficazmente expresada en la tensión entre ser y aparentar, en la que las subjetividades traban cada vez más claramente su experiencia y que se traduce en un devenir personaje de todos y en todo momento. Formulo, con esto, la hipótesis de la entrada del sujeto en la dimensión de la necesidad teatral, una herramienta para sacar el máximo rendimiento de las potencialidades propias en el mercado de trabajo precario contemporáneo. El mercado de trabajo se ha desterritorializado (es móvil, precario, sin puntos fijos) y obliga a una continua desterritorialización del yo (precariedad existencial). Es en este sentido, en el que la metáfora del actor puede resultar efectiva y convincente. Encontramos trazos concretos de este proceso en la necesidad de adquirir un conjunto de competencias complejas (multiskill), o bien en la necesidad de responder a múltiples exigencias al mismo tiempo (multitasking), o de tener distintas articulaciones curriculares, o incluso también en la invención de la figura bioeconómica de la mujer-imagen (por ejemplo la azafata o la escort) de la que se han ocupado las recientes crónicas italianas. Se trata de observar cómo las vidas son obligadas, por la fuerza de la precariedad característica de la «sociedad postsalarial», a arreglárselas mediante la generalización del «emprendizaje de sí», donde «la relación consigo mismas y con los demás es concebida exclusivamente de acuerdo con una modalidad financiera». En línea con estas imágenes intento especificar, como premisa necesaria a este capítulo, que el dominio sobre los cuerpos está siempre condicionado por desigualdades económicas y sociales. El pensamiento metafísico occidental ha pretendido destacar un sentido estable del ser. No comparto la idea de que el cuerpo femenino deba ser estudiado como una construcción simbólica y discursiva. Este planteamiento puede ser engañoso: el ser del que habla el lenguaje es en realidad sólo una marca del mismo, no es el ser mismo. No existe, en definitiva, una manera de existir de la mujer y de su cuerpo fuera de la historicidad y de la fluidez del tiempo. Lejos de pretender afrontar una reflexión filosófica sobre el cuerpo, quiero señalar que estos son los tiempos y la historia que nos ha tocado vivir y describir hoy.

La fábrica somos nosotros

Hemos partido de estos ejemplos para introducir lo que se pretende objeto del discurso, es decir, la demostración de la inserción del sujeto en la era «de la puesta a producir de todo», y de todo lo que esto supone particularmente a las mujeres. Se manifiesta aquí la puesta en valor del cuerpo o, en términos más generales, la puesta en valor de la vida (sentida, sexual, corpórea) del sujeto como fruto de las relaciones económicas del capitalismo maduro, marcadas por las mercancías y por el paso visible del trabajo «de la fábrica a la sociedad».

La afirmación de que los instrumentos de trabajo han pasado de las secciones de la fábrica a nuestro cuerpo puede parecer atrevida a primera vista. Sin embargo, a partir de los análisis sobre la figura del obrero social, y con el curso de los años, se ha desarrollado una literatura relevante sobre la extensión del proceso productivo a la sociedad, esto es, al conjunto de la existencia humana dentro de un contexto que se ha vuelto completamente biopolítico. En un célebre pasaje de Microfísica del poder, a propósito del poder contemporáneo, Foucault escribe:

Si no hiciese nunca otra cosa que decir no, ¿creéis de verdad que llegaríamos a obedecerle? Lo que hace que el poder funcione, que sea aceptado, es simplemente que no actúa como una potencia que dice no, sino que atraviesa los cuerpos, produce cosas, induce al placer, forma el saber, produce discursos; es necesario considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social mucho más que como una instancia negativa que tendría por función reprimir.

El cuerpo, según la lectura foucaultiana, no es un dato ni una entidad natural, sino una entidad histórica, producida por saberes y poderes. Actualmente, el cuerpo es inducido, convencido con una serie de recursos, a transformarse en una inversión para el poder que adiestra con tal fin al individuo, haciéndole contribuir a la vida política y económica del capitalismo. El cuerpo se ha vuelto dócil y útil, como apuntábamos también en el capítulo segundo, debido a que el poder disciplinario regula todos los aspectos de su existencia: «Qué comer, cuándo y cuánto dormir, cómo aprender, cómo comportarse, etc. El adiestramiento del cuerpo y su creciente articulación a través de las distintas formas del saber contribuyen al progreso de la economía capitalista». Los cuerpos contemporáneos son, en definitiva, el espacio donde actúan conscientemente «aquellos invasores de cuerpos» que son capaces de condicionar comportamientos, conductas y estilos de vida de un modo tan invasivo que se encuentra en el límite de lo aceptable. Como sabemos, publicidad, moda, cánones estéticos, reglas de mercado, modelos culturales, políticos y económicos han invadido el cuerpo.

En esta línea, propongo investigar la nueva relación existente entre cuerpos, precariedad existencial, mecanismos productivos, percepción individual y creación de valor. Al menos en Occidente el binomio mente/cuerpo ha constituido uno de los dualismos básicos del pensamiento filosófico, económico, político. A partir de distintas posiciones filosóficas que se han sucedido a lo largo de los tiempos —erigidas sobre la base de simetrías jerárquicas, ideológicas y materiales— se ha construido una suerte de metafísica del cuerpo que tiene también consecuencias prácticas y que reverbera en la construcción psicológica del yo y de la relaciones interpersonales. Karl Marx, en la segunda mitad del siglo XIX, se ocupó de la nueva clase de productores asalariados que venden su fuerza física (energía corpórea, inteligencia y atención) al capital; estos tienen efectivamente un cuerpo que se cansa; y es en este cansancio y en la alienación que se consumen. Pero Marx quiere concentrarse en los estratos sociales emergentes de la clase obrera: su interés se dirige sobre todo a la relación entre trabajo asalariado y capital. No se para a pensar en las tareas reproductivas —incluso cuando las representa— más ligadas directamente al cuidado, o al mantenimiento y a la conservación de esos mismos cuerpos y de la especie humana en su conjunto. Todo esto debe ser situado históricamente: el Marx de El Capital tiene en mente a la clase y no al individuo dotado de un cuerpo sobre el que se inscriben códigos socio-culturales. Por otro lado, aquellos individuos se identificaban con la clase, proceso difícilmente generalizable en el presente, donde de hecho el concepto de clase —de la manera en que nos ha llegado— resulta insuficiente para describir a los sujetos que trabajan. En cualquier caso, la minusvaloración del cuerpo en su dimensión social y del trabajo ha caracterizado igualmente tanto a la antigüedad como a la modernidad.

Este camino lento, estratificado, contradictorio y polisémico ha marcado el papel histórico de las mujeres: fuera de los lugares en los que se pensaba o se producía para el mercado, ellas fueron sobre todo cuerpos dedicados al trabajo gratuito no directamente inmerso en la relación capitalista del intercambio monetario, o también fuera de la dimensión convencional del valor y, por lo tanto, «sujetos dominados» de una forma más abierta.

No intento, de hecho, negar que cada tiempo histórico presente una «estética» propia del cuerpo y que la misma sea utilizada para establecer conformidad sobre la base de un modelo estereotipado. En línea con lo dicho en el capítulo anterior, pienso que las generalizaciones, la pretensión de universalismo —ya se trate de un núcleo fundante de diversidad femenina o de tensión hacia la «igualdad»— siempre han sido poco convincentes, y ahora todavía menos. Sin embargo, hoy se ha declarado ya el ingreso del cuerpo en la dimensión productiva. Los primeros años de este siglo serán recordados como los años del éxito editorial de los manuales que enseñan a cuidar el cuerpo y a sobrevivir al estrés. Repensar el sujeto significa sobre todo repensar sus raíces corpóreas, que lejos de ser «naturales» vienen condicionadas, precisamente, por datos históricos, jerárquicos y de clase que el poder ha puesto en juego durante todo este tiempo: «Así como antes fueron la sexualidad, la democracia y la clase hoy es la vida sustantiva lo que viene a ser un concepto que se da por descontado».

La vida se ha convertido en el centro de los intereses del poder. El cuerpo —controlado, monitoreado, musculado, con salud e inmortal por ley, responde a las convenciones de la estética dominante— se vuelve parte integrante de los mecanismos productivos. Exactamente igual que, de otra parte, el conocimiento, los sentimientos y la experiencia acumulada en la vida extra-laboral se vuelven cada vez más claramente capaces de producir valor añadido. La apropiación capitalista de la sociedad, que hoy se presenta como subsunción total que reduce todo a valor de cambio, evidentemente reduce todo a la explotación, esto es, pone al conjunto del proceso social a trabajar. Hemos señalado ya que la aparente «democracia», inserta en la subsunción capitalista contemporánea, quiebra las separaciones históricas: entre producción y reproducción, entre privado y público, entre mente y cuerpo, entre géneros. Esto no significa en absoluto la cancelación de la dimensión jerárquica y sexuada del trabajo. Las mujeres están cada vez más solicitadas por el mercado de trabajo. Los cuerpos, y aun más los cuerpos de las mujeres, acaban siendo el objeto de sacrificio sobre el que se ensaña el gobierno del espacio público en la edad moderna. Durante estos últimos años, hemos llamado «feminización del trabajo» al fenómeno que el sociólogo alemán Ulrich Beck ha descrito no tanto como la inserción de las mujeres en el mundo del trabajo, con las reglas de los hombres, como más bien la entrada de los hombres en la precariedad vivida por las mujeres. El mercado de trabajo se «feminiza», ávido de características cualitativas, impone también a los hombres una suerte de subocupación estructural («feminización»). En el paso de una economía de la producción a una economía de servicios y del cuidado registramos incluso la pretensión de llevar a cabo una inmersión del afecto en la dimensión de intercambio asalariado del mercado. Se puede pensar que el espacio público en su conjunto se está feminizando, en la medida en que introyecta de forma cada vez más visible algunos de los elementos femeninos más estereotipados (la maternidad, el cuidado, la seducción), transformándolos —mediante una interpretación forzada, descontextualizada y deformada— en aspectos centrales de la governance contemporánea. El objetivo es «incorporar lo femenino materno a fin de metabolizar mejor sus frutos, transformándolo en una mercancía de valor consumible en el mercado». Por encima de todo, se añade que «el nuevo rostro del trabajo productivo (intelectual, relacional, lingüístico y afectivo antes que físico, individual, instrumental) no infravalora sino que, al contrario, acentúa la corporalidad y la materialidad del trabajo».

En este sentido, se pueden proporcionar ejemplos de cómo, precisamente mientras la producción se desmaterializa y el trabajo se cognitiviza, desde el mando se produce una profundización y una dispersión del trabajo: el trabajo asume formulaciones inéditas, diseminadas en la sociedad.

Hoy es todo más ambiguo que en la época fordista. Lo que parece una desposesión, o como señala Christian Marazzi, una asimilación del cuerpo en capital constante, es en realidad, de una forma cada vez más profunda, una puesta en venta de la vida a la producción capitalista. Si en el pasado la máquina era externa al cuerpo humano, hoy nos enfrentamos a la dimensión, al menos potencial, de una máquina-cuerpo-cerebro o de un cuerpo-mente que engloba la máquina, lo que resulta funcional a la acumulación contemporánea. Hoy no se habla ya de fuerza trabajo, y no por casualidad, sino de capital humano y de recursos humanos. Como ha explicado Christian Marazzi, en el nuevo capitalismo el capital fijo (las máquinas) pierde importancia para asumirla, directa e inmediatamente, el cuerpo vivo de la fuerza trabajo:

El modelo emergente en los países económicamente desarrollados es de tipo antropogenético, es decir, un modelo de producción «del hombre por el hombre» en el que la posibilidad de crecimiento endógeno y acumulativo se da sobre todo por el desarrollo del sector educativo (inversión en capital humano), del sector de la sanidad (evolución demográfica, biotecnologías) y del sector de la cultura (innovación, comunicación y creatividad). Un modelo en el que los factores de crecimiento son de hecho imputables directamente a la actividad humana, a su capacidad comunicativa, relacional, innovadora y creativa. Es la capacidad de innovación, de «producción de formas de vida», y por lo tanto de creación de valor añadido, lo que define la naturaleza de la actividad humana, y no ya el hecho de que pertenezca a este o aquel sector de ocupación.

(Fuente: Cristina Morini, “Por amor o a la fuerza”, Traficantes de Sueños)

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