‘Ninguna mujer ha pisado la luna’, de Kike Parra Veïnat

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Ninguna mujer ha pisado la luna

Kike Parra Veïnat

RELEE

Los relatos que forman parte del volumen Ninguna mujer ha pisado la luna (Relee, 2018), prologado por Jon Bilbao y recién llegado a las librerías, aluden al desequilibrio de fuerzas entre lo masculino y lo femenino, a la vez que exploran cómo dicho desequilibrio causa un bloqueo del lado masculino. Su autor, el valenciano Kike Parra (Alzira, 1971), autor de Me pillas en mal momento (Relee, 2015), libro de relatos de una agilidad narrativa sorpendente, ya desde el propio título alude al poder que todavía ostenta el hombre ante la mujer, pero a la vista de las situaciones que relata, de poco sierve si se ejerce desde la desconexión de lo femenino. Esa inestabilidad fluye por debajo de las desventuras de los personajes y condiciona un desenlace, siempre abierto, en el que los conflictos, más que resolverse, quedan colapsados, estancados. Un director de cine de la RDA es llamado para dirigir un documental justo el día anterior a la caída del Muro de Berlín, a un hombre le entregan la carta con las últimas voluntades de su cuñada recién fallecida de la que aún está enamorado, una joven logra escapar del encierro al que la habían sometido una pareja de ancianos, un grupo de sin hogar de Las Vegas pretende hacer llegar al gobernador una carta para que se entere de su situación…

Las ocho historias tienen como punto de partida una noticia periodística, pero se desvían rápidamente de la crónica de no ficción y se alejan del suceso real para generar artefactos de literatura. Las historias transcurren en ambientaciones muy diferentes pobladas de personajes perplejos. Bajo el microscopio de la literatura, Kike Parra, que será uno de los autores invitados en la próxima Feria del Libro de Madrid, muestra con crudeza las pautas del cambio que la sociedad está gestando.

Fuente: EÑE, Javier Divisa

Consigue Kike Parra que su literatura sea laberíntica y enmarañada, con infinitas travesías, posibilidades y paradojas, determinantes de los conceptos inverosímiles y absurdos (como la misma vida) tan necesarios en la frescura del relato. La necesidad de pasar página. Quizá a muchos eruditos culturales demasiado canonizados les cuesta asimilarlo. A mí no. Kike Parra escribe raro, y esa rareza radica en la sencillez, tan postergada en mis últimas lecturas de literatura española contemporánea, pero sobre todo escribe fortuito e imprevisible, de vez en cuando con alguna sentencia categórica.

Los hombres no somos felices más que cuando olvidamos que es imposible que seamos dioses.

Por otra parte, se desprende Kike Parra de toda evolución personal y componentes autobiográficos (a priori), algo preestablecido en el prólogo por Jon Bilbao: La habilidad para transportar al lector, para sumergirlo en el relato hasta el extremo de que se olvide de que está leyendo, la consigue Kike Parra, en buena parte, manteniéndose al margen como voz autoral: es discreto, a la vez que no pierde nunca el control de la narración. No está tan enamorado de sus ideas como para no dejar que sean sus personajes quienes las expresen y escenifiquen. Salvo relatos con moralina y paradoja como Trepar un árbol, saltar las olas que pudieran contener algunas enseñanzas vitales analógicas a la vida del autor narradas desde un transatlántico que simboliza los temores de la vida y las regresiones al pasado, si bien abunda la aventura y la exploración de otros mundos quizá más distantes de su rutina: Nueva York, actores principales muertos y actores de doblaje vivos, el Muro de Berlín, infidelidades, cocaína, heroína, homeless, Las Vegas, Lucy; pero eso es una buena noticia: los laberintos de infinitas trayectorias, itinerarios que dejan diferentes secuelas y desenlaces, como si todos y cada uno de los cuentos de Kike Parra hubieran sido escritos por un autor diferente (aunque el autor tenga su marca propia) con un denominador común en la experimentación y la búsqueda incesante en relación a una serie de autores españoles contemporáneos estimados por él, como pueden ser Sara Mesa, Daniel Monedero, Eloy Tizón, Jon Bilbao y Nere Basabe.

El relato de aquel salvamento era su historia preferida. Y terminó siendo la mía. Aquella historia tuvo mucho que ver con que me obligara a ir a natación en vez de disfrutar de mi día de fiesta vestido de marinero, un banquete y montones de regalos sobre la cama. Igual que tuvo bastante que ver con muchos otros momentos de mi vida. Así de importantes son las palabras. Los niños se dejan llevar. Los niños confían en sus padres.

Ninguna mujer ha pisado la luna es pura exploración, aventura, expedición y entretenimiento, un libro alejado (reitero) del entorno tradicional y costumbrista del autor, que reniega de lo interminable y lo soporífero, lo cual también dice mucho de él: debe ser una persona bastante soportable.

Reconoció la caravana traqueteante de la mujer bala. ¿Cuándo realizaría su número? ¿Saldría todo bien? ¿Llegaría a la luna? No escuchaba ni el rumor de unos aplausos o de niños liberándose de la tensión de una carcajada. Juntó las manos y entrelazó los dedos. Se las apretó tanto que se le ponían blancos los nudillos en una parte y morados en otra.

El libro le echa el guante el lector y nos fricciona con ciertas realidades profundas del mundo, con perfiles y temáticas muy diferentes. Cada relato trata una fisonomía, un semblante del hombre, o casi mejor: están urdidas las emociones, los sentimientos humanos, lo que puede abarcar nuestro reconocimiento. Nuestras miserias, nuestros azares. También se observa una aplicación del delirio a la exploración de la realidad que viene a ser la literatura, lo cual nos provoca descubrir este destello, esa descarga literaria que no se ve a simple vista.

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