Trevor Noah, el ‘outsider’ que sobrevivió al apartheid con (amor y) humor

AASHTA MARTÍNEZ.

La de Trevor Noah es la historia de un niño mulato sudafricano nacido de padres de distinto color durante el apartheid, que llegó a convertirse en uno de los presentadores de televisión más exitosos de Estados Unidos. El talento y la generosidad de este comentarista político de 34 años le llevaron a publicar un libro de memorias titulado Prohibido nacer. Memorias de racismo, rabia y risa (editado por Blackie Books y traducido al español por Javier Calvo), que hoy día es un best-seller y que en breve será llevado al cine de la mano de la productora Ark Angel Productions —propiedad del propio Noah—. En resumen, un repaso en clave tragicómica a su infancia, adolescencia y primera juventud.

Ser negro y nacer en Sudáfrica en los años en que este país vivía bajo un sistema de segregación racial tan odioso como el apartheid ya era de por sí complicado. Tener la mala suerte de que tu madre fuese negra y tu padre blanco, se vislumbraba insoportable. Y esto último es, precisamente, lo que le ocurrió al pequeño Trevor, que vino al mundo en la ciudad de Johannesburgo en 1984.

En esa época, las relaciones interraciales estaban prohibidas y penadas —con hasta cinco años de prisión—. El padre de Noah era un expatriado suizo-alemán, blanco. Su madre, una secretaria negra sudafricana. Ambos se enamoraron y no dudaron en desafiar las opresoras y estúpidas leyes dictadas contra la población civil. Pero, como prueba de la condición de ‘criminales’ de sus padres, Noah se vio obligado a pasar los primeros años de su vida en la semiclandestinidad.

Así transcurrió una buena parte de su infancia. Noah podía pasar tiempo con su padre, siempre que estuvieran en espacios interiores. Pero debían tener mucho cuidado a la hora de dejarse ver juntos en público. De hecho, cuando los tres salían a la calle, cada uno debía caminar por su lado. Su padre acostumbraba a cruzar al otro lado de la carretera, para evitar levantar sospechas. Su madre sí que podía caminar junto al pequeño, darle la mano o incluso llevarlo en brazos. Sin embargo, si la policía hacía acto de presencia, debía soltarlo rápidamente y simular que no eran madre e hijo, para evitar problemas.

Todo esto hizo que la relación entre padre e hijo se fuese enfriando y que Noah acabase perdiendo el contacto con su progenitor —aunque lo retomaron con el tiempo y hoy día lo mantienen—. En resumen, aprendió a criarse como hijo único. Cuenta que vivió como niño pobre y que no tenía amigos, ni conocía a más niños que a sus primos. Pero esto no le convirtió en un niño solitario ni amargado. Al contrario, a Noah se le daba bastante bien eso de pasar tiempo solo. Aprovechaba el rato leyendo libros, jugando con cualquier cacharro que tuviera a mano o inventando mundos imaginarios. Y, según dice, aún hoy conserva esa capacidad y disfruta mucho de los ratos de soledad.

El libro en el que se basará la película es una historia amena y sincera —que huye del victimismo y de la autocompasión—del estado policial que fue el apartheid. Un relato sobre cómo se sobrevive a ese sistema de vigilancia y de leyes diseñado para mantener a la población negra totalmente controlada. Pero, por encima de todo eso, es un homenaje a la persona más importante en la vida del autor: su madre. Patricia Nombuyiselo Noah —una mujer profundamente religiosa y de espíritu rebelde que había crecido con estrecheces económicas y carencias materiales en una sociedad patriarcal— no quería que su hijo se viera abocado al fracaso en un futuro. Por eso, se esforzó por enseñarle a ser un chico independiente, educado, solícito y a mostrar empatía. Lo educó en el amor y el humor. Y se aseguró de que el inglés fuese la primera lengua que su hijo aprendiese porque, según decía ella, “si eres negro en Sudáfrica, hablar inglés es lo único que puede darte una ventaja frente al resto”. Y lo cierto es que dominar varias lenguas ayudó a Noah a ganar aceptación en el colegio y en las calles de Soweto, el municipio segregado en el que el gobierno había reubicado a la familia de su progenitora varias décadas antes de que él naciera.

La vida no era fácil en esos años en un país dividido entre blancos, mestizos, indios y negros —donde los primeros acaparaban todo el poder político y económico—. Más que vivir, las minorías raciales se limitaban a sobrevivir dentro de ese complicado entramado legal que no fue derogado por el Parlamento sudafricano hasta junio de 1991 —gracias a la presión internacional—.  Aunque su abuela, con la que prácticamente se crió, lo mimaba como a un niño blanco, otros niños llamaban a Noah mestizo y él nunca supo realmente a qué grupo étnico unirse en el patio del colegio. Esto hizo que el joven se sintiera un outsider a lo largo de toda su vida.

Sin embargo, ese outsider fue también un hombre de negocios emprendedor que luchaba por salir de todo aquello cuanto antes. Cuando llegó al instituto, se puso a vender cds piratas que grababa en casa y a ejercer de dj en escandalosas fiestas callejeras que organizaba junto a sus amigos en Alexandra, a las afueras de Johannesburgo. Hasta que una noche, animado por varios colegas, se atrevió a subirse al escenario de un bar, donde empezó a contar de forma improvisada historias divertidas y chistes varios. Para el momento en que bajó de allí, ya sabía que aquello era lo que quería hacer el resto de su vida.

Uno de los pasajes más estremecedores de las memorias es el que relata el momento en que Patricia intenta rehacer su vida. Cuando el padre de Noah se mudó a Ciudad del Cabo, su madre se casó con un mecánico llamado Abel. El hombre, encantador y zalamero al principio, resultó ser en realidad una joyita: un alcohólico violento y machista que dilapidaba su sueldo y pegaba a su mujer y al hijo que ambos tuvieron juntos. Viendo el panorama, Patricia no tuvo más remedio que huir. Y, aunque logró casarse de nuevo, no pudo evitar que Abel, enfermo de celos, se acercase a ella un día y le pegase un tiro en la cabeza —del que logró sobrevivir, según los médicos, milagrosamente—.

La situación se volvió tan difícil como insostenible. Por eso, tras varios años trabajando como cómico y presentador en su país natal, Noah decidió mudarse a Estados Unidos en 2011. Allí se convirtió, en 2013, en el primer comediante sudafricano en aparecer en el Late Show de David Letterman. Y en 2014 fue contratado como corresponsal en el mítico Daily Show. Para su sorpresa —y la de los espectadores del programa—, sustituyó a Jon Stewart, presentador del espacio hasta ese momento, al frente del conocido late night satírico.

Hoy día, Noah vive en Manhattan y triunfa al frente del show con sus ingeniosas crónicas humorísticas, donde le saca punta a cualquier asunto de actualidad y bromea acerca de las diferencias culturales que encuentra en su país de acogida. Feminista y azote de Donald Trump, este cómico en clave política es un gran admirador de figuras como el desaparecido Richard Pryor, Bill Cosby, Eddie Murphy o el mismísimo Nelson Mandela —el primer presidente negro de Sudáfrica y hombre clave para acabar con el régimen racista del apartheid, y acaba de anunciar que está escribiendo la segunda parte de sus memorias. Por su parte, la actriz keniana Lupita Nyong’o anunció hace unos días a través de Twitter que dará vida a la madre de Noah en la película que próximamente se rodará sobre el relato: “Cuando leí ‘Prohibido nacer’ de Trevor Noah, no podía dejar el libro. ¡Emocionada por anunciar que protagonizaré y produciré su adaptación cinematográfica!”.

Noah es guapo, exitoso y telegénico, pero sigue teniendo los pies en la tierra. Es más, a pesar de presentar uno de los programas más prestigiosos de América, dice que se sigue viendo como un outsider. A fin de cuentas, parece que racismo y Estados Unidos van aun tristemente de la mano. En una reciente entrevista, el escritor aseguraba que la policía lo ha parado en más de una ocasión desde que llegó a este país —algo que vive con naturalidad puesto que en Sudáfrica le ocurre a todo el mundo—, pero apostillaba que en su país de origen, al menos, no detienen hoy día a nadie por su color de piel. Parece pues que el pasado no siempre enseña a la humanidad a aprender de sus errores.

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