Nadie nos mira (Nobody’s Watching) (2017), de Julia Solomonoff – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

Nadie nos mira (Nobody’s Watching) se centra en un actor argentino de mediana edad que sale adelante como puede en Nueva York. Aunque este acercamiento a la inmigración está pegando fuerte últimamente, Julia Solomonoff se encarga de que la película no caiga demasiado en lo manido y tenga cierta frescura y originalidad, gracias en parte a que se permite lanzar algunos dardos hacia la sociedad estadounidense.

Ya desde la primera escena Solomonoff establece el tono cómico y mordaz de la obra –ojo spoilers–: en una zona de columpios llena de familias, un niño tiene un accidente y un hombre llama al 911 para pedir ayuda. Esto provoca que la mayoría de personas, ante la inminente aparición de la policía, tenga que irse corriendo –por su situación ilegal o inestable en el país–. La directora también demuestra cierto ingenio por la manera en que rompe las expectativas positivas respecto al protagonista, que empieza pareciendo un padre normal y resulta que está ayudando a una amiga; cuando parece que está en una fiesta, en realidad está trabajando de camarero; cuando parece que al menos tiene cierta estabilidad doméstica, resulta que está durmiendo en un sofá.

La dirección de Julia Solomonoff, así como el guion –elaborado junto a Christina Lazaridi–, son competentes, pero Nadie nos mira se sostiene en gran medida gracias al personaje y a la excelente actuación de Guillermo Pfening, que se mete en el papel con bastante tacto y naturalidad, algo de lo que se beneficia mucho la película. El reparto secundario tampoco está mal y la fotografía es acertada, aunque quizá se podría haber aprovechado más el entorno.

Uno de los aspectos más interesantes de la película es la mordacidad con la que retrata a la sociedad estadounidense o, por lo menos, a la comunidad neoyorquina. Hijos que pasan más tiempo con los/las babysitters que con los padres, ya que estos están ausentes. Personas que sólo están motivadas por el beneficio propio –como la productora que en realidad no quiere ayudarle sino acostarse con él–, o individuos que despliegan conductas hipócritas –como la madre que en teoría es espiritual y serena, ya que da clases de yoga, pero luego fomenta la competitividad en su hijo, apuntándole a un colegio especial–. En general, Solomonoff demuestra bastante sutileza para incidir en el tejido social de Estados Unidos.

La idea principal de la película orbita alrededor de la frase que le da nombre. Ese “nadie nos mira” asocia la experiencia del inmigrante a la ausencia de ojos conocidos que le puedan juzgar, lo que le permite desarrollar cualquier tipo de conducta deplorable. Es decir, como nadie conocido te ve, puedes rebajarte y hacer cualquier cosa. El ejemplo más claro de esto es cuando el protagonista, ya tocando fondo, roba en una tienda y después de que la amiga le asegure que hay cámaras, éste dice “nadie ve las cámaras, nadie está mirando”. Así, la película define la inmigración moderna como una experiencia negativamente liberadora y creo que, en general, da en el clavo.

Observaciones:

– El protagonista se rebaja a nivel laboral pero no artístico, ya que prefiere ser babysitter antes que actuar en algo que no le gusta. De alguna manera, intenta ser una persona con principios que en el fondo lo único que quiere es mantener un mínimo de fidelidad a sí misma.

– Solomonoff asocia de forma ingeniosa la inmigración con un estado temporal a través del chico asiático que está aprendiendo español y no sabe distinguir entre “ser” y “estar”. Al final queda claro que la situación del protagonista en el país es temporal, entonces “está” y no “es”.

– Es interesante la situación en la que el protagonista no da el perfil de latino para un papel porque es rubio y de piel clara. Es decir, ni siquiera entra en el estereotipo, algo que a su vez dice mucho de los estereotipos del país y del mundo cinematográfico.

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