Hombres imprudentemente poéticos

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HOMBRES IMPRUDENTEMENTE POÉTICOS

VALTER HUGO MÃE

RATA BOOKS

 

Hombres imprudentemente poéticosnos sumerge en la existencia de Itaro, un artesano japonés de un tiempo remoto. Su vida y la de los otros, el paisaje y sus recuerdos, las flores y el agua, la mirada, la bondad; todo nos desvela, párrafo a párrafo, algo esencial.

Itaro, un día, le contó: cuando naciste eras muy pequeña. Una cosita enroscada que se ponía en los brazos a la espera de que le saliesen las alas. Y ella preguntó: de qué color. Y él respondió: del color de las personas pero mudando en mariposa. La ciega dijo: eres un hombre generoso que miente. He preguntado de qué color serían las alas. Ya sé que soy como las personas. Soy igual que las personas. E Itaro respondió: eres parte de las personas diferentes. Quedaban quietos escuchándose. En secreto, Itaro era el segundo padre de Matsu. Le había dado la vida por un resto de candidez.

Itaro, el artesano

Cuando Itaro cazó el abejorro y lo golpeó hasta que su cuerpo mínimo fue tan solo una mancha en la madera del suelo, quería matar algo más que un abejorro. Itaro quería matar una idea.

Se demoraba, después, observando el color tenue del insecto deshecho, ponderando las artes adivinatorias para imaginar un futuro cualquiera. El artesano examinaba los colores inmiscuidos en las arrugas de la madera y se mantenía afligido. Se negaba a hablar. Esperaba. Aunque nada se moviese, aguardaba aún la visión completa de aquello que quería saber, como si el insecto muerto fuese un mensaje abierto que le sería dado leer en la limpidez del aire.

La criada Kame se unía a la joven Matsu para impedirse molestarlo. El artesano hacía tiempo que estaba empeorando, hecho una furia constante, anunciando agravamientos y apresurando el trabajo. Dormía menos, comía atragantándose, olvidaba palabras, abría heridas.

De pronto, el hombre se inclinó derramando la cabeza sobre el suelo y lloró. Las dos mujeres se abrazaron. Lo que él acabara de saber sería algo que los entristecería a todos. La criada Kame ya estaba desengañada. Coincidiendo con las extrañas visiones de Itaro, a ella se le enfriaban los codos. Dos pedazos de hielo se le metían en los huesos avisando del susto. Se quedaba onomatopéyica. Dolida. La ciega Matsu preguntaba: qué. La otra quería sosegarla, acariciándole desconcertadamente los cabellos.

El artesano hacía mucho que descubría noticias del futuro usando absurdamente el exacto instante de la muerte de los bichos. Había sido un pez que había pescado junto a su padre, niño aún, el que por primera vez se expuso ante sus ojos estupefactos. Pasada la tarde en quehaceres y andanzas, cuando llegaron a casa el pez aún resollaba su lenta agonía. Y el muchacho pidió permiso para prepararlo, había visto muchas veces el golpe inicial, el ritual educado de su madre y la criada, mediante el cual bien sabría transformar su pesca en el grato alimento de su familia. Se sirvió del cuchillo y así lo hizo. Se fijó en la quietud del animal, después del corte, tendido como una muerte generosa, una muerte comestible. Pensó. Y al pensar así se le turbaron los ojos, como pensó inicialmente que había ocurrido por la claridad. Pestañeó, se apartó de la luz, volvió a encarar el pez abierto y volvió a pensar: una muerte comestible. En la parte inexplicable de la conciencia le fue dejada la noticia de que iba a tener una hermana. Sin ver, pensaba así. Sin ver. Más tarde comprendería que el pez le había especificado que Matsu nacería ciega.

Esa primera vez la señora Kame ya se había manifestado. Sin saber lo que le ocurría, había explicado que era un frío que se le distribuía por los huesos. En mis huesos se hace la noche invernal. Decía y se restregaba los codos posibilitando el calor. Mientras Itaro se desmayaba dentro de sí mismo, sus padres admitían que la criada había sido recorrida por un espíritu suelto. Se callaban por respeto a la hipótesis de que alguna decisión divina los auscultase. Quemaban incienso para prestigiar a sus antepasados y el ánimo del mundo, simbolizaban con austera dignidad sus ofrendas en el pequeño altar, aliviaban palabras y sonreían como gracia. El Japón era un orden generoso. Lo respetaban. La señora Kame también se dividía entre ponerse enferma de los huesos o ser visitada por el soplo de la inteligencia universal. Por ese motivo, intentaba explicar lo que sentía sin que pareciera que se quejaba. Era como definir un dolor por gratitud. Presentía que debía agradecer y acariciar aquel peculiar miedo. El miedo era también una presciencia.

Pero a veces la muerte de los bichos se exponía al artesano de una forma distinta al anuncio del futuro. A veces eran tan solo cuerpos debilitados por el movimiento de la vida. Cosas acabadas por sorpresa pero destituidas de contenido, sin más utilidad que el hambre de los otros o el estiércol de la tierra.

En crisis, Itaro tenía que abrir bichos como quien va por un camino haciendo preguntas a quienes pasan. Mataba para preguntar. Ya su padre le había alertado acerca de la incuria de sucumbir a la curiosidad en lugar de obedecer tan solo al hambre. Le decía que ellos mismos, una vez muertos, se transformarían en revelaciones profundas, absolutas a sus propios espíritus, y que tal vez su euforia por la lectura de la muerte acabase por llevarlo al suicidio. Itaro respondía que poseía la bendición de la sensatez y siempre se disculpaba. Pido perdón, padre. Pero su padre sostenía un enfado en los ojos para regular la moral deslumbrada del hijo.

Aquel primer día, Itaro preguntó: es verdad que voy a tener una hermana. El hombre respondió: haremos súplicas para que sea un niño. Así le confirmó la alegría de que esperaban un segundo hijo. Itaro se alegró también.

Sopesaría siempre, de todos modos, lo que anunciaría su cuerpo muerto. Si tuviera que matarse, qué adivinación guardaría su cuerpo al asombro del espíritu impelido a la libertad. Se preguntaba.

Levantó la cabeza, se limpió las lágrimas y pidió que volviesen a la normalidad. La criada dudó de si preguntarle qué le había sido revelado, tan solo dijo: señor. Y el artesano confirmó que estaba a punto de llegar el viejo sabio. Pero era poca cosa como visión. La pequeña comunidad había sido avisada con formalidades importantes de que la casa nueva, justo allí al lado, sería ocupada por un gran hombre, un anciano que sería como oro humano para el centro de las flaquezas morales de aquellas pobres gentes. La criada Kame respondió: gracias. Y sabía, por la noche invernal de sus huesos, que la muerte del abejorro le había contado a su patrón algo mucho más terrible que la presencia ya prometida de un hombre perfecto entre los débiles aldeanos.

Barrió de la madera el polvo que había quedado del abejorro. La señora Kame, solemne, escondía aquel gesto de Itaro para que ni un resto de las pruebas se prolongase en la muerte. La escoba era parte de su cuerpo. Inquieta, pasaría el tiempo barriendo en torno a la casa, que era como pretender ordenar el granulado infinito de la propia tierra. Se calmaba con el cansancio físico. El miedo era una energía de la que necesitaba desprenderse. La criada, sin visiones, medía tan solo el tamaño de la mala suerte. Sabía que estaba por venir una mala suerte enorme. Quizás la mayor de todas. La peor. Rodeaba la casa repetidamente y hacía cuentas. La desesperación de Itaro era siempre mayor cuando el destino de su hermana peligraba. La pequeña y desprotegida Matsu, pensaba la criada Kame, era una criatura de pura belleza abandonada en la oscuridad. Pasaba los días gritando: musumé, donde estás. Y la joven ciega respondía: en tu corazón. La criada insistía: y dónde más. Y la joven ciega respondía: aquí, junto a la roca. Que era lo mismo que decir que estaba diciendo sus plegarias. Estaba siempre rezando, pues era lo más valiente que tenía que hacer. La criada, como Itaro, sabía que Matsu explicaba a los dioses la vida con la más tierna honestidad. De cualquier modo, la joven ciega honraba a su familia y toda la piedad que merecían había de ser sobre todo gracias a ella.

Arrodillada ante el humilde altar, la ciega se pasaba entre los dedos los granos de sal. Acariciaba la sal. Los demás pensaban que mesuraba la sequedad y su adecuación a la misión de la ofrenda, pero la joven imaginaba sobre todo que sosegaba el cuerpo del mundo.

Valter Hugo Mãe  (Angola, 1971) Ganador del Premio Saramago en 200, es uno de los autores más destacados de la literatura portuguesa actual. Su obra ha sido traducida en más de 30 países, gozando de gran acogida en Brasil, Alemania, Francia o Croacia. Autor de siete novelas: Hombres imprudentemente poéticos, A desumanização, O filho de mil homens, A máquina de fazer espanhóis(ganador del Premio Portugal Telecom a mejor libro del año y el Premio Portugal a mejor novela del año), A apocalipse dos trabalhadores, O remorso de baltazar serapião (Premio Literario José
Saramago) y O nosso reino.ää

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