‘Tiempo de Hiroshima’, de Suso Mourelo

Tiempo de Hiroshima

Suso Mourelo

La línea del horizonte

Madrid, 2018

135 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Todavía emocionados por la belleza de En el barco de Ise, se publica este libro sobre la estancia del autor en Hiroshima, una ciudad que atrae solo por el efecto de llamada del terror. Sin embargo, Suso Mourelo (Madrid, 1964) recupera el lirismo del viajero amablemente emocionado para hablar del fuerte sol, de los niños y los estudiantes, de las jóvenes parejas, de las breves compañías y de los incendios de la poesía que le despiertan dos elementos: el agua y la luz.

Se trata de aquellos que más se pudieron contaminar ese 6 de agosto en que el Enola Gay soltó de la barriga el mayor acto terrorista de la historia, pero Mourelo es demasiado delicado como para referirse a ello. El agua y la luz son pureza y así es como él las ve y lo refleja. Hablamos de poesía, pero de la poesía del hombre sencillo, aquel que apenas se vale de recursos literarios para impactar, porque las metáforas en sus manos nos impresionan, pero lo hacen de manera agradable. Son un sedante. Mourelo escribe con la memoria sobre sus días en una ciudad en la que permaneció el tiempo suficiente como para considerar que aquello fue una estancia, no un lugar de paso. No especifica los días que permaneció allí, pero no importa. El tiempo no se mide por los relojes. En este caso, se mide por la memoria, que es el atajo para regresar al viaje.

Y allí nos esperan los vendedores callejeros de hoy de hace setenta años, porque como él indica, camina sobre huellas de personajes. Suso Mourelo es uno de esos autores que no sabrían morir, al menos tomando la expresión en sentido metafórico, y de ahí que no dé por cerrado jamás una experiencia. Transforma el dicho de Heráclito sobre los ríos y dicta que las ciudades cambian, y que una ciudad que cambia transforma al viajero. Es decir, se puede bañar en el mismo río, pero la experiencia no será diferente con lástima, sino con suerte.

“Uno de mis ritos: apagar la luz cuando desde el tatami se ve el jardín o la naturaleza”. Las sensaciones se imponen sobre el tiempo, lo anulan. Medita sin hacer intención de practicar ninguna suerte de ejercicio espiritual. Habla de la esperanza, cuando la esperanza puede ser traidora, pero entiende que solo debemos referirnos a ella si sentirla es agradecimiento, no confiando en que se tuerza la vida que nos acribilla. Suso Mourelo es un viajero y un escritor con la piel fina, alguien capaz de ver las palabras, como Jan Morris en Trieste o Joseph Brodsky en Marca de agua. “Basta un día para romper la gramática de lo pensado”, afirma al principio del libro. Un día o toda la vida, incluso todas las vidas de quienes vendrán más tarde. En el viaje un segundo se iguala a un siglo. “Quien muda de tierra se pregunta cuándo comienza a vivir en ese lugar nuevo; más bien, cuándo deja de vivir en el que vivía”. Un pestañeo, el tiempo que tarda en pasar frente a uno dos enamorados, todos los días que preceden a la muerte. No importa si de esa duda nacen estos libros que son pura poesía.

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