Ana Gorría y Marta Azparren llegan con ‘La nostalgia de la acción’, la intertexualidad hecha poesía

ÁNGELA S. ARAGÓN.

Y del cielo brotó una mano, y de esa mano una flor y de la flor una voz y con esa voz un trazo y mano, flor, voz y trazo alargan los límites del lenguaje más allá del libro,  del tiempo, de la imagen, del movimiento… Esto es lo que consiguen Ana Gorría y Marta Azparren en Nostalgia de la acción. Un libro que surge como un diálogo con la obra de la cineasta vanguardista Maya Deren, cuyas piezas, producidas en los 40, constituyen en una reflexión sobre el lenguaje audiovisual como arte y como herramienta transformadora de la realidad y su percepción. Así, encontramos que tanto poeta como la dibujante conversan con los fotogramas de Deren de manera independiente.

Por su parte, Ana Gorría reflexiona con un verso tenso sobre el tiempo y el espacio, sobre sí misma en constante  fuga y persecución al mismo tiempo “Quién / me persigue si me observo huir”. No obstante, también se reconoce estática “en ocasiones solo soy paisaje”, elemento natural para ser visto, observado, por el resto. Instante quieto, pero significativo: “el sacrificio implacable de la inocencia”.

La poeta catalana, como Deren en la pantalla, rompe con la linealidad epacio-temporal del verso “La gente digo no / mujeres y hombres bailan en el salón / la gente digo no”. Tanto es así que su escritura parece alimentarse de la fuerza creativa de la cineasta. Si Deren destaca en sus cintas cómo esa fuerza puede traspasar la frontera del canal, la pantalla en su caso, para hacerse realidad en el mundo físico; Gorría logra lo mismo a través con su lenguaje.

Para ello, introduce la investigación sobre los antónimos, sobre los contrarios, a través de los haikus que estructuran el texto con eficacia. De hecho, algunos están formulados como dípticos dispuestos frente a frente, página a página, para interpelarse los unos a los a los otros, con la mirada siempre puesta en un fotograma dereniano al que trasciende. Pero siguiendo con la ruptura de los límites, también sirven los haikus para quebrar el ritmo. Si el resto de los poemas son un crepitar de versos, la composición nipona nos aplaca, con esa lentitud que favorece la sensación intensa.

De este modo, introduce la música y la contradanza. Y no solo porque algunos poemas hagan referencia al estudio de Deren sobre la danza del cuerpo y de la cámara, sino porque toma ese testigo para insuflar una musicalidad exquisita que nos lleva, incluso, a mover el cuerpo mientras leemos.

Logra encontrar un camino para alargar y ensanchar el horizonte.  Encuentre en la palabra la llave perfecta para abrir grietas a través de las cuales, por supuesto, crear otros universos infinitamente conectados con otras voces, otros cuerpos, otros lenguajes.

Nostalgia de la acción es pues una poesía metapoética. Vemos claramente la pasión de Gorría por la técnica y su fe en el poder del acto poético. Tal vez a esto se deba esa nostalgia de la que habla el título. Tiene sentido esa añoranza del estudio de la forma y de cómo influye esta en la percepción y en la creación de significado, porque cuando nos damos cuenta la influencia de una sobre la otra, ¿no parece absurda la idea fija?

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