El escritor y su curiosidad (5)

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La fama a través del anonimato

Viviendo como vivimos en una sociedad en la que ser famoso –da igual la condición- se convierte en ideal de vida, sorprende que haya personas que ocultan su identidad, precisamente en el momento en que pueden alcanzar esa notoriedad tan perseguida por la vanidad humana. Me refiero al número de escritores que publican y han publicado bajo un seudónimo o con su nombre real, pero que desaparecen para el público y nadie sabe nada de ellos. Pocos habrá tan conocidos como Salinger, el autor de El guardián entre el centeno, un hombre tímido y solitario, poco amigo de la fama, que negó entrevistas y fotografías y vivió recluido en Cornish, New Hampshire, hasta su muerte en 2010. Algunos aducen pudor, libertad de creación, olvido de responsabilidades; otros, en cambio, opinan que el anonimato es una magnífica forma de promoción publicitaria. Escritores que han publicado bajo otro nombre hay y ha habido siempre. Baste recordar a Azorin, Collodi, Orwell, Moliere, Mark Twain… o en la actualidad, Benjamín Black.

Menos conocidos para el gran público tenemos a algunos escritores norteamenricanos, como Thomas Pynchon, que se han convertido en leyenda. ¿Quién es? El misterio empezó en 1963 cuando publicó V. Su nombre es real, pero nada se sabe de él, que ha guardado su vida personal bajo siete llaves y ha huido de la fama con la misma pasión que otros la persiguen. Está considerado un gran escritor y cada año suele aparecer entre los favoritos para el Nobel.

Otro ejemplo es el misterioso Tinasky. Se cuenta que tuvo una infancia dura, que murieron sus familiares cuando era muy joven y que leía mucho. Se le ha llegado a relacionar con el atentado a Reagan por el maletín que entregó a sus editores con su última novela. La primera que escribió,, La ofensa, fue rechazada por ocho editoriales. Lleva treinta años desaparecido y la ausencia de fotos hace que el misterio que le rodea aumente. ¿Existe Tinasky o es el trasunto de otro escritor?

Otro caso llamativo fue el de B. Traven, el enigmático escritor y autor de El tesoro de Sierra Madre que Houston llevó al cine. El director se sentía fascinado por el halo que brillaba alrededor de Traven y le propuso colaborar en el guión, pero lo rechazó. A medias, porque en su lugar envió a su amigo Hal Croves como asesor técnico. ¿Traven era en realidad Croves? Se cree que sí por el conocimiento tan profundo que tenía de la correspondencia con Houston

Hoy en día tenemos otro caso llamativo. ¿Quién es Elena Ferrante? Ha logrado ser una sensación literaria sin participar en la promoción de sus libros, sin entrevistas ni apariciones en televisión. La única confrontación posible a la escritura es la lectura”, ha dicho para defender su anonimato. ¿Napolitana? ¿Vive en Turín? Seudónimo, ¿de quién? Lo importante, en realidad, son sus obras, la forma de escribir sus historias con ese estilo poco pulido del que presume.

A veces, sin embargo, el anonimato o el seudónimo es un escudo tras el que parapetarse para comprobar la veracidad de las críticas, huir de la presión de su obra anterior y ver la influencia de los medios en el público. Tal es el caso de J.K.Rowling, la autora de Harry Potter con El canto del cuco el año 2013. Tuvo buenas críticas, pero apenas si había vendido 1500 copias cuando un periódico desveló el nombre de la autora y las ventas se dispararon.

Otra escritora que ocultó su identidad para publicar dos novelas fue Doris Lessing, premio Nobel de literatura en 2007. Nada tenía que demostrar de su capacidad narrativa, pero se vio sorprendida cuando el editor, su propio editor, las rechazó. Cuando, al fin, consiguió publicarlos, fueron completamente ignorados por la prensa.

Mas no todas las historias terminan de forma negativa. Tal es el caso de Mario de los Santos, conocido escritor aragonés. Envió bajo seudónimo el manuscrito de Noche que te vas, dame la mano y ya está en las librerías. Me cuenta que le “apetecía jugar con esa guerra en la que muchas personas que escriben afirman que sólo se publica por amiguismo, y muchas editoriales se defienden diciendo que apenas se escribe bien. El axioma del juego era que una novela que se sostiene un poco en las manos, encuentra una respuesta, aunque esa respuesta no tenga que ser la publicación exclusivamente” Tenía, por supuesto, una confianza absoluta en la novela y contaba “con su parte de lector y con una necesaria capacidad de autocrítica” Y no sintió ningún vértigo por ese lanzamiento al vacío, pues la obra ya había cumplido su papel para el escritor. Si además, lo cumplía –como así ha sido- para editores y lectores, miel sobre hojuelas.

Antonio Tejedor García

 

 

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