“Ding Dong”: un vodevil del XIX adaptado al frenético tiempo actual

Por Horacio Otheguy Riveira

Le dindon, que con gran éxito estrenó su autor, Georges Feydeau, en 1896, es ahora en Madrid un vibrante Ding Dong al aire libre entre tapas y cañas, según Gabriel Olivares y su notable equipo de intérpretes, ya fogueados en otras versiones de la misma Compañía.

No es exactamente una adaptación a la actualidad, la apariencia de sus trajes y el circuito circense de la puesta en escena nos arrastra al juego que hizo célebre en el París de finales del XIX a un francés heredero de Moliere y Labiche, maestros en la farsa de la aristocracia y de la burguesía que consiguieron que aristócratas y burgueses se rieran de sus propias parodias… como si sólo les sucediera a gente conocida, nunca a ellos… ¿o también, y siempre tuvieron un gran sentido del humor? Lo cierto es que con la llegada de Feydeau, la cosa se recompone, es más realista, utilizando un humor muy llano con otro más refinado, sumando elementos del absurdo que a nadie chocaban, pues “nunca hay nada más absurdo que el deseo compulsivo que torna adolescentes a cualquier edad”.

Georges Feydeau (1862-1921) demostró un talento enorme para la dinámica teatral del llamado vodevil (“vaudeville”, comedia del pueblo) haciendo hincapié en desdibujar los principios burgueses en toda su hipocresía, con la benevolencia de un padre que comprende a sus hijos descarriados. Sobre todo trajo a primer plano la imperiosa necesidad de perseguir los placeres carnales desbocados en una sociedad muy estirada, a la que le gustaba mucho el lema “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Y el teatro lo festejaba, el público reía viendo a personajes masculinos y femeninos que por afán de amar sin cortapisas en infidelidades “deliciosas” se veían atrapados en toda clase de desventuras. Objetivo: tratar de cubrir la travesura y que no lo sepa mi cónyuge, de allí los enredos que se fueron popularizando mundialmente en sátiras también llevadas al cine, después de que otros autores a lo largo del siglo XX incluyeran en el loco devenir conflictos gays (1), algo que aquí se introduce, pero no como conflicto sino como otra variante de felicidad inesperada, surgida de deseos repentinamente libres en el fragor de noches muy ardientes: “¡Ay, lo que nos obligan a hacer nuestros maridos!, ¡Ay, lo que nos obligan a hacer nuestras esposas!

José Félix Romero, un botones con una vida muy agitada, al borde del ataque de nervios.

De izquierda a derecha: Eduard Alejandre, Abraham Arenas, Sonia Sobrino, Ariana Bruguera y José Félix Romero.

 

Si Feydeau necesita ritmo, buena dosis de locura y gran sentido del humor por parte de sus intérpretes este Ding Dong lo tiene de sobra: sus ropas juegan con el pasado, pero la juventud de su reparto asume el toque actual que vigoriza las enrevesadas situaciones. Todos encadenan acciones físicas de relieve, brincan, saltan, se deslizan por toboganes, corren de pronto entre los espectadores y se dejan ir entre aspiraciones de seductores más o menos frustrados que sin embargo logran al menos tocar el deseado cuerpo por el que su mundo de apariencias puede ir al garete en un pispás… o no, porque en el fondo forman parte de un acelerado tiovivo del que nadie quiere apearse.

El Teatro Lab (Espacio abierto de creación teatral) tiene en su haber al menos dos espectáculos sobresalientes esencialmente elaborados a través del teatro gestual emparejado con la palabra de una manera coreográfica: cada movimiento brota del interior de sus intérpretes y parece salir a dar caza a diálogos nacidos para ser vividos: Our Town, de Thornton Wilder y Gross Indecency, de Moisés Kauffman, dramatización del juicio a Oscar Wilde.

El estilo de la casa es un ejercicio coral que aquí da mucho de sí, aunque su escenografía fija limita el gran show de correrías de la segunda parte, generalmente representado con escenario giratorio, donde los personajes a medio vestir —o con trajes de época que ansían quitarse— entran y salen de habitaciones de un hotel. No obstante, la versatilidad de todos los integrantes y la dirección orquestal de Gabriel Olivares permiten que el público distendido en noches de verano conecte con esta locura de vivir a cualquier precio tan cara al formidable escritor; un hombre desdichado que falleció a los 59 años, tras padecer una tortuosa sífilis durante los tres últimos. Gran fabulador de pícaros enredos, ganó una fortuna que despilfarró viviendo muy por encima de sus posibilidades, entre juegos de azar y mujeres que no le importaban demasiado , enamorado ferviente de quien fuera su esposa y le abandonó tras un ruinoso matrimonio.

Ding Dong: los sonidos que brotan de campanillas puestas para saber si sobre una gran cama, Ding lo provoca el cuerpo del marido o Dong el de la mujer en el lecho de la suite donde la infidelidad habrá de consumarse. Sonidos reveladores para cornudos en ascuas dentro de un tinglado donde todo lo que se quiere es zambullirse en el placer sexual como si fuese la primera vez… en un mar de risas.

Javier Martín encabeza con eficaces recursos, junto a un reparto entregado a la recreación de un mundo lejano… que está aquí y ahora con su alocada manera de dejarse llevar por las pasiones, en lo posible, las más bajas. [De izquierda a derecha: Silvia Acosta (ya no está), Alex Cueva, Javier Martín, Ariadna Bruguera, Alba Loureiro].

Enredadores, mentirosos, esposas burlonas, viejos amigos, mujeriegos incorregibles,
maridos engañados… Los personajes y situaciones clásicas de la comedia de enredo,
son revisitados desde la perspectiva teatral del Teatro Lab Madrid dirigido por Gabriel
Olivares: un espacio abierto de creación teatral, entrenamiento e investigación escénica
con una concepción del teatro como arte colectivo. Su Ding Dong ofrece un texto
rejuvenecido y puesto al día como homenaje a la cultura francesa: de las “escenas
galantes” de Fragonard al encanto de las terrazas parisinas de Renoir, del vodevil a la
pantomima, del cine musical de Maurice Chevalier o Jacques Demy (Los paraguas de
Cherburgo, Las señoritas de Rochefort) a las imágenes icónicas del país vecino, en una
propuesta escénica festiva, gozosa.
Ding Dong es como abrir una botella de buen champán francés para celebrar un día de
fiesta. (Gabriel Olivares)

 

 

La Compañía con su director, Gabriel Olivares.

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(1) Tambien en CULTURAMAS:

Gais en el teatro francés.

Una boda feliz de gais que no son gais

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LUCIENNE / CLARA  Alba Loureiro
VATELIN Javier Martín
SRA. PONTAGNAC / SRA. PINCHARD Sonia Sobrino / Mar Mandli
PONTAGNAC Luis Visuara 
REDILLON Alejandro Cueva / Abraham Arenas
BOTONES Andrés Acevedo / José Félix Romero
ARMANDINE / MAGGY Ariana Bruguera / Teresa Alonso
GEROME / VARIOS Eduard Alejandre / Juan Ortega

Dirección: Gabriel Olivares
Versión: Gabriel Olivares, Andrés Acevedo y Alejandro Cueva
Músicas: Tuti Fernández
Diseño de Luces: Carlos Alzueta
Escenografía: Marta Guedán
Vestuario: Juan Ortega
Diseño de Audiovisuales: Nacho Peña

Terraza del Teatro Galileo. Del 2 de julio al 1 de septiembre 2018. De lunes a sábado, 21,30 horas.

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