“Cuento”, de Arthur Rimbaud
«Un príncipe estaba molesto por haberse dedicado únicamente a la perfección de generosidades vulgares. Preveía asombrosas revoluciones del amor y sospechaba que sus mujeres podían dar algo más que esa complacencia adornada de cielo y de lujo. Él quería ver la verdad, la hora del deseo y de la satisfacción esenciales. Fuese o no una aberración de la piedad, lo quiso. Al menos poseía un poder humano bastante amplio. Todas las mujeres que lo conocieron fueron asesinadas. ¡Qué exilio del jardín de la belleza! Bajo...
‘Memnón o la sabiduría humana’, de Voltaire
«Cuando contemple a una mujer hermosa me diré a mí mismo: “Llegará un día en que esa cara se llene de arrugas, esos bellos ojos perderán su brillo, ese busto firme y turgente se volverá fofo y caído, esa abundancia de pelo se trocará en calvicie”. Me bastará figurarme entonces cómo será esa linda cabeza para que no me haga perder la mía. Lo segundo, siempre seré sobrio por más que me tiente la gula, los vinos exquisitos y el placer de las fiestas. Tendré muy en cuenta las consecuencias de los excesos...
‘Claro de luna’, de Guy de Maupassant
«El padre Marignan llevaba con gallardía su nombre de guerra. Era un hombre alto, seco, fanático, de alma exaltada, pero recta. Decididamente creyente, jamás tenía una duda. Imaginaba con sinceridad conocer perfectamente a Dios, penetrar en sus designios, voluntades e intenciones. A veces, cuando a grandes pasos recorría el jardín del presbiterio, se le planteaba a su espíritu una interrogación: “¿Con qué fin creó Dios aquello?” Y ahincadamente buscaba una respuesta, poniéndose su pensamiento en el lugar...
‘El gato que caminaba solo’, de Rudyard Kipling
«Sucedieron estos hechos que voy a contarte, oh, querido mío, cuando los animales domésticos eran salvajes. El Perro era salvaje, como lo eran también el Caballo, la Vaca, la Oveja y el Cerdo, tan salvajes como pueda imaginarse, y vagaban por la húmeda y salvaje espesura en compañía de sus salvajes parientes; pero el más salvaje de todos los animales salvajes era el Gato. El Gato caminaba solo y no le importaba estar aquí o allá.También el Hombre era salvaje, claro está. Era terriblemente salvaje. No comenzó a domesticarse...
‘El vendedor de pararrayos’, de Herman Melville
«Que trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura. ¡Atención! Hay alguien a la puerta. ¿Quién...
‘Un millar de muertes’, de Jack London
«Había estado en el agua aproximadamente una hora, y el frío y el cansancio, aunados al terrible calambre en el muslo derecho, me hacían pensar que había llegado mi fin. Luchando vanamente contra la poderosa marea descendente, había contemplado la enloquecedora procesión de las luces costeras, pero ya había dejado de luchar con la corriente y me contentaba con los amargos recuerdos de mi vida malgastada, ahora cercana a su fin. Había tenido la suerte de descender de un buen linaje inglés, pero de padres cuya fortuna...
‘Después de las carreras’, Manuel Gutiérrez Nájera
«Cuando Berta puso en el mármol de la mesa sus horquillas de plata y sus pendientes de rubíes, el reloj de bronce, superado por la imagen de Galatea dormida entre las rosas, dio con su agudo timbre doce campanadas. Berta dejó que sus trenzas de rubio veneciano le besaran, temblando, la cintura, y apagó con su aliento la bujía, para no verse desvestida en el espejo. Después, pisando con sus pies desnudos los nomeolvides de la alfombra, se dirigió al angosto lecho de madera color de rosa, y, tras una brevísima oración,...
‘Historia de fantasmas’, de E.T.A.Hoffmann
«Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un extremo a otro. Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: “¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!” Cipriano se sentó y empezó así: —Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del Coronel de P… El Coronel era un hombre alegre y jovial,...
‘El sátiro sordo’, de Rubén Darío
«Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los dioses le habían dicho: “Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón, persigue ninfas y suena tu flauta”. El sátiro se divertía. Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de sus dominios y fue osado a subir al sacro monte y sorprender al dios crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde en las espesuras de la selva llena de pájaros se derramaban los trinos y emergían los arrullos....





















