Gran reparto en una nueva versión de «Esperando a Godot», de Samuel Beckett

Por Horacio Otheguy Riveira

Absurdo y realismo en el ascenso y declive de dos solitarios vagabundos que se concentran en un único lugar «con árbol» para esperar a un posible salvador que se resiste a socorrerles. Comedia y tragedia de hombres desprovistos de etiquetas sociales, indigentes absolutos. Teatro existencialista que se dio en llamar del absurdo porque en los años 50 en que nació abrumaba un teatro que aspiraba a fotografiar determinadas «realidades». Eran los difíciles tiempos de la segunda posguerra mundial. Hoy más próxima a nuestra disparatada vida cotidiana, Esperando a Godot es una experiencia teatral donde muchos «ismos» se dan cita en un acontecimiento siempre imprescindible, que en esta ocasión cuenta con un elenco de gran calidad, reunido por vez primera.

Los cuatro actores principales —y el quinto con dos breves apariciones— son tan buenos, funcionan tan bien en el innovador espacio escénico creado para la ocasión, que el espectáculo sorprende y fascina, divierte y aterra con fuerza propia, a pesar de las arbitrarias libertades que se ha tomado el director Antonio Simón, por otra parte con larga trayectoria muy interesante (como por ejemplo, Filoctetes y Yo, Feuerbach).

Aparentemente iluminado por ideas propias, el responsable de la puesta en escena cambia los finales del primer acto y el definitivo: situaciones clave de la obra que, como otras del dramaturgo, abundan en la importancia trascendental de un inmovilismo esencial, que el director cambia por un moverse para nada, un ir para volver, forjando las bases de otra obra, tal vez un Godot que él escribirá en algún momento. Irritan este y otros cambios del original, a cambio de una especie de coreografía estéticamente atractiva, ajena ideológicamente al objetivo del autor.

Sobre este hecho, ciertamente incomprensible, es necesario añadir que, en conjunto, el trabajo merece la pena por muchos motivos. Espectadores nuevos o incluso fogueados en el texto —y sus muchos estudios y representaciones— pueden acercarse con seguridad a este montaje en el que los aciertos dejan muy atrás los fallos de dirección.

La escenografía resulta fundamental, pues surge como una profunda indagación sobre la pieza, enriqueciéndolo con elementos que ésta no pide pero laten en su interior. Una idea admirable de Paco Azorín, pues mientras el autor solo señala que se ve un «Camino en un descampado, con árbol», hay ahora un cruce de vías muertas con un semáforo que funciona para nada y un círculo de luz fluorescente… Presenta un ámbito nunca visto antes, que sale del original para volver a él aportando riqueza poética y plástica. De hecho, en esas vías no pasan trenes pero suceden muchas escenas importantes que aportan mensajes nuevos a la dinámica de un texto que, como buen clásico, no se termina nunca de descubrir del todo.

En esta muy peculiar visión de la vida como un sueño trágico, Vladimir comprende de pronto que cuanto les entretiene para matar el tiempo no es suficiente para omitir profundas preguntas, como por ejemplo esta:

¿Habré estado durmiendo mientras los otros sufrían? ¿Estaré durmiendo en este momento? ¿Qué diré mañana, cuando crea despertar, de este día? ¿Que he esperado a Godot en este lugar, con mi amigo Estragón, hasta la caída de la noche? ¿Que ha pasado Pozzo, con su porteador, y que nos ha hablado? Sin duda. Pero, en todo esto, ¿qué habrá de cierto?

En el vacío en que a los dos amigos nunca les pasa nada trascendente, a uno de ellos le huelen los pies que tanto le duelen al caminar, a otro le huele el aliento, y ha de orinar constantemente. La decadencia es, además, propia de ambos que se llaman Vladimir y Estragón, pero tambión, como buenos clowns, Didí y Gogó, dos tipos corrientes, a ratos patéticos, cuando no típicos desgraciados capaces de maltratar a otro más desgraciado que ellos.

Por el camino pasa un bárbaro amo con hombrecillo atado a una cuerda. En el segundo acto estos dos no serán los mismos. También estarán en una situación mucho peor. Y el enigmático Godot sigue sin venir, aunque un alegre y muy respetuoso joven lo anuncie… para mañana.

[…] (El Muchacho no se mueve.)
EST. – (Con energía.) ¡Ven aquí, te digo!
(El Muchacho avanza temerosamente, se detiene.)
VL. – ¿Qué pasa?
MU. – El señor Godot. (Se calla.)
VL. – Naturalmente. (Pausa.) Acércate.
(El muchacho no se mueve.)
EST. -(Con energía.) ¡Te dicen que te acerques!

(El Muchacho avanza temerosamente, se detiene.) ¿Por qué vienes tan tarde?

VL. – ¿Tienes un mensaje del señor Godot?
MU. – Sí, señor.
VL. – Pues venga, dilo.
EST. – ¿Por qué vienes tan tarde?

(El Muchacho los mira uno tras otro, sin saber a cuál de los dos contestar.)

VL. – ( A Estragón.) Déjale tranquilo.
EST. – (A Vladimiro.) ¡A mí déjame en paz! (Dirigiéndose hacia el Muchacho.) ¿Sabes qué hora es?
MU. – (Retrocediendo.) Yo no tengo la culpa, señor.
EST. – La tendré yo, entonces.
MU. – Tenía miedo, señor.
EST. – ¿Miedo de quién? ¿De nosotros? (Pausa) ¡Contesta!
VL. – Ya sé de qué se trata; los otros eran los que le daban miedo.
EST. – ¿Cuánto tiempo hace que estás ahí?
MU. – Hace un momento, señor.
VL. – ¿Te daba miedo el látigo?
MU. – Sí, señor.
VL. – ¿Los gritos?
MU. – Sí, señor.
VL. – ¿Los dos señores?
MU. – Sí, señor.
VL. – ¿Los conoces?
MU. – No, señor.
EST. – Todo esto es una mentira! (Coge al Muchacho por el brazo, le zarandea.) ¡Dínos la verdad!
MU. – (Temblando.) ¡Pero si es la verdad, señor!
VL. – ¡Déjale en paz de una vez! ¿Qué te pasa?
(Estragón suelta al Muchacho, retrocede, se lleva las manos a la cara. Vladimiro y el Muchacho le miran. Estragón descubre su cara, descompuesta) ¿Qué te pasa?
EST. – Soy desgraciado.
VL. – ¡Fuera bromas! ¿Desde cuándo?
EST. – Lo había olvidado.
VL. – La memoria nos hace estas jugarretas.
(Estragón quiere hablar y renuncia, va cojeando a sentarse y comienza a descalzarse. Al Muchacho) Bueno…
MU. – El señor Godot…
VL. – (Interrumpiéndole.) Ya te he visto otra vez, ¿no?
MU. – No sé, señor.
VL. – ¿No me conoces?
MU. – No, señor.
VL. – ¿No viniste ayer?
MU. – No, señor.
VL. – ¿Es la primera vez que vienes?
MU. – Sí, señor. (Silencio).
VL. – ¡Qué bien te sabes el papel! (Pausa) Bueno, sigue.

MU. – (De un tirón.) El señor Godot me ha dicho que les diga que no vendrá esta noche, sino que  seguramente mañana.
VL. – ¡Eso es todo?
MU. – Sí, señor.
VL. – ¿Trabajas para el señor Godot?
MU. – Sí, señor.
VL. – ¿Qué haces?
MU. – Cuido de las cabras, señor.
VL. – ¿Es amable contigo?
MU. – Si, señor.
VL. – ¿No te pega?
MU. – No, señor, a mí no.
VL. – ¿A quién pega?
MU. – A mi hermano, señor. […]

Segundo acto. Diseño escenográfico de Paco Azorín (Federico hacia Lorca, El jardín de los cerezos) iluminado maravillosamente por Pedro Yagüe (La ternura, Shock. El cóndor y el puma).
Dos creaciones inolvidables para Vladimir (Alberto Jiménez) y Estragón (Pepe Viyuela), entre citas bíblicas, blasfemias y preguntas profundas; un poco hombres en desuso, vagabundos que a nadie importan, y otro poco divertidos clowns sin niños a los que divertir porque ellos mismos nunca dejan de serlo.

La otra pareja, igualmente a cargo de excelentes actores. Fernando Albizu es Pozzo, el temible amo que observa a su «porteador» Lucky, a quien se le ha puesto el sombrero «indispensable para pensar», y piensa en voz alta en un monólogo alucinado, interpretado con notable musicalidad por Juan Díaz.
Fernando Albizu es el feroz Pozzo que de pronto entra en crisis y se convierte en un ser desvalido que no puede mantenerse en pie. Sobrecogedoras escenas donde muere el humor negro de su primera aparición.
Jesús Lavi es el Muchacho que les anuncia la llegada de Godot… para mañana. Brevísimas apariciones ejecutadas con precisión, la voz y el movimiento del joven intérprete aportan la necesaria frescura y el alivio fundamental para que todos juntos continuemos esperando.

Autor: Samuel Beckett

Dirección: Antonio Simón
Diseño de escenografía: Paco Azorín
Diseño e iluminación: Pedro Yagüe
Vestuario: Ana Llena
Espacio Sonoro: Lucas Ariel Vallejos
Ayudante de dirección: Gerard Iravedra
Productor: Jesús Cimarro

TEATRO BELLAS ARTES. HASTA EL 5 DE ENERO 2020

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