Marcial Álvarez y Cristina Charro viven intensamente sus «Días de vino y rosas»

Por Horacio Otheguy Riveira

Vivir intensamente en el teatro es abarcar en poco tiempo toda una vida, basada en acciones evidentes y otras que no lo son, que sugieren aspectos existenciales más profundos, de manera que los actores han de servirse de su imaginación y no pocos recursos técnicos para convencernos de que su travesía por las emociones de sus personajes podrían ser las nuestras.

Verdad, compromiso y sensibilidad artística son elementos sumamente arriesgados, más de lo habitual, cuando se producen en una sala muy íntima, con el público encima de cuerpos que se dislocan, disfrutan, golpean y odian, bien rociados de altas dosis de alcohol que sabemos ficticio pero que les seguimos sintiendo una resaca brutal, comprendiendo su lucha por ser ellos mismos sin la artificial euforia de la bebida. En este contexto, el trabajo de Marcial Álvarez y Cristina Charro es a todas luces excelente, de una compenetración admirable, ambos en todo momento ofreciendo un modélico entendimiento con la pasión por vivir y el dolor por cuanto hay que renunciar si se quiere mantener en pie lo más entero posible.

Sandra y Luis se conocen en un aeropuerto rumbo a Nueva York. Cada uno tiene puestas sus ilusiones y proyectos en esa ciudad con expectativas muy distintas. Para empezar, él es un relaciones públicas que va a integrar la plantilla de un gran equipo de baloncesto, concretamente le contrataron para defender a capa y espada la imagen del jugador español estrella del club. Ya antes de empezar, la ansiedad es grande, va a enfrentarse a una máquina poderosa donde el fracaso no se perdona lo más mínimo. Sandra vive libremente, está dispuesta a recorrer las calles de una ciudad que considera maravillosa para empezar una nueva vida que no sabe, exactamente, por dónde la quiere llevar. Su avión se retrasa. Sandra escucha música con cascos. Se aísla de la conversación permanente de Luis, que tiene la euforia del simpático parlanchín traditional public relations, ya en hora temprana tirando de petaca. Ella solo toma batidos de chocolate.

A poco de conocerse, antes de compartir vuelo hacia la ciudad que todo lo consigue o lo destruye, habrán de acercarse más. Ella romperá su rechazo del alcohol, con solo unas sabrosas gotas en el chocolate, y juntos acabarán brindando con una frase que alarmaría a cualquiera, pero que es tan grande su entusiasmo que no se dan cuenta que con ella marcan un sendero temerario: «Contigo hasta el infierno».

La puesta en escena de José Luis Sáiz (con excelente versión en castellano de David Serrano) hace de las creaciones de Marcial Álvarez y Cristina Charro una clase magistral, ya que el proceso de entusiasmo y descomposición de sus personajes se realiza dentro de una siempre espléndida tonalidad, logrando que la dificilísima tarea de interpretar borracheras (insoportable cuando no es verosímil) se convierta en una clave de la trama, en el verdadero protagonista de la historia de amor, desamor, ternura y violencia producido por la dependencia de botellas que parecen aportarnos la felicidad eterna…

Un espectáculo teatral muy recomendable incluso para los nostálgicos de la maravillosa película con Shirley McLaine y Jack Lemmon. Es más, para quienes la vieron muchas veces, resulta más edificante la experiencia teatral, pues se van recordando secuencias que se incorporan a este recorrido con voz propia. Cine y teatro van de la mano. Emocionan cuando se divierten como niños traviesos y cuando se adoran sexualmente y cuando se desprecian como nadie nunca podrá hacerlo.

Y al salir de la sala vemos multitud de bares por donde los que luchan por dejar de beber pasan un auténtico infierno dentro de una juerguista sociedad que invita a beber con la fuerza todopoderosa de uno de los negocios legales más rentables.

 

No duran mucho tiempo, los llantos y las risas,

el amor y el deseo y el odio:

creo que no forman parte de nosotros

en cuanto atravesamos la puerta.

No duran mucho tiempo, los días de vino y rosas,

como desde un vago sueño

el camino surge un instante, luego se pierde

en el interior de un sueño.

El escritor Ernest C. Dowson (1867-1900) es el autor del poema Vitae Summa Brevis, del que forma parte este texto que, a raíz del éxito de la película, dio la vuelta al mundo, y que en esta versión teatral también se cita. Es la síntesis dramática más notable dentro del sinfín de referencias literarias sobre la influencia del alcohol en nuestro comportamiento.

Guión original: J. P. Miller de la película Days of Wine and Roses (1962), dirigida por Blake Edwards

Adaptación teatral: Owen McCafferty

Dirección: José Luis Sáiz

Versión en castellano: David Serrano

Actores: Marcial Álvarez (Luis) y Cristina Charro (Sandra)

Vestuario: Lupe Valero

Ayudante de dirección: Carlos Chacón

Diseño de iluminación: Alejandro de Torres

Foto: Encarna Martínez, Elena Martínez

Vídeo: David Ruiz y Txus Jiménez

Producción: ADN Teatro

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