«Ava en la noche», de Manuel Vicent: glamour y torturas en el Madrid franquista

Por Horacio Otheguy Riveira

Una novela que asume la tensión trágica de la vida cotidiana en la posguerra madrileña. Convivencia del horror represivo con el cinismo de algunos brillantes supervivientes, la inocencia de quien recibe cúmulo de frustraciones, y los demás: los veleidosos intelectuales y estrellas del cine que nada quieren saber de miseria moral y social. Estos van de cóctel en cóctel, muchos de ellos creyendo que en el camino encontrarán a una diosa de la libertad sexual que en realidad pocos descubren, perdida en un espejismo donde el glamour se queda en película de programa doble, gastada, con muchas rayas y demasiados cortes.

Por un lado, el señorito canalla José María Jarabo, devenido en asesino que acaba ajusticiado, y en el otro extremo un chico valenciano que en su adolescencia descubre una pasión por el cine que no encuentra el acuerdo de la realidad para llevarla a cabo, pero nunca deja de intentarlo. Así, David recorre Madrid en busca de la diva de Hollywood de la que todo el mundo habla, pero se le escabulle entre el humo de sus cigarrillos y las tinieblas que le deja el alcohol, de fiesta en fiesta, cabaret en cabaret.

No va sola, siempre la acompañan caballeros de postín, guapos sin fama alguna o estrellas de una bien llamada Fábrica de sueños donde ella también está triunfando.

Por otras calles un señorito muy nuestro, de clase alta, harto de jugar y perder, mata con saña a personajes que le alteran su rutina de juergas y juegos. En la vera verita vera de una realidad entre tinieblas, el joven aspirante a director de cine va de frustración en frustración hasta tropezar con lo que la noche madrileña de humo y Ava ocultan tan ricamente: las despiadadas torturas a estudiantes de la resistencia y a cualquier mindundi que se cruce sin querer, porque el deporte de la represión franquista no conoce límites. Y mientras tanto Ava hace el amor con una promiscuidad menor que la que se le supone, fuma y fuma, bebe que bebe, seductora a todas horas, al margen de la dictadura, indiferente a los detalles de la guerra que se ha librado; así va, a su aire.

Ava en la noche es una mujer que en estas páginas aparece completamente desmitificada. Retírense los que creen que se trata de otra biografía laudatoria, es esta una narración realista pura y dura, amarga bajo el divertido caudal de ironía propio del autor, que a ratos parece luchar consigo mismo, en un quiero y no puedo, ansioso por construir una sólida novela que una y otra vez se le escapa porque le gana la crónica de costumbres de la época, que es su fuerte. Pero si el cuerpo novelístico decae, el relato pormenorizado del macrocosmos social y político, el retrato de personajes reales (con gente de cine como Berlanga o Neville en unas páginas memorables) y el buen ritmo de las cadencias policiaco-fascistas no tiene desperdicio.

Vicent es mucho Vicent, y en la lucha que de pronto se plantea entre el novelista y el periodista, rompe amarras y se abandona con tanta libertad que uno olvida la desigual compostura y se deja cautivar por un lenguaje siempre rico en metáforas, cuando no poéticas y certeras observaciones.

Lo siniestro de la impactante Gran Vía es lo que esconde en sus rutas de soledad y represión, de búsquedas y desencuentros en la capital de una dictadura nacional católica de implacable autoritarismo. Por ella deambulan la crème de la crème en una España de total permisividad, para pavoneo de ilustres señores, hermosas mujeres y cócteles con aroma a toro bravo.

 

EXTRACTOS DE ENTREVISTA A MANUEL VICENT EN LA VANGUARDIA DEL 4 DE JUNIO 2020 

¿De dónde surgió el impulso para escribir esta novela?

«Procede de las sensaciones de aquellos años en que empezaba a escribir. Pero en mis crónicas de entonces tal vez faltaba el retrato de ese Madrid partido en dos: el de las noches galácticas de las estrellas de Hollywood que teníamos aquí y el de una dictadura que la nueva clase media empezaba a quebrar. La imaginación estaba en el cine. Pese a todas las censuras, cabalgábamos con los indios de aquellas películas y nos enamorábamos con sus galanes de aquellas películas. E incluso nos iniciamos malamente en el sexo en las butacas de las últimas filas. Pero lo más excitante literariamente es que a esos personajes míticos los teníamos ahí en carne y hueso. Podías ver a Ava Gardner en cualquier garito, a Gary Cooper cruzando un paso de cebra, a Rita Hayworth de compras por Serrano o a Audrey Hepburn saliendo de las Mantequerías Leonesas. Esa explosiva mezcla entre el mundo imaginario proyectado en las pantallas y la realidad de los personajes paseando por unas aceras de Madrid llenas de lapos resulta irresistible. Es la historia de cómo una generación de españoles vio de cerca, pero como un espectáculo, la libertad de otros. Una libertad ligada al glamour, la seducción y la fascinación de gentes con las que se soñaba».

«(…) Esta gente venía a España sintiéndose protegida por la dictadura y su policía, que les mantenía a salvo de molestias y escándalos. Y, a la vez, su presencia servía de propaganda al régimen, que podía como decir: «¿Veis? Aquí tenéis a todos estas estrellas, tan tranquilas». El caso más señalado era Hemingway, que en la guerra vino de reportero en el bando republicano y años después no tuvo ningún inconveniente en volver y pasarlo maravillosamente… en las noches de la España de Franco».

Arriba, Hemingway en una de sus entusiastas apariciones en Plazas de toros. Abajo, portada de una tirada de gran cantidad de ejemplares sobre el caso Jarabo.

«Amanecía un cielo sin nubes en Madrid aquel 4 de julio de 1959, el día en que lo ejecutaron. El reo se levantó temprano y, como si fuera un día cualquiera, dicen que se lavó la cara y pidió permiso al alguacil para cepillarse los dientes, entre los que brillaban cuatro muelas de oro de veintidós quilates, permiso que le fue denegado por si le daba por tragarse el cepillo; luego realizó algunas flexiones y estiramientos, se vistió con cierta parsimonia un traje de verano, camisa y pantalón blancos de algodón, chaqueta azul de lino, corbata de seda con pasador de un club de polo de Miami y zapatos ingleses de puntera cuadrada. Acicalado de esta manera, después de oír misa y de comulgar con devoción, a las seis de la madrugada, con paso sereno y sin perder el orgullo, se dirigió muy engallado al rincón del patio de la prisión de Carabanchel donde le esperaba, junto al tinglado del garrote, el verdugo Antonio López Sierra, alias «el Corujo», quien, temeroso de arruinar su prestigio si le flaqueaban las piernas, se había tomado tres cazallas para estar a la altura de la situación.

Se anunciaba un caluroso día de verano. En las acacias y moreras del barrio de Carabanchel habían comenzado a cantar los pájaros, y en un alero del patio de la cárcel zureaban unos palomos cuando, en el momento supremo de la ejecución, entre el verdugo y el reo, según parece, se cruzaron unas palabras que si bien no eran de cortesía, no estaban exentas de la buena educación recibida en el Colegio del Pilar.

—¿Me vas a hacer daño? —preguntó el reo.

—Tranquilo. Esto es un ver y no ver —respondió el verdugo con voz de aguardiente.

—Si te molesta la corbata, me la quito —le dijo el condenado.

—Basta con que se afloje el nudo.

—Me gustaría morir con ella puesta, y con el pasador. Después, si el alguacil lo permite, te la quedas de recuerdo o la vendes en el Rastro —fueron las últimas palabras del reo.

El verdugo pensó que hubiera preferido quedarse con sus cuatro muelas de oro. Era una lástima que se perdieran, ciertamente, a menos que algún sepulturero se hiciera cargo de ellas como parte del negocio clandestino del desguace de muertos que funcionaba en la capital de España».

Dos apariciones públicas del torero Luis Miguel Dominguín y Ava Gardner en 1954.

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