Irene Arcos y Fernando Cayo en una muy estimulante Antígona

Por Horacio Otheguy Riveira

La tragedia como un llamado de atención, y el doloroso cruce entre el abuso de poder y la ética fiel a sí misma, resultan muy estimulantes para la nueva vida del teatro, acosado por el Covid-19. Reflexiones filosóficas y políticas —siempre van unidas— en un contexto de dinámica vida escénica con recursos nobles, vigoroso dramatismo y brillante creatividad.

Antígona, óleo inspirado en la Antígona de Sófocles (441 aC.), por Marie Spartali Stillman (Londres, 1844-1927).

El mexicano David Gaitán escribió y dirigió con gran éxito en su país esta obra que ahora se estrena con la misma empresa, El Desván Producciones, pero con producción íntegramente española en el Festival de Mérida —y que en marzo aterrizará en Las Naves del Español—: un texto muy libre que trasunta con gran responsabilidad la trama original del mito griego. Pero aquí el fiero tirano Creonte y su rebelde sobrina Antígona —con un muerto de por medio (representado con una muy interesante escultura)— se enfrentan, discuten y padecen un conflicto muy actual, acerca de los intereses de estado, la capacidad de manipulación del pueblo y, en medio, una mujer que osa enfrentarse al poderoso monarca, en realidad dueña y señora de una revolución femenina, ya que entre otros caros elementos también está en juego la humillación por ser mujer.

Los protagonistas son los personajes mitológicos creados para el teatro por Sófocles y reinventados con voz propia por David Gaitán: Creonte, Rey de Tebas, sus sobrinas Antígona e Ismene, y Hemón, pareja de la primera. Tras ellos, dos nuevos, creados para la ocasión: una mujer que abre la representación con un llamado a un debate dirigido también a los espectadores en torno al conflicto entablado entre tío y sobrina, entre rey absolutista y simple hermana de alguien que, por mandato del monarca, no debe ser sepultado. Es Sabiduría, así bautizada por el rey, aparentemente encantado de ser el centro de un debate público entre sus intereses y los de Antígona, firme candidata a ser apedreada por desobediencia y enterrar a su hermano Polinices.

Sabiduría habla desde la primera escena, se dirige al espectador e intenta moderar, insiste en la posibilidad más bien lejana de convencer al Rey de Tebas de que ha de perdonar la rebelión de Antígona. Mas el otro personaje creado por el autor es un Guardia que se expresa sin palabras con escasos gestos, enmascarado: sin embargo, cuando habla se abre camino en una de las escenas más inesperadas, y extrañamente emocionantes: el hombre común frente a una mujer excepcional.

Son muchos los recursos empleados en una estructura escénica que se permite secuencias muy cinematográficas, así como de teatro en el teatro, con bromas incluidas por «la teatralidad de Edipo», padre de Antígona. Entre los extremos de los personajes, el autor-director afina sus matices, pues Creonte es un histrión acostumbrado a hipnotizar a su público, clásico tirano que endulza cuando le conviene con una de cal y otra de arena y se esmera en demostrar «qué difícil es reinar» y «cuán necesario es imponer el orden».

Fernando Cayo, Irene Arcos, detrás Jorge Mayor, en uno de los ensayos.

Antígona, por su parte es todo lo contrario. Cuerpo y palabra nunca necesitan exhibirse artificialmente, le basta su defensa de la ética, su pasión en defensa de lo que cree justo está controlada por la razón humanista del entierro de su hermano, el cual cayó en una guerra fratricida, que cometió desmanes en su afán de triunfar, pero no mayores que otros que han sido perdonados. Los aspectos más complejos se discuten acaloradamente, y en todo momento el público siente que se acercan las pedradas que destrozarán el bello rostro de Antígona y su delgado cuerpo, rompiendo la fragilidad de sus huesos, pero quizás, tal vez, su coraje y aquello que lo sostiene lleguen a convencer sino al rey, al pueblo de Tebas…

El encadenamiento de situaciones atractivas han descubierto a este crítico una representación apasionante, a la vez que muy meditada. He asistido a un ensayo desnudo, carente de la espectacularidad que tendrá en Mérida, y sin embargo más que suficiente para ir, a lo largo de dos horas, detrás de los personajes e involucrarme hasta llegar a un desenlace sorprendente.

Fotos: Jero Morales/Festival de Mérida.

Fernando Cayo se vuelca en un muy logrado histrionismo con ráfagas musicales, desplegando también su talento como cantante, mientras Irene Arcos domina estupendamente todo impulso emocional, excepto en una única escena donde el sentimiento es muy fuerte, pero no tanto como para rendirse. También a cargo de una interpretación musical imprevista.

Entre ambos, un duelo cargado de intenciones ya presentes en el impecable discurso de presentación a cargo de Clara Sanchis: en su voz y su prestancia accedemos a palabras muy meditadas. Su texto es lo primero que escuchamos, lo expresa con una admirable vocalización, ya que ha de seducirnos de inmediato, sin tiempo para distracciones. Dura y encantadora portavoz del autor de la obra, desplegando claves ideológicas de un espectáculo que veremos cabalgar por ribetes del teatro de Brecht, del íntimo absurdo cotidiano de Beckett, del realismo más genuino, sin olvidar rasgos del teatro psicológico, todo sumado y batido dentro del singular estilo de un joven escritor-director con mucha personalidad.

Extracto de la presentación de Sabiduría/Clara Sanchis:

«(…) Pido representar al Estado en el caso de Antígona. Si bien todo proceso debería siempre ser ejemplar aquí el interés público es una oportunidad para enviar un mensaje claro sobre nuestra capacidad de comprender fenómenos, dotar de un ejemplo visible al colectivo y acercarnos un poco más a esa fantasía de democracia que este gobierno ha sugerido como ideal.

Desde siempre el Estado ha tenido sólo un arma, la fuerza física; nunca se ha declarado capacitado para confrontar la razón, la inteligencia… no, sólo el cuerpo del acusado. Desde ahí amenaza y castiga. Imaginemos un sistema diferente donde lo que impere sea la obligación de razonar a partir de la verdad. Así, ante un problema, el pueblo sabrá que la forma de confrontar al Estado no es únicamente violenta, puesto que está frente a un Estado capaz de razonar.

Creonte rey de Tebas, coro de jóvenes Tebanos, pueblo Tebano, a propósito del caso que nos ocupa, aquí mi propuesta de participación: un foro de deliberación que habrá de concluir con la decisión sobre el futuro de Antígona. (…)».

Jorge Mayor como Hemón e Isabel Moreno como Ismene, encarnan con notable contención la gravedad de sus situaciones. Son terceros en discordia cuyos intentos de participar en el debate suelen resultar desoídos, aunque nunca se dan por vencidos.

Por su parte, el Guardia a cargo de Elías González (foto), es el personaje sin palabras al que ya hice referencia, que asombra en su intervención hablada. El actor domina sus reducidos espacios, y cuando alcanza el texto y la representación del mismo, todo él invoca la dimensión mágica de una dulce cotidianidad ante la barbarie que le rodea. Frente a él, Antígona/Irene Arcos, esta vez silente, dejándose envolver por una ternura tal vez desconocida.

Ejercicio de confinamiento nº 36. Antígona frente a Polinices muerto (N. Lytras), 2020. Sobre la obra homónima de Nikiphoros Lytras (1865), óleo sobre lienzo. National Gallery. Atenas. Acuarela sobre papel.

ESCENOGRAFÍA

La Antígona de David Gaitán se lleva a cabo en un espacio hipotético, entre la sentencia a Antígona y su impactante final; en este tiempo acontece un juicio como nunca antes ha existido en Tebas. Se plantearon cuatro vectores para la construcción del espacio: el concepto de entierro-desentierro, la decadencia-destrucción del reino tebano y la presentación del edificio teatral desaforado como elemento metateatral. Se plantea un lugar sui generis que denote la particularidad del acto: un bodegón en estado de abandono, en decadencia (como Tebas después de Edipo), mientras exhibe al teatro y su maquinaria. Toda la superficie está cubierta por una capa de yeso de doble función: ser tierra al ritmo que se suma al eje entierro-desentierro y representar el decaimiento de Tebas a partir del desgaste de sus edificios.
La elección de mobiliario sigue esta línea estética; las sillas, trono, mesas, son objetos que hasta la hora del juicio permanecían en desuso en algún bodegón olvidado del reino. La horizontalidad del piso teatral se convierte en terreno profundo de donde se desenterrará tanto lo acontecido en el pasado como lo aún oculto en la historia de Antígona. Dos largas hileras de piedras de yeso acotan el lugar del juicio. Su presencia otorga una atmósfera inquietante alrededor de la ejecución.

 

Texto y dirección: David Gaitán

Reparto: Irene Arcos, Fernando Cayo, Clara Sanchis, Isabel Moreno, Elías González, Jorge Mayor

Diseño de espacio escénico y vestuario: Diego Ramos Martín
Composición musical: Álvaro Rodríguez Barroso
Diseño de Iluminación: Fran Cordero
Ayudante de dirección: Pilar Contreras
Administración: María González Lavado
Producción: Juan Antonio Cruz
Realización de escenografía: Diego Parejo y Javier Parejo (Escenografías El Molino)
Realización de vestuario: Sol Curiel, Carolina Arce, Elena Arias, Mila Domínguez
Maquillaje: Juanjo Gragera Fuentes
Diseño y realización de escultura: Eduardo Acero Calderón y Eduardo Santiago Acero Calvo (Cuerpo de Polinices)
Atrezzo y acabados de escenografía: Alarife S.L. (Juan Carlos Segador, Jose Luis Tena, José Antonio Segador, Decebal Walter)
Técnico de sonido: José Manuel Paz Corbelle (Keku)
Maquinistas: Antonio Tello y Carlos Alcalde Moliner (Karlete)
Cañonero: Pablo Sánchez Pajares
Catering: María Cruz
Distribución: Concha Busto
Diseño y jefatura de producción: Domingo Cruz (El Desván)

Una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, El Desván Producciones y Teatro Español, con la colaboración de la Embajada de México

66 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Del 22 al 26 de julio 2020

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