Roberto Saviano denuncia el «Beso feroz» de «La banda de los niños»

Por Horacio Otheguy Riveira

Dos novelas y una sola familia. Imprescindibles como unidad y como descripción de un mundo criminal adolescente desde la perspectiva de un adulto estudioso de los fenómenos mafiosos que decidió pasar del largo reportaje —género que ya utilizó con mucho éxito en obras como Gomorra—, para luego debutar en el campo novelístico. Los logros narrativos de Saviano son muy importantes, al unir en un estilo propio de gran intensidad el documento real con la poética de la ficción. Los niños de la banda es una presentación in crescendo en la definición de los personajes y el desarrollo de la acción, y la segunda, Beso feroz ya es toda ella un creciente dramatismo con niños que se convierten en hombres desalmados cuando aún no cumplieron los 18 años, pero viven con la certeza de que no existe nada que no se puedan permitir.

 

 

«Entré en la novelística porque quería adentrarme más en la psique de los personajes. No quería contar la realidad sino inspirarme en ella. Pero todo lo que cuento es verdadero, sólo que lo filtro con las técnicas de la ficción narrativa. Así puedo mostrar sus sentimientos o reconstruir por ejemplo una conversación telefónica entre ellos. Esto es importante porque de este modo consigo que no parezcan meramente monstruos, emerge su lado humano. Respecto a la poca edad de los camorristas, he de decir que esto no es un fenómeno exclusivamente napolitano. Basta echar una ojeada a las periferias de ciudades como Madrid o París.  En Nápoles las razones son varias. Por un lado, los capos históricos están casi todos encerrados, en arresto domiciliario o directamente en la cárcel. Han dejado un vacío en las calles. Y el poder no tiene dueño, está ahí para quien ose tomarlo. Y quien lo ha hecho son estos jóvenes que no conocen el miedo ni calibran las consecuencias de seguir ese camino. Yo los he visto en los juicios. Cuando les caen condenas de 20 años, ríen y aplauden. Por otro lado, la esperanza de los jóvenes está bajo mínimos después de las sucesivas crisis. Saben que su abnegación y su esfuerzo para trabajar en algo vocacional será estéril en la mayoría de los casos, así que prefieren coger un AK47 para hacer dinero rápido. Es una pena porque son jóvenes con mucho talento, podrían ser óptimos emprendedores».

La banda de los niños o Los niños de la camorra, 2016, en realidad se titula La paranza dei bambini, algo que en las ediciones en castellano y en la versión cinematográfica de 2019 no se ha tenido en cuenta. Y es muy importante. Así lo señala el autor en las primeras páginas:

«Paranza es un nombre que proviene del mar, el nombre de los barcos que van a cazar peces engañados con la luz. Aquí son niños que se lanzan con la  vida como peces, de la adolescencia «engañados por la luz», y de muertes que producen muertes».

Esta novela testimonial de nuestro tiempo empieza con una muy significativa dedicatoria: A los muertos culpables. A su inocencia.

Sus nombres, como sus personalidades, solo lucen como alias,  en letras de molde, y si es posible a todo color, cuanta más parafernalia mejor. En la columna siguiente dejo constancia del reparto por orden de importancia social, de estatus, en La banda, ya que todos los chavales, de 12 a 16 años, son conocidos por su mote, su auténtico nombre de batalla (esta selección consta al comienzo del libro):

MARAJÁ Nicolas Fiorillo

BRIATO’ Fabio Capasso

TUCÁN Massimo Rea

DIENTECITO Giuseppe Izzo

DRAGÓN Luigi Striano

LOLLIPOP Vincenzo Esposito

PICHAFLOJA Ciro Somma

ESTABADICIENDO Vincenzo Esposito

DRON Antonio Starita

BIZCOCHITO Eduardo Cirillo

CERILLA Agostino De Ros

 

Nápoles actual, ciudad palpitante de emociones positivas con ciudadanos creativos, nobles supervivientes de una violencia mafiosa que parece imposible de erradicar.
Película, Pirañas: Los niños de la camorra, 2019.

Liderados por Nicolas Fiorillo, alias Marajá, el grupo de adolescentes utiliza las motos como los forajidos de las películas del Oeste usaban los caballos: invaden las aceras, atropellan a peatones, se escabullen por las estrechas calles del centro histórico. Quieren hacerse con una parte del negocio del tráfico de drogas y la extorsión, y aprovechando el vacío que han dejado algunas familias se alían con un viejo jefe de clan para iniciar su ascenso. El poder se afianza ganándose el respeto, sembrando el miedo, aplicando la violencia: un like en el Facebook de la novia de otro puede convertirse en una sentencia de muerte, si hay que probar armas nuevas se utiliza como blanco a un grupo de emigrantes, y en el camino hacia la cima no hay amigos, ni antiguas lealtades…

En las relaciones amorosas los celos son fundamentales, y montados en ellos son capaces de una crueldad sin precedentes, ya presente en las primeras escenas cuando uno de ellos es tomado prisionero y sobre él no hay golpes: se le embadurna de la mierda que el poderoso chaval, celosísimo, deposita sobre su cuerpo cagándole encima…

Roberto Saviano, Nápoles, 1979: «Soy un símbolo. Los clanes mafiosos saben que matarme sería una muestra de poder».

Arriba tres imágenes de la película «Pirañas: los niños de la camorra», basada en la primera novela. («Beso feroz», aún no tiene versión cinematográfica).
Óleo de Pierre-Auguste Renoir. Bahía de Nápoles al atardecer, 1881, entonces una bella ciudad a la que se le dedicaban relatos, poemas y pinturas.

 

Estoy orgulloso de tener un amigo que ya ha matado a un hombre. (12 años)

Si un hombre se deja matar será que se lo merece. (13 años)

 

En Beso feroz el autor retoma a los adolescentes mafiosos de La banda de los niños allí donde los dejó. Si aquel libro se cerraba con una madre clamando venganza por la muerte de su hijo, este arranca con el intento de llevar a cabo esa venganza de la forma más terrible posible: asesinando a un bebé en la sala de recién nacidos de un hospital.

En esta novela asistimos al ascenso de Marajá, que se enfrenta a otras familias que quieren restablecer el orden anterior. Saviano retrata las guerras de los clanes por el control de la droga y los camellos, los tentáculos del crimen organizado que se extienden hacia el norte del país, las venganzas, las traiciones y la sangre con la que se pagan. Y de nuevo nos topamos con Nápoles devastada por la Camorra, y con esos jóvenes cuyos sueños se componen de coches de lujo, armas, sexo, cocaína y violencia que engendra más violencia.

Beso feroz, 2017

A G., inocente al que mataron con diecisiete años.

A N., culpable que mató con quince años.

A mi tierra de asesinos y asesinados.

«Los besos tienen una taxonomía precisa. Hay besos que se dan como se pone un sello, que unos labios estampan sobre otros labios. Son besos pasionales, besos aún verdes. Es un juego inmaduro, un don tímido. Diferentes son los besos «a la francesa», en los que los labios se abren un poco y se intercambian papilas gustativas y glándulas, humores y caricias con la punta de la lengua, por todo el perímetro de la boca ceñida de dientes blancos. Lo contrario son los besos maternos, que los labios estampan en las mejillas y que anuncian lo que viene luego: el estrecho abrazo, la caricia, la mano sobre la frente para ver si tenemos fiebre. Los besos paternos nos rozan los pómulos, son besos de barba, que pinchan, señal fugaz de acerca­miento. También hay besos de saludo, que rozan la piel, y besos lascivos, babosos, que se roban y gozan de una intimidad furtiva.

Los besos feroces no pueden clasificarse. Sellan silencios, hacen promesas, dictan condenas o declaran absoluciones. Hay besos feroces que rozan un poco las encías y otros que llegan casi a la garganta. Pero todos ocupan el máximo espacio que pueden, usan la boca como acceso. La boca no es sino el orificio por el que penetramos para ver si hay alma, si hay o no hay algo más que el cuerpo; el beso feroz quiere explorar ese abismo insondable o en­contrarse un vacío: el vacío sordo, oscuro, que esconde.

Hay una vieja historia que se cuenta entre los neófitos de la barbarie, los criadores de perros de pelea clandestinos, seres deses­perados que se dedican, a su pesar, a una causa de músculos y de muerte. Cuenta esa leyenda, de la que no hay pruebas científicas, que a los perros de pelea se los selecciona cuando nacen. Los adiestradores estudian a los cachorros con frío interés. No se trata de escoger al que parece robusto, de descartar al flaco, de preferir al que echa a su hermana de la teta o de fijarse en el que castiga a su hermano glotón. La prueba consiste en otra cosa: el criador coge al cachorro por la nuca, lo arranca del pezón de la madre y agita el hociquito delante de su mejilla. La mayoría de los cachorros la lamen. Pero uno –casi ciego, sin dientes todavía, con unas encías acostumbradas solo a la blandura de la madre– intenta morder. Quiere conocer el mundo, quiere tenerlo entre los dientes. Ese es el beso feroz. A ese perro, macho o hembra, lo criarán para que pelee.

Una cosa son los besos y otra los besos feroces. Los primeros se mantienen dentro de los límites de la carne; los segundos no conocen límites. Quieren ser lo que besan.

Los besos feroces no son malos ni buenos. Existen, como las alianzas. Y siempre dejan sabor a sangre».

(Roberto Saviano. En el prólogo).

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