Para amantes del terror literario: «Enemigo sin rostro», de Manuel L. Alonso

Por Horacio Otheguy Riveira

Colecciones juveniles, pensadas para chavales de ambos sexos por una editorial con justo prestigio como SM, y entre muchas perlas he aquí la última del veterano Manuel L. Alonso, un escritor fogueado en numerosas obras muy aplaudidas por lectores afines y jurados de premios. En realidad, como toda buena obra de estas características podría decirse que está destinada a un público de 13 a 90 años, ya que, una vez nos abandonamos al contexto inicial (vacaciones de verano, una casa abandonada donde sucedió un hecho terrible…) pronto nos hacemos cómplices de sus personajes, encabezados por un chico de 13. Una corriente de simpatía se crea de inmediato. Y de temor por él y sus nuevos amigos.

Tres historias ideadas para jóvenes de 14 a 17 años, con el envite del miedo por bandera, desde los terrores imaginados a los reales planteados dentro de un paisaje humano por donde circulan angustias y ansiedades de difícil explicación pero capaces de aunar sentimientos que han de marcar la vida de todos sus personajes.

Es este un impactante Enemigo sin rostro con hermoso, impecable caserón cuyo terror no circula por su apariencia tremebunda habitual, sino que se le conoce por  «Casa del crimen» por hechos ocurridos hace tiempo y en la que se mete al final del verano un Manuel de 13 años, el mismo que lo escribe muchos años después: autobiográfico empeño en revelarnos una experiencia inquietante que le lleva a asegurar:

«Hoy, tantos años después, conozco una verdad de la que nunca se habla: dentro de cada hombre hay un niño asustado. Nada me inspira más compasión que el miedo, especialmente el miedo de un niño. Ojalá pudiera volver al pasado y vivir de nuevo los días que ahora evoco, para poder aconsejar al niño que fue, para consolarle y brindarle mi ayuda…».

«[…] Una absurda superstición me hacía creer que solo si permanecía completamente inmóvil engañaría a la cosa, fuera lo que fuese, y acabaría por marcharse.

No podía pensar. Una característica del miedo extremo es que no te permite razonar. Solamente puedes sentir una cosa: el ansioso deseo de que todo acabe y vuelva la normalidad.

Sabía que lo siguiente sería el roce de los dedos del monstruo. Así lo pensé: el monstruo. Incluso podía hacerme una idea de su aspecto, gracias a lo que María había afirmado ver en la ventana del torreón. Lo imaginé parecido a una persona, pero solo de la forma en que un maniquí se parece a un humano… […]».

La aventura se desarrolla acompañado de tres amigos nuevos, un chico con el que hay más competencia que amistad y dos chicas, una de las cuales se acerca al descubrimiento del primer amor. La fluidez del relato, con sus misterios entrelazados ciertamente muy originales, hace palpable que los chicos viven todo el entramado con un corazón fronterizo, muy adulto, procurando siempre comprender lo que les sucede, sin dejarse llevar por el pánico, sobre todo Manuel, el protagonista con bisabuela que entendía muy bien el lenguaje singular que entablan algunos muertos con determinados vivos.

Enemigo sin rostro abarca las primeras cien páginas, le siguen dos relatos mucho más cortos en los que el miedo que pasan sus personajes se traslada de inmediato a quien los lea: Abril y El coco. Dos obras con una gran atmósfera en las que la intriga enlaza con personajes muy interesantes.

En Abril, «la casa de la loca» conforma un centro de inquietud fantasmagórico. Preciosa historia de unión con lo que se teme. «Soy casi una niña», pero con reacciones adultas que le permiten comprender que lo que puede aterrorizarla también puede generar una extraña solidaridad con el misterio. «Demasiada imaginación» tiene Paula, según su encantadora madre, y en la casa con piscina de una anciana vivirá una experiencia donde lo imaginario y la realidad formarán terrorífico equipo… rumbo a una inesperada liberación.

En El coco, mucho más breve, se recorren emociones intensas con características muy distintas, con un protagonista de 15 años atrapado en una situación insólita:

«[…] Contrajo los músculos tanto como pudo y comenzó a agitar el brazo. No era un atleta, como su amigo Miki, y tampoco había aprendido técnicas de concentración como su hermana, que practicaba yoga. Tenía que apoyarse en la rabia y la desesperación.

Le pareció que la correa empezaba a ceder. Llenó de aire los pulmones y tiró del brazo sin hacer caso del dolor. Otra vez, y una vez más, aunque le ardía la piel y sus músculos no daban más de sí. Salvajes tirones que amenazaban con dislocar el hueso. La fricción le estaba despellejando la muñeca y el dorso de la mano, pero no podía parar. Estaba seguro de que ya solo era cuestión de segundos. Jamás en su vida había puesto tanto empeño en algo…»,

Cuentos con la fuerza de un escritor que domina la narrativa con formidable sentido del ritmo y la capacidad de sorprendernos.

Manuel L. Alonso nació el 14 de abril de 1948 en Zaragoza. Siempre quiso ser escritor, aunque también soñó con ser aventurero, explorador o náufrago. Siempre le encantó inventar historias fantásticas, aunque a la hora de escribir reconocía que le costaba ordenar las palabras para que expresaran lo que él realmente quería decir.   Con quince años empezó a enviar relatos a revistas y también a esa edad empezó a trabajar, desempeñando múltiples oficios: encargado en una librería, crítico de cine y teatro, colaborador en diversas revistas.   Bajo pseudónimo publico más de 150 relatos para adultos y dos compilaciones de cuentos. En 1979 lo dejó todo para dedicarse a lo que más le gustaba: escribir historias y relatos.   Ha sido galardonado con el Premio Altea 1989, finalista del Premio Europa 1991, Premio Jaén 1995, Premi Protagonista Jove 1997, Premio Librerio 1997…

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