El trasfondo de la vida, el mundo literario y algo más: mis «Diarios»

© MANUEL RICO

Escribir un diario es una especie de rito que no siempre tiene continuidad en el tiempo. Unas veces, de modo misterioso, otras por razones objetivas y mensurables (nuevas dedicaciones, falta de tiempo libre, desgana, etc…) uno deja de escribir esas notas que dan fe de nuestra existencia y de nuestras obsesiones y gestos cotidianos. Mis Diarios completos están estos días en la Feria del Libro. Salieron casi en paralelo a los diarios de Chirbes y están teniendo un recorrido razonable aunque difieren (al margen de los estilos y de la trayectoria literaria de ambos, muy diferentes) en algo esencial: Chirbes nos cuenta la crónica, emocional, incluso psicológica, de sus miedos, de sus más radicales contradicciones íntimas, de una experiencia tormentosa, turbia. En mi caso, los diarios, sin dejar de tener el inevitable componente emocional, son la crónica de un largo viaje literario y vital, dividido en dos partes: la década de los ochenta, años de recuperación democrática, de «movida» y de otras movidas que se dieron en los márgenes (son, en lo esencial, las movidas que describo en el libro) con mi pugna por asomar la cabeza en un mundo literario que nos lo ponía muy difícil a los que veníamos de la periferia (literaria y  social). En la segunda parte, el «viaje» se inicia en el comienzo del siglo, en el ya casi remoto verano de 2000, y termina en 2008, con Lehmann Brothers derrumbándose y con la crisis financiera que nos arrastraría por una cuesta de recortes, corrupción y burbujas varias. Década de guerra en Irak y bombardeos, de 11 S y 11 M, de terrorismos varios, del Prestige…. y del declive de la Generación Kronen, y de la muerte de Antonio Vega certificando un final que jamás imaginamos cuando nos enamoramos de «La chica de ayer». Vega cerraba el círculo maldito, que en 1999 abrió Enrique Urquijo en un portal de Madrid y de su infierno particular, una muerte que, de algún modo, ya venía apuntándose, de forma premonitoria, en su hermosa balada «En la calle del olvido».

Mis diferencias de juventud con Luis García Montero, mi visión negativa de Juan Goytisolo y mi admiración por su hermano Luis y su portentosa Antagonía, son parte de ese mundo restituido por la edición de los diarios.

Hay nombres, muchos nombres, en sus páginas: exponentes y testigos de ese tiempo, amigos en algunos casos, en otros autores de libros leídos y reseñados, también el relato de algún agravio y la confesión de juicios críticos hacia determinadas obras. Por ejemplo, en la relectura previa a la edición he podido recordar que fui quizá el único (o uno de los pocos) escritores que no recibieron con entusiasmo El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina, al que valoré negativamente en una crítica en la desaparecida revista Ahora. O mis decepciones juveniles con algunos editores (algo que se repite generación tras generación),  y a las  que en mis notas de aquel remoto 1985 califico como tropiezos en un camino que fui conociendo poco a poco desde mi condición de «escritor a la espera». Mis diferencias de juventud con Luis García Montero, mi visión negativa del Juan Goytisolo más experimental y mis reservas hacia su literatura comprometida, mi admiración sin reservas por la obra de su hermano Luis y su portentosa Antagonía, mis conversaciones y sugerencias frustradas en una relación puntual y algo distante con Constantino Bértolo, mis viajes a lugares recónditos de nuestra geografía, mis encuentros lectores en imborrables tardes de lectura de poetas olvidados (Prado Nogueira, Carlos Álvarez, Eladio, el enorme y querido Eladio Cabañero, el militar extraño y suicida Justo Alejo) y mis conversaciones sobre poesía, sobre días de infancia y periferia, con un Vázquez Montalbán que cuando podía confesaba que su más oculto deseo eran ser alto, rubio y con los ojos azules, algo materialmente imposible, que había suplido con su acceso a los más altos reconocimientos como escritor (Premio Nacional, Premio de la Crítica, Nacional de las Letras Españolas) que venía de uno de los barrios que les «sobraban» a los burgueses de la Cataluña de los 40 y de los 50, y con cuya poesía conviví varios años para escribir un ensayo que lo reivindica y sitúa en la historia de nuestra lírica.

Con Federico Gallego Ripoll, Antonio Colinas y Félix Gande. En Ondarribia, un día de otoño. tal vez de 2006

Al releerlos antes de entregárselos al editor, Alberto Vicente, descubrí que la historia propia se hace también (quizá esencialmente) con anécdotas que parecen irrelevantes cuando se producen pero que se agigantan cuando son recuperadas por la memoria y por la lectura pasado el tiempo. Caminatas por el valle del Lozoya, la evolución de la casa en el campo que el padre no pudo ver concluida y que a duras penas fue cobrando forma, llenándose de vida con la madre viuda, con los hijos, con una compañera, E, que la hizo suya e inseparable de su delicadez y sus detalles y su esfuerzo  hasta acabar de reducto de algunos encuentros maravillosos con Félix Grande y Paca Aguirre, con Diego Jesús Jiménez y Társila.… Esa casa, que como un guadiana, aparece y desaparece en las páginas del libro, es «La casa de los fresnos» de uno de mis poemas más queridos y cuyo sueño nació un lejanísimo día de 1973 en medio de una dehesa al pie del Monte de la Cruz y del pueblo de Gargantilla, a poco más de una hora de Madrid acompañado de un padre que soñaba curar sus pulmones heridos en aquel lugar de montaña, un sueño que frustró la muerte, esa compañera hostil e inevitable. Vivir a medias ese mundo idealizado que acabó (y sigue) refugiándose en los fines de semana, en los veranos que inspiraron mi novela Verano (Alianza, 2008) porque en la otra mitad estaba mi Madrid de periferia y luchas vecinales, de literaturas y librerías y conversaciones en las que la política, esa llamada nacida en una adolescencia de descampados y barrios terminales (de hecho, mis dos barrios de infancia y adolescencia desaparecieron bajo las excavadoras del desarrollismo tardío de Franco), se entrometía, pugnaba con la vocación literaria, con el pulso del poema, con la aventura narrativa, con largas madrugadas de lecturas y deslumbramientos, de escritura a empujones de voluntad…. Todo eso renació mientras corregía galeradas, releía capítulos, modificaba algún nombre y sentía que la garganta se comprimía cuando asomaban nombre de amigos memorables que el tiempo y la muerte se habían llevado: Paca, Félix, Lupe, Diego Jesús, Manolo, José Manuel (Caballero Bonald), los dos Carlos, Sahagún y Álvarez.… La vida.

Esa casa, que como un guadiana, aparece y desaparece en las páginas del libro, es «La casa de los fresnos» de uno de mis poemas más queridos.

Y Vallecas de infancia y carpintería, de madurez y literatura, y las aventuras editoriales fracasadas intentando la imposible gesta de rescatar, por inspiración de un Ignacio Soldevila, maestro y entusiasta, historiador de nuestra narrativa de posguerra, a una novelista que murió muy joven llamado José Vidal Cadellans, premio Nadal en 1962 y autor de una maravillosa y sombría novela llamada Ballet para una infanta, anticipo en décadas de cierta escritura de Marías (Javier), o de Vila Matas, bajo la estela de Robert Walser, Max Frisch o Kafka....  O el invento editorial Bartleby de principios de siglo abriendo colecciones con Pepo Paz, estrenando a Sharon Olds o desayunando en la Residencia de Estudiantes con Tess Gallagher, la poeta a la que amó Raymond Carver, visitando almacenes de distribuidoras e imprentas modestas que vivían al borde de conocidos polígonos industriales, o en la vieja ciudad en decadencia por Tetuán o la Prospe…. Vida que se fue y que en los diarios recobro en tiempo real, en la intensidad de lo escrito poro después de la experiencia vivida, o leída, o evocada.

«La casa de los fresnos», el refugio en el valle del Lozoya

Todo eso, que es memoria, que es meditación, que es amor por la literatura, por la dignificación de la política, por la intimidad compartida, por el viaje al margen (de Beteta a Albarracín, de Montejo de la Sierra a los pueblos negros de la Guadalajara oculta…), vive en estos Diarios completos que son, en el fondo, algo muy parecido al significado que se alberga en el título de mi última antología poética: es Tiempo salvado del tiempo. Hoy es un libro. Lleno de tiempo significante, que diría nuestro querido y añorado Manolo Vázquez Montalbán.


Diarios completos. Punto de Vista Editores. 448 paginas. Madrid, 2022

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