Del remake y otras perversiones

Por Rubén Sánchez Trigos.
 

Se nos viene encima un verdadero tsunami de remakes para los próximos meses –Furia de titantes, Pesadilla en Elm Street, The Crazies, Los pájaros, Karate Kid, Poltergeist– por no hablar de secuelas, precuelas y revisiones varias a cuenta de personajes y/o títulos más o menos míticos, más o menos imperecederos –Predators, Alien, Robin Hood-. Algunos amigos y colegas ya me han confiado que esto no puede ser sino una señal más del fin del mundo y acto seguido se han atrincherado en sus casas provistos de la filmografía completa de Hitchcock y Billy Wilder, tal que el personaje de Tim Robbins en La guerra de los mundos versión Spielberg. A Hollywood se le han secado las ideas, me aseguran. Resulta que llevo oyendo esto toda mi vida. En los ochenta la Meca del cine ya andaba escasa de propuestas originales, en los noventa lo mismo, y ahora, en el nuevo siglo, al parecer se hace peor cine que nunca. Y, sin embargo, en las últimas cuatro décadas Hollywood ha facturado peliculitas tan mediocres como Uno de los nuestros, La lista de Schindler, Ed Wood o El silencio de los corderos. Naderías. Olvidan los apocalípticos que ya en los años treinta a los estudios no se les caían los anillos por filmar hasta cinco o seis versiones distintas del mismo personaje en una sola década, y que las motivaciones de la Universal para hacer La zingara y los monstruos o La mansión de Drácula no parecían artísticas precisamente, sino de la misma índole de quienes ahora producen el remake de Poltergeist o Los pájaros.

 

La cuestión no es que un productor perpetre cualquier cosa, lo que sea, con tal de amasar dinero, sino la actitud del público ante el cine que no tenga menos de quince años. Probablemente el espectador potencial del próximo Los pájaros haya oído hablar vagamente del original de Hitchcock –nombre, por cierto, que conocerá más como icono social y cultural, a la altura de un Elvis o un Mickey Mouse, que como el director que es- y todo lo que haya visto de la película se reducirá a unos pocos fotogramas en algún pase intempestivo en La 2, mientras hacía zapping. Sin embargo, me parece muy ingenuo pensar que el espectador de 1963 operaba distinto, es decir, que se interesaba por las películas filmadas veinte o treinta años antes. De otro modo, ¿qué sentido tenía rodar remakes entonces? Y se rodaban: entre Luna nueva y su revisión, En bandeja de plata, hay apenas quince años de diferencia.

 

En otras palabras: podemos afirmar que la historia del remake discurre paralela a la historia del cine. Resulta que no es un fenómeno inherente a los nuevos tiempos. Entonces, ¿existe alguna diferencia sustantiva entre el espectador de, pongamos, hace cincuenta años y el de hoy? Se me ocurre una, por lo menos. En la década de los sesenta, el espectador de a pie tenía muy pocas posibilidades de revisar cine que no fuera contemporáneo –existían las salas de reestreno, por supuesto, pero ¿y si uno quería darse el capricho de ver el Drácula de la Hammer, justo ésa?-. Hoy, en cambio, alguien que desee acceder a una película tiene mil y una formas de hacerlo –está el DVD, el Blu-ray, Internet, la filmoteca de su ciudad, ciclos varios, el amigo que lo tiene todo, etc-. Y, sin embargo, se siguen haciendo remakes. Y, lo que es más importante, la gente sigue viéndolos.

 

A los que gozamos por igual con el último título de Tarantino que con un clásico de Fritz Lang nos cuesta mucho creer que exista gente a la que esto de ponerse un DVD con una película en blanco y negro les parezca como mínimo un soberano aburrimiento, pero así es. Realice usted el siguiente experimento: escoja a alguien al azar, alguien que habitualmente descarga películas de Internet, eche un vistazo a su ordenador y apunte cuántos títulos de más de diez años encuentra. Puede que el remake, hoy, haya perdido su razón de ser, pero su vigencia como producto sigue siendo la misma, si no mayor, que cuando no existía ni siquiera el VHS. Lo que debería hacernos pensar a todos.

 

Rubén Sánchez Trigos (Madrid, 1979) es profesor e investigador en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Especializado en cine y literatura fantástica, ha escrito diversos artículos sobre el tema. Actualmente trabaja en su tesis doctoral, El zombie en el cine español de los años 70. Es también guionista de cortometrajes, entre los que se cuentan innmuerables premios, entre ellos una nominación al Goya. En 2009 apareció su primera novela, Los huéspedes (Finalista Premio Drakul), un thriller de terror en un ambiente urbano.

 

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