El Tercer Reich

El Tercer Reich. Roberto Bolaño. Anagrama. 368 páginas. 18 €.

Por Guillermo Ortiz.

Cuando un editor encuentra misteriosamente el manuscrito perdido –pero entero- de un escritor muerto siete años antes, es normal que surjan desconfianzas. Sobre todo si hablamos de un escritor como Roberto Bolaño, es decir, un escritor profesional con una larga y doliente trayectoria de rechazos editoriales durante gran parte de los años 80 y un éxito arrollador de 1997 en adelante.

Es raro que ni el propio Bolaño ni su familia -ni ninguno de sus editores- recordaran durante esos años felices que había un gran libro escrito desde 1989 que nadie había publicado aún. El libro debe ser muy malo, piensa el crítico cuando oye la noticia. Si Bolaño hubiera escrito una gran novela en 1989, alguien se la hubiera publicado en vida. No digo en aquel momento, caído en desgracia de manera incomprensible, pero sí en alguna ocasión posterior. Tampoco es que todo lo publicado por el chileno durante sus últimos años fueran obras maestras, precisamente.

El primer objetivo de esta crítica es disipar la duda: El Tercer Reich es una novela maravillosa. Compite con las mejores obras de Bolaño y resiste las comparaciones. Una novela intensa, misteriosa… La historia de un derrumbamiento personal en medio de un escenario de hoteles, bungalows, campings y playas de la Costa Brava. Udo Berger, el protagonista, es un personaje impulsivo, lejano, obsesivo, enloquecido. Un hombre que empieza la novela como un turista en busca de su infancia y acaba envuelto en ese universo lumpen que tanto agradaba a Bolaño: bares de mala muerte, personajes de reputación dudosa, madrugadas imposibles…

Ya en 1989 el chileno era un narrador excelso. Su estilo es tremendamente inquietante y directo. Sin concesiones. Dos frases, punto. Dos frases, punto. La atmósfera recuerda por momentos al mismísimo Faulkner: esa prodigiosa manera de ocultar, de conseguir que el lector siempre intuya que está pasando algo terrible pero nunca sepa el qué. Sientes la amenaza. Si el protagonista enloquece, a la fuerza tú enloqueces con él, ni antes ni después. No ves venir ningún golpe.

Las novelas de Bolaño son angustiosas y crueles. Tremendamente adictivas. Pocos escritores tienen esa capacidad para meter al lector en la historia sin forzarle en ningún momento, sólo con una bajada de gafas y un gesto tranquilo que parece querer decir: “ven”. El Tercer Reich no es una excepción. Durante más de 300 páginas, el lector es Udo Berger, con sus manías, sus recelos, su paranoia, su juventud demacrada, sus jugueteos de turista alemán hastiado, su Tercer Reich –así se llama el juego de rol que da nombre al libro, una especie de Risk con reglas improbables- desplegado en la habitación sobre una mesa gigante.

Obviamente, el derrumbamiento de Berger y el del ejército alemán forman un símil, pero lo bueno es que en ningún momento se hace explícito. Bolaño tiene siempre la delicadeza de no tratarnos como idiotas.

En definitiva, tenemos que aceptar el misterio. El misterio que rodea ese hotel sórdido de algún punto de Girona o Barcelona y el misterio editorial: ya nos hemos acostumbrado a que los libros no se publiquen cuando deben, es decir, no choca que Bolaño no consiguiera publicar en 1989 su novela por muchos merecimientos que ésta tuviera. Sí sigue llamando la atención que la novela, la excelente novela, permaneciera oculta durante 21 años, como si alguien se avergonzara de ella.

Como si fuera mejor dejar cerrados algunos cajones, quién sabe por qué.

Yo, desde luego, no.

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