El guionista avergonzado

Por Rubén Sánchez Trigos.
 

Me comentaba un alumno, hace poco, que en términos profesionales no tenía particularmente claro su futuro en esto del mundo audiovisual. Él, como la mayoría de sus compañeros –y no creo que se trate de una cuestión generacional-, aspiraba a ganarse la vida más o menos bien en la televisión, en el cine, en la radio o en Internet; donde fuera y haciendo lo que fuera, mientras alguien estuviera dispuesto a contratarle. Finalmente acabó confesándome, con cierta timidez, que, puestos a escoger, lo que él quería era ser guionista. Me vi entonces en la obligación de preguntarle: ¿Quería ser guionista o escribir guiones?

 

La cuestión no es baladí. Si uno quiere contar historias, y además le gusta el cine, parece lógico que escriba esas historias en formato de guiones –y no en novelas, relatos, microcuentos o cualquier otra posibilidad narrativa-. Para entendernos: cuando uno empieza a escribir, quiere hacer Chinatown, El apartamento o El hombre que mató a Liberty Valance. Lo más probable, sin embargo, es acabar trabajando en una serie de producción nacional a la que, en circunstancias normales, jamás prestaríamos la menor atención –seamos serios: si te va el cine, lo que ves en televisión es The wire, Dexter o Carnival, por poner tres ejemplos-. Luego, la diferencia entre escribir guiones y trabajar de guionista resulta que es más bien escabrosa.

 

Por mi parte, tengo un buen puñado de amigos que se ganan las habichuelas escribiendo ficciones audiovisuales. Todos, independientemente del medio en el que trabajen y de la calidad de sus productos, me merecen el mismo respeto. Sin embargo, todos, en algún momento de sus vidas, tuvieron que tomar la siguiente decisión: ¿quiero escribir o quiero trabajar escribiendo? De entre los que optaron por lo segundo, los hay a los que considero no ya excelentes profesionales, sino personas de un estimable bagaje cultural. Personas que, después de pasarse la tarde corrigiendo páginas y páginas de diálogos forzosamente graciosos, se tienden a leer a su autor favorito, o airean sus neuronas poniéndose en DVD la última película que de verdad les ha fascinado, o, ¿por qué no?, dedican el resto del día a escribir el guión que realmente querrían ver producido. Exactamente igual que los otros, los que escogieron dedicarse a la docencia, al periodismo, la crítica o, en definitiva, a cualquier otra actividad que les permita, durante un par de horas al día, trabajar en los guiones soñados.

 

Son dos maneras distintas, y mucho me temo que excluyentes, de abordar la misma cuestión. Lo que cada vez tengo más claro es que desde el momento en que uno escribe guiones para poder comer, debe estar dispuesto a aceptar (casi) lo que sea. Es decir, y pongo un ejemplo verídico, un día puedes hacerte con una tv-movie de trama sugerente y al día siguiente vértelas con el piloto de una serie infame de las llamadas “con personajes de la calle”. Me cuentan quienes así viven que la única manera de salir adelante, moral y creativamente, es asumir que se trata de un trabajo, ni más ni menos.

 

Desconozco qué opina de todo esto J.D. Shapiro (en la imagen), guionista de Campo de batalla: la Tierra, ya saben, aquella película ciencia ficción con John Travolta y Forest Whitaker caracterizados de rastafaris, galardonada recientemente con el Razzie a la peor película de la última década. Resulta que Shapiro acaba de pedir perdón públicamente por perpetrar el libreto de este título –quiero creer que sólo se disculpa por el guión, el resto del film no es responsabilidad suya-. Entre otras cosas, dice el guionista avergonzado de su propia obra que lo que él escribió “es muy muy muy diferente a lo que pudo verse en pantalla”. O Shapiro hace público el guión original o no hay forma de saber hasta qué punto está echando balones fuera, pero si algo parece cierto es que, siendo esta una profesión de putas –en palabras de David Mamet-, no hay nadie –repito: nadie- libre de hacer la calle. Y, la verdad, tampoco hay que avergonzarse por ello.

 
 
 

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