La vida eterna

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La vida eterna. Fernando Savater. Ariel (2010). 264 pp. 14,90 euros.

Por Jose Luis Muñoz Díez.

Tener un libro de Savater (1947) entre las manos suscita, a lo poco, curiosidad. Éste está dividido en tres partes muy bien delimitadas: un ensayo, con su epílogo, una recopilación de artículos y, a modo de despedida, un poema de Ledo Ivo. Todo él, muy acertadamente, titulado La vida eterna.

Savater nos habla de la necesidad de eternidad que siente el hombre, de su negación a desaparecer por completo y de cómo Dios aparece como una solución a lo indisoluble. Lo hace citando a Russell, Heidegger, Ortega, Bataille, Stendhal, Camus o Borges. Evoca sus palabras, sus pensamientos, los expone y los comenta, sin atribuirse su propiedad, de un modo docente, pero la autoría de Savater está en la elaboración de un discurso conexo con el que hábilmente va introduciendo al lector haciendo sencillo lo que de por sí no lo es.

Se extraña él, que fue estudiante en los sesenta, de tener que volver al tema de la reflexión religiosa, la cual, en su momento, avalados por tantas corrientes, se creyó superada, y que es hoy pan de cada día en la cabecera de los informativos, en constante ebullición: desde el poder mediático que consiguió Juan Pablo II,  al conflicto palestino-israelí,  hasta llegar a los atentados de Al Qaeda. Palabras inocuas, actos significativos, matanzas sangrientas, todo excusado en el nombre de un buen Dios.

Con este libro nos incita a reflexionar sobre la vida y sobre sus consecuencias: la vejez y la muerte -la disolución del yo-. Quien mejor oferta ofrece para paliar este desaliento es -sin duda- la religión católica, ya que preserva nuestra identidad, incluido nuestro cuerpo, y se ocupa de gravar todos nuestros actos, revisándolos a la hora de nuestra muerte, y nos premia o castiga con justicia asegurada, sin abandonarnos nunca: si nos quedáramos en un rinconcito del infierno para Dios seguiríamos siendo alguien y así por toda la eternidad. ¿Se puede pedir mayor protagonismo? De esta manera, toda nuestra existencia está justificada, o como dijo Freud: “no habremos ocurrido en vano”.

Savater parte de la siguiente premisa: “que el hombre no cree tanto en la inmortalidad porque cree en Dios, sino que cree en Dios porque cree en la inmortalidad” y se declara, como filósofo, incapaz de dar respuestas; eso se lo deja a la ciencia y a las infalibles religiones, pero hurga y ahonda en el interior y, sobre todo, aquí reside su maestría y su arte, sugiere.

Una respuesta a La vida eterna

  1. Pero igualmente cunde el pánico. Quiero decir que la necesidad de hablar de dios siempre parece dominar los textos de este hombre. A veces me pregunto que seria de Savater sin dios.

    Sara
    15 abril 2010 at 14:04 pm

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