Ida y vuelta

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Por Coradino Vega.

Viví en Madrid durante cuatro años. De eso hace ya tiempo. Recuerdo esa época como una etapa feliz, pero mi terapeuta dice que las pasé putas. Uno tergiversa la memoria, ya se sabe, selecciona, idealiza… Pero en Madrid iba los jueves al Dellwood y allí me encontraba entre otros con Lara Moreno, con Elvira Navarro, con Recaredo Veredas, con Rebeca Le Rumeur, con Fernando González-Ariza y con David Casas Peralta (que debería escribir aquí sobre esto), y nos leíamos los unos a los otros y discutíamos de literatura y bebíamos gin-tónics y fumábamos mucho. A eso le llamo ser feliz, porque por aquel entonces no había cumplido los treinta años. Un día me deprimí y me vine a Sevilla. Aquí tengo una casa alquilada, un trabajo, un escritorio soleado y una mujer que me soporta con verdadero estoicismo. Allí, en Madrid, donde fui tan feliz pero mi psiquiatra dice que las pasé putas porque según ella aquí soy aún más feliz sólo que no me doy cuenta de serlo, tengo a mi editor y a un grupo de buenos amigos, la mayoría de los cuales resistieron con más entereza que yo al derrumbe de lo que simbolizó el Dellwood. Así que a menudo cliqueo en la página de Renfe la opción ida y vuelta. Porque supongo que en Madrid era un epicúreo y ahora trato de ser un estoico: cosas del ello, del yo o del superyó, que quedan en el tintero. El caso es que se me metió en la cabeza la vida tranquila de Séneca y, aún hoy, me muero de nostalgia cada vez que pienso en aquellos jueves en abstracto. Nadie me pidió que me fuera. Nadie me puso una pistola en la cabeza. Nadie tiene por qué aguantar mi lamento, mon frère, mon semblable. Me fui creyéndome el narrador del poema (http://www.poesi.as/jgb68020.htm) de Gil de Biedma que también da nombre a este espacio. Por eso quizás, porque uno piensa una cosa y dice otra o está bien en un sitio pero cree que no o busca huidas imposibles para engañar a ese interior que sin remedio va contigo, vuelvo con frecuencia. Perdonad la extensión de la explicación: es un lío. Lo que quería decir únicamente es que, cada vez que vuelvo a Madrid, me siento feliz rodeado de la gente que perteneció al extinto taller del Dellwood.
Y viene la sesión de autoanálisis para, además de justificar el nombre del espacio y el título de la lamentable columna que lo inaugura, decir que el jueves 20 de mayo volveré a estar con ellos. Una de las pocas cosas que he aprendido teniendo amigos escritores es que, por encima de todo, tienes que ser sincero. Si uno te da a leer su manuscrito, tienes que ser implacablemente sincero. Si otro te regala su novela firmada, con toda su ilusión y su complicidad y su cariño, dolorosamente, también debes ser sincero. Después lo pasas fatal, al menos yo, pues crees que has matado la lealtad que os unía y ya nada será lo mismo, pero a la larga te das cuenta de que es la única manera de ayudar, de seguir siendo amigo. Y digo esto, porque el día 20 vuelvo a Madrid para asistir a la presentación de Lola Dinamita, el libro de Rebeca Le Rumeur, publicado por El Desvelo, sobre el que ―no me queda otra― tendré que ser sincero.
No me gustan todos sus cuentos, sin embargo hay otros que me hacen pensar que, además de leer a una amiga, estoy leyendo a un genio. Un genio es un ser diferente al escritor (otro día hablaré de mi concepción del arte, por si a alguien le interesa). Un genio es alguien que tiene una visión del mundo tan personal e intransferible que hace que mires la vida de forma distinta; un universo propio, un fuego interior, una sensación inefable. Estos cuentos son un grito desgarrado contra la realidad, «ese hambriento superhéroe de cemento con dientes de plástico», que se dice en el libro en algún momento. Unos relatos escritos con una precisión poética y un dominio de la elipsis verdaderamente admirables. Un puñetazo que te deja cao. Una cosa distinta. Una pequeña joya del lenguaje…
Y que conste que ya he dicho lo que pienso que hay que hacer con los escritos de los amigos, y que la sinceridad no es garantía de acierto.

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