Poder y cinismo

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Por Carlos Javier González Serrano.

 

 

El principal problema que observo al enfrentarme a obras contemporáneas (ya sean literarias, pertenecientes a las artes plásticas, escénicas o a la música) es un problema de desarraigo, de falta de cimentación. Da la impresión de que venimos vírgenes al mundo: nada antes ha pasado, nadie antes ha hablado. A mi juicio, en esta visión tuvo mucho que ver el influjo de la filosofía occidental a partir de Descartes, cuando cierto yo endiosado se inmiscuyó en la vida del hombre –quizás a causa de ciertos acontecimientos histórico-políticos. Es la vuelta de Narciso.

 

 

Para dar comienzo a esta breve reflexión, me apoyaré en el testimonio de un obispo mexicano que causó gran revuelo en los últimos días: “Ante la invasión de erotismo presente en los medios de comunicación, no es fácil mantenerse en el celibato y en el respeto a los niños”. El presente análisis versará sobre las consecuencias del “no es fácil” al que alude tal obispo. ¿Se puede estar y no estar a la vez en el mundo?

 

 

Explica Rousseau al comienzo del Capítulo VIII (Libro II) de El contrato social, que «del mismo modo que, antes de levantar un gran edificio, el arquitecto observa y sondea el terreno para comprobar si puede soportar su peso, el legislador sabio no empieza por redactar leyes buenas en sí mismas, sino que antes examina si el pueblo al que las destina es apto para recibirlas». En primer lugar hemos de fijarnos en la distinción entre pueblo y legislador. Cabe preguntarnos, entonces, qué anexiona a una sociedad como conjunto de miembros que conforman la unidad de un pueblo –en tanto que se sientan parte integrante de él. Podemos recordar algunos versos de la Eneida de Virgilio (Libro II, 160 ss.):

 

 

«La esperanza de Grecia para el triunfo

estribó siempre en el favor de Palas.

Pero dos criminales, el Tidida

y Ulises, concertados para el robo

del sacro Paladión, matan la guardia

del alcázar, y, dueños de la efigie,

osan tocar las virginales ínfulas

con sanguinosas manos. Desde entonces,

perdiéronse como aguas de menguante

la esperanza y los bríos de los Griegos:

la diosa estaba airada».

 

 

Como he tenido ocasión de recordar recientemente, con “Paladión” se alude a una estatua de madera en la que Atenea estaba representada, y que, desde su fundación, era conservada en Troya; mientras la estatua permaneciera en poder de los troyanos, el pueblo se mantendría unido. Así, mi intención es ahora recalcar la noción cualitativa de “pueblo”, que en este contexto más que aludir a una realidad tangible y medible, se refiere a cierto sentimiento de pertenencia, que se sitúa precisamente como posibilitador del conglomerado físico y cuantificable al que llamamos sociedad. Este espíritu cobra especial importancia a la hora de enfrentarnos al cinismo como movimiento anti-convencionalista. Hasta donde yo entiendo, el cínico no pretende emanciparse del mundo en el que vive, sino que despreciándolo, anima a sus acólitos y seguidores a cobrar consciencia de la futilidad de lo escrito, de lo estipulado. De ahí la razón por la que emplea un tipo de comunicación particular: causar un efecto fuertemente impactante de carácter escandalizador, que en muchos casos derivará en una ironía sutil o burla caricaturesca en la que –y este es el punto clave- se entremezcla una oculta seriedad. Así, como explica J.A. Martín García (Los filósofos cínicos y la literatura moral serioburlesca. Akal: Madrid, 2008. Vol. I, p. 44), el cínico «… no se interesa en absoluto por un cambio del poder o política determinada, sino únicamente por la mejora en el plano moral».

 

 

Esta corriente aboga por un una readaptación entre razón y naturaleza, que arrojará el saldo –como escribí antes- de un fuerte anti-convencionalismo, entrando en abierto litigio con la mayoría de valores sociales establecidos. Podemos recoger los dos puntos fundamentales del pensamiento de Diógenes bajo las siguientes rúbricas: a) “conócete a ti mismo”, es decir, despreciar la opinión de los demás, y b) “altera la moneda legal”, o lo que es lo mismo, no cambiar la verdad, sino la legalidad. El cínico se hallaba enclavado en la sociedad griega bajo la denominación de “filósofo” o “sabio” (sophós); sin embargo, gran parte de sus asertos tratan sobre la autonomía o autosuficiencia de medios de vida (autárkeia) y la independencia o libertad personal alejada de las imposiciones sociales (eleuthería).

 

 

De este modo observamos el fuerte contraste entre lo que el cínico observa de sí, lo que piensa con respecto a la sociedad, y la opinión que finalmente esta última mantiene sobre el modo de vida cínico (Kynikòs bíos). Juliano escribe en sus Discursos (IV, 8): «… para quienes [los cínicos] el objetivo y el fin de la vida, según pienso, era conocerse a sí mismos, despreciar las vanas opiniones y asir con toda la mente, tal como dicen, la verdad, que es “el primero de todos los bienes para los dioses y para los hombres”». De modo similar, leemos en un texto de Chuang-Tzu (Octavio Paz, Chuang-Tzu. Siruela: Madrid, 1997, p. 33): «pronto llegarás a un estado en el cual no tendrás necesidad de ir de aquí para allá, predicando virtud y benevolencia como los pregoneros de pueblo que nos aturden golpeando sus tambores y preguntando si alguien ha visto al niño perdido. ¡Lo que tú haces con tu prédica es partir en dos la naturaleza humana!». Un poco más adelante: «nada permaneció en su estado natural. Todo tuvo que ser cortado y aserrado conforme a un modelo fijo, dividido justo en donde la línea de tonta lo señalaba, triturado a golpe de cincel y martillo, hasta que el mundo entero se convirtió en incontables fragmentos» (ibid, p. 36).

 

 

Sin embargo, tanto lo que narra Juliano como lo que recoge el texto de Chuang-Tzu nos permite abordar un dato fundamental: la utilidad de lo inútil. El cínico pertenece a la sociedad en tanto que ésta le permite vivir conforme a lo que piensa: acción y pensamiento se alinean –no así en el caso del obispo mencionado (este desajuste entre acción y pensamiento constituye justamente el poder con el que éste cuenta). La utilidad del cínico como hombre estriba precisamente en su inutilidad como ciudadano. Las acciones que aportan algo al espacio público perviven, y dota a los hombres de una memoria común que se hallará disponible al hablar o actuar. Lo mismo cabe decir, a mi juicio, de Chuang-Tzu, que aun rivalizando con las doctrinas imperantes de su tiempo (i.e. Confucio) manifestó mediante los textos que he tenido ocasión de leer que cuando los virtuosos creen saber lo que es bueno y lo que es malo, y así, toman el poder, pueden instaurar una soberbia tiranía: la de los justos.

 

 

En resumen, distingo un espacio público de otro privado. Sin embargo, lo común no niega la posibilidad de que exista lo privado, la diferencia. La ciudad no es tan sólo un agregado de elementos, sino una organización en la que sus miembros conviven, hablan y actúan. Quizás el dato distintivo de cínicos y pensadores chinos del siglo IV a.C. sea la toma de conciencia de que la acción no puede ser destruida, es decir, que el agente no puede destruir lo hecho –a diferencia, por ejemplo, del arquitecto, que puede derruir su obra. Así, el cínico se presenta como el ciudadano inútil que aporta utilidad al espacio público, a través del escarnio de lo convencional: «¿O es que no lo venció aquel día en que un hombre envanecido por encima de la medida de la soberbia humana [Alejandro] vio a alguien que no podía dar ni quitar nada [Diógenes]?» (Sobre los beneficios, V, 6, 1. Séneca).

 

 

¿Quién puede permitirse estar en el mundo –sin a la vez ser de él?

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