¿Quién es Coetzee?

Por Coradino Vega.

Acierta Rodrigo Fresán cuando dice que Coetzee hace muchas cosas y las hace todas bien. No en vano ahí están sus volúmenes de memorias, sus novelas y sus ensayos para demostrarlo. Pero lo que más me sorprende de Coetzee es que, a diferencia de otros que también lo lograron (piénsese en Grass, Saramago o Kerstész), haya seguido produciendo obras maestras después de ganar el Nobel. A mí me gusta más incluso su producción tras el premio porque veo en Disgrace un punto de inflexión que acrecienta mi fascinación por su obra. Hasta ese momento, sus novelas se habían caracterizado por una atmósfera lúgubre, entre kafkiana y dostoyevskiana, flirteando a menudo con la parábola o la biografía de personajes. A la crudeza expositiva de Disgrace, sigue el desapego emocional que marca sus dos primeros libros de memorias, Infancia y Juventud, escritos ambos en la misma tercera persona que parece ser la única manera que encuentra Coetzee de hablarnos por fin de sí mismo. Luego el tono se va templando y las novelas que siguen a la concesión del Nobel ―Elizabeth Costello, Hombre lento y Diario de un mal año― alcanzan la genialidad al mezclar el humor con el desafío intelectual, la ternura con la senectud, nuevas formas (que algún enterado llamaría posmodernas) con un canto elegíaco por la extinción de la cultura…, convirtiéndole posiblemente en el mejor escritor vivo de nuestro tiempo.

A diferencia de la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard, que se me antoja como un vómito de protesta confesional contra el mundo, la manera que tiene Coetzee de acercarse al yo no es otra que ficcionalizar su vida. ¿Quién es ese tipo llamado John Maxwell Coetzee?, parece preguntarse. ¿No es acaso la reconstrucción de toda experiencia ―aunque se trate de tu propia biografía― una pura ficción? Sin embargo la ficción no puede ser una argucia para incurrir en el exhibicionismo a lo Philip Roth, viene a planteársenos. A eso obedece quizá esa tercera persona que sorprende en Infancia y Juventud, a la necesidad de distanciarse del yo y al posible pudor de Coetzee de hablar de sí mismo como hacemos la mayoría del resto de mortales. Pero con Verano, el tercer volumen de su autobiografía hecha ficción, no se conforma con ese posicionamiento y se atreve a dar otro nuevo salto mortal.

En el que hasta ahora es el último libro del escritor sudafricano, un investigador inglés trata de reconstruir la biografía del treintañero Coetzee, una vez muerto el insigne Premio Nobel. El acercamiento al yo se hace por tanto aún más desde fuera. Para ello aparecen fragmentos de posibles relatos que Coetzee escribió cuando fue expulsado de Estados Unidos y regresó a Ciudad del Cabo a vivir con su devastado padre. En un esfuerzo de constatación, el investigador entrevista además a cuatro mujeres que lo trataron por esa época y a un colega universitario. «Que los demás hablen del yo», pensaría Bolaño al escribir Los detectives salvajes. Pero lejos de caer en la autocomplacencia ―quién osaría esperarlo de Coetzee―, o incurrir en la tentación de sospechar que el otro pudiera tener una opinión favorable de uno, este tercer volumen completa el despiadado ajuste de cuentas que hace su autor con aquel que lleva su mismo nombre. La destrucción del hombre es implacable; la exposición del dolor, conmovedoramente parca y lacerante. En cuanto a la salvación…, ¡ay, la salvación!, quizás sea demasiado tarde para intentarla… O quizás no, quizás esta obra sea la mejor prueba de lo contrario.

 
J.M. Coetzee: Verano (Mondadori, Barcelona, 2010)

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