Montaigne y la filosofía

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Montaigne y la filosofía. André Comte-Sponville. Paidós (2009). 127pp. 14euros.

Por Gonzalo M. Barallobre.

Es André Comte-Sponville (1952) un pensador que me atrae de manera especial, y lo hace tanto por el contenido de sus obras, principalmente una teoría de la desesperanza, como por su estilo, ágil y luminoso.

En esta ocasión, gracias a la editorial Paidós, a su exquisita colección El arco de Ulises, nos presenta el texto de una conferencia pronunciada en la Sorbona, en la que, de una manera magistral, esboza el pensamiento de Michel de Montaigne (1533-1592).

De este pensador renacentista, Comte-Sponville, destaca su desprecio a la filosofía que se aleja del mundo y que se blinda con una terminología tan opaca como laberíntica. Rechazo radical de todo ergotismo académico y a toda práctica intelectual onanista.

Frente a esta toma de posición, Montagine defiende una filosofía para vivir, que no es otra cosa que aprender a estar en el mundo y en nosotros mismos. Una filosofía aplicada a lo cotidiano que nos abra a la única felicidad posible: la serenidad, que es, principalmente, ausencia de miedo.

Filosofía como arte, cuyo material de trabajo es la experiencia viva, dinámica y exuberante, y nunca las abstracciones que se elevan dejando al mundo, a lo real, demasiado lejos. Y es que para Montaigne, pensar es, en último extremo, un ejercicio personal e intransferible, un quehacer que nos insta con nombre y apellidos.

Nuestra búsqueda, la búsqueda filosófica, no puede ser el fruto de una extravagancia, o el síntoma de un animal en el que el universo ha enloquecido, sino un preguntar que nace de las entrañas mismas de nuestra existencia. No pensamos para matar el tiempo, pensamos para intentar dar respuesta, aunque nunca se logre, al vértigo que somos.

Montaigne es un buscador lúcido y sereno, rebosante de vitalidad y buen humor, un maestro que enseña a caminar y que advierte a los incautos de que no hay un solo camino, y que, por tanto, no hay fórmulas universales, eternas e inmutables.

Este pequeño libro guarda la grandeza de, con unos pocos trazos, alumbrar el corazón del pensamiento de Montaigne.

No sería mala idea gravar en la entrada de las facultades de Filosofía, “No entre aquí quien no haya leído los Ensayos de Montaigne”, por ser una cura de humildad necesaria para no caer en los ergotismos académicos que, con razón, alejan a los hombres de una de las tareas más humanas.

Como bien señaló Nietzsche, “que un hombre semejante haya escrito ha aumentado el placer de vivir en esta tierra”.

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