Budapest y los seis anaqueles de cuentos

Por Fernando Clemot.

Del Ferihegy al centro de Budapest hay media hora en coche. Primero se atraviesa una llanura algo insípida, todo el corazón de Hungría es una inmensa planicie, hay pastos y pocos árboles y en seguida empiezan los arrabales, los distritos Dieciocho y Diecinueve, Kispest, hay mucho bache y se empiezan a ver tranvías. Me lleva Szába, habla por los codos un español muy curioso, con acento húngaro pero con un matiz que no acabo de reconocer. Le pregunto y me dice que trabajó seis años para la embajada colombiana.

– Cuando dejé de trabajar allí el embajador me invitó un mes a su casa. Vivía en una urbanización en la costa, cerca de Barranquilla, había hombres armados en la puerta pero dentro, dentro parecía el paraíso… Ni se imagina, señor, el mismito paraíso estaba allí…

Cuando entré en el Laboratorio volví a ordenar los libros y dejé todos los volúmenes de cuentos que me podrían servir muy cerca, a mi derecha, a la vista, haciendo doble fila con otros que quedaban atrás, enterrados en vida, asomando sólo de tanto en tanto tras algún volumen más bajo. En la fila más alta están de izquierda a derecha: André Breton, Juan Carlos Márquez, Borges, Hoffman, Menéndez Salmón, otro de Borges, Los sueños de Quevedo, Último round, Putas asesinas, Aldecoa, Chéjov, Lem, La lista negra y Perturbaciones de Salto de Página, El juguete rabioso, Entrevistas breves con hombres repulsivos, El puente sobre el río Búho, Cunqueiro, Tizón, Luciano de Samósata, El jorobadito, más Aldecoa, dos volúmenes de Moravia, una antología de cuentos de terror de Alianza, Zweig, Lispector, El vacío y el centro de Zapata y La risa de Henri Bergson.

A Szába le sientan bien los trajes. Debe tener una cincuentena larga, el pelo plateado y los ojos claros. Ha estado tres veces en España. Hoy vamos a la feria, en el parque Millenáris, cerca de la Mozkva Tér. Szába me dice que esa plaza es la más fea de Budapest pero que el camino del hotel hasta allí es muy bonito. Pasamos el puente de las Cadenas y cruzamos el túnel, de allí por la Attila utca. Sobre nosotros hay una montaña de pinos, con algún barranco pelado en la vertiente que da al río.

-Es el monte Géllert, señor, la montaña de San Gerardo. El santo vino a educar al hijo del primer rey de Hungría, San Esteban, y cuando murió el rey una parte de los húngaros, que no todos, señor, cogieron al santo y lo subieron a este monte. Lo metieron en un barril lleno de clavos y lo lanzaron por ese barranco, bajó toda la montaña dando golpes, herido, hasta el río…

Me estremezco y hasta siento los clavos del santo. Afortunadamente ahora Szába me señala a la izquierda.

-En esa plaza, señor, vivía Márai Sandor. Ahí tiene su estatua…Era una buena persona, un señor muy, muy amable y culto.

Miro hacia allí, apenas veo nada, el semáforo se pone verde e intuyo un callejón y una estatua oscura, entre unos árboles.

En la tercera estantería hay seis libros de costado: Dama de Porto Pim, Se está haciendo cada vez más tarde, Paralipómenos de Ubú, El arte de la ficción, Por favor sea breve 2 y El arte de la ficción de Lodge.

Debajo, de perfil: Compañía y Noctámbulos, Cunqueiro, dos libros de Carver, De mecánica y alquimia, Trayecto, Llamadas telefónicas, Consejos a un escritor, La ciudades invisibles, Nueve cuentos, Teoría de la novela de Sullà, Aldecoa, Diario de un snob, La crítica literaria en prensa, Obabakoak, Caballería roja, Cuentos de la Alhambra, Sueño de sueños, Dorothy Parker, Lispector, Cuentos judíos de la aldea de Chelm, Tabucchi, El amigo de Kafka, Murakami y Desde la ciudad nerviosa, casi a punto de caer.

Hace una mañana espléndida y volvemos a la feria por la espalda de la Ciudad Vieja, veo los baños Géllert con su fachada majestuosa, y Szába me dice que con este día deben estar llenos. La chica del Instituto Italiano ha dicho que no vayamos, pone cara de asco, los Géllert, los viejos escupen en el agua, y hace un gesto como si se escupiera en las manos y nos dice que los Széchenyi no son tan bonitos pero están mucho mejor. Szába me habla de Puskas (Puskas Férenc), lo llevó en el coche en sus últimos años.

-Tenía que verlo, señor, estaba igual que si no le pasara nada, tenía la misma carita, estaba igual pero no decía una palabra, nada, no entendía nada de lo que le decían, como un niño, señor…

Intento hablarle también de otros jugadores húngaros de la época, de Kocsis, de Kubala. Creo que a Kubala no le tiene mucha estima y no me sigue la conversación. Trato de entender qué puede tener contra él, quizá piensa que fue un traidor, un hombre que se cambia de nacionalidad como de chaqueta puede que no sea de fiar. Me sorprendo pensando esto, siempre me pareció un buen hombre, como él, se parecen bastante, podrían ser hermanos.

La estantería más baja me pilla a desmano para coger los libros, tengo que subirlos un estante pero hoy no. Allí están Macedonio Fernández y César Vallejo, cinco volúmenes de Estancos del Chiado, Turgueniev, Gorki, Fernández Florez, Azul ruso, Cortázar, un libro de Aparicio Maydeu, Candeira, García Llovet, Bataille, Genet, Memorias de un amante sarnoso, Salem y García Antón, El canon del cuento, Nabokov, Bradbury, Henry James, Maupassant, Rubén Castillo, el koala de Cutillas, El canon occidental, los Relatos de Beckett, Pozuelo Yvancos, Miguel Torga y Eça.

Volvemos al aeropuerto por el mismo camino que a la ida. Resaca terrible del viaje, de caminar muchas horas, de comidas cocidas en paprika, del palinka a deshoras y de las noches de borrachera con Vincent y Arno en los Toldi. Le digo a Szába que me gustaría regalarle un libro, que me hace ilusión. Él se gira ligeramente y sonríe:

– ¿Un libro, señor? ¿Qué libro? Pero, ¿usted no era pintor?

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