Una nueva prensa musical

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Por Miguel Andúgar.

Hace ya cosa de una década asistí en mi ciudad a un concierto en el que tristemente no había más de veinte personas. La sorpresa llegó al día siguiente, cuando en uno de los diarios locales más importantes pude leer una crítica de ese concierto firmada por uno de los expertos musicales de la ciudad. Curiosamente, dicho gurú iluminado no había estado en el concierto. En una capital de provincias los que asistimos a este tipo de eventos nos tenemos muy vistos.

Con el paso del tiempo, y teniendo más contacto con la vida musical de mi ciudad, he visto cosas que horrorizarían a cualquier ingenuo: odios personales que llevan a la ruina algún promotor, amiguismos de todo tipo y estrategias infames, como que no aparezca prácticamente en la prensa local ninguna referencia acerca de un concierto en el que tocan importantes grupos independientes. Lo curioso es que tal evento era una celebración del día de la música, que hoy supuestamente celebramos.
En un importante diario español se promociona esta iniciativa de forma curiosa. Ajena a todo avance tecnológico, se pretende hacernos creer que una canción que se descarga de Internet es algo que se “agota”, por eso hay un límite en la cantidad de gente que se puede descargar cada tema dedicado a este evento.
La prensa especializada no puede ser tampoco declarada inocente: ciertas revistas dedican gran parte de sus editoriales a demonizar a aquellos que descargan canciones, sirviéndose para ello de todo tipo de mentiras, edificadas sobre la más infame de todas: que cada disco descargado es un disco no vendido. Con esta estrategia presentan cifras que pondrían los pelos de punta a cualquiera. Si fuesen ciertas, claro. El debate es mucho más complejo, y este tipo de actitudes nos muestran de forma clara de qué lado está el compromiso de estos periodistas: no de los músicos, tampoco de los aficionados, sólo de las discográficas y distribuidoras.
Es inevitable sentir cierto tedio al enfrentarse continuamente a este tipo de estrategias. Promociones camufladas, boicots a determinadas formaciones musicales o compañías discográficas… Nada de esto es nuevo, pero estas empresas con sus intereses editoriales tratan de conjurar el demonio de los nuevos prescriptores  enarbolando la bandera de la profesionalidad. Sólo ellos son capaces -dicen- de tener rigor informativo, de estar por encima del bien y del mal y de sentar tendencia. Mientras, cada vez más gente deja de comprar estas revistas de siempre y acude a blogs o a servicios como The Hype Machine o Grooveshark para informarse, conocer nuevos grupos y generar la siguiente locura musical. Además, muchos músicos emergen sin tener a ninguno de estos dinosaurios de su lado, y a estos no les queda otro remedio que sumarse al tirón o murmurar contra lo imparable.
Cierto que entre estos nuevos amateurs hay mucho advenedizo intolerante. También cierto que casi ninguno de ellos tiene el rigor informativo o documental necesario para poder convertirse en único referente de lo que oímos y disfrutamos. Sin embargo, los días de monopolio del gusto terminaron; por regla general, prefiero a un apasionado mal informado que a alguien sobre su pedestal, desde el que se vive feliz ignorando la verdadera escena musical.
Los días de la prensa musical profesional no acaban aquí. Ni falta que hace. Necesitamos eruditos que nos muestren el pasado, que puedan especular hacia dónde vamos en este infernal mundillo. Pero, por desgracia para unos pocos y regocijo de todos los demás, ya no nos interesa lo que puedan aportar acerca de lo que suena bien y lo que no.

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