Carne, de Eider Rodríguez

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Por Juana Cortés Amunarriz.

Carne. Eider Rodríguez. Editorial 451.

Secos y descarnados, al igual que interesantes, dije al referirme a los relatos que componen Carne, el libro de Eider Rodríguez. ¿Descarnados? ¿No serán más bien carnosos? Morbosos, dijo un amigo, aprovechando la rima fácil. Más que morbosos, retorcidos, añadí yo. Retorcido es un adjetivo que me gusta, porque habla del giro de la raíz, de la curvatura de la subsistencia, de la complejidad frente a la sencillez. Pero no, no son retorcidos los relatos, sino los personajes. Maravillosamente retorcidos, porque en algún momento hacen lo que no tienen que hacer, o al menos lo que el lector no espera que hagan. Se trata de personajes cuyos actos o decisiones se salen de la moral habitual, son poco convencionales, y sin embargo permanecen fieles a su propio sentimiento. Y de ahí surge la sorpresa grata, la sensación de que el relato se estira hasta salirse del puro  costumbrismo y nos muestra el mundo personal de la autora. Un mundo que es paralelo al real, pero en el que todo puede interpretarse de otra manera. Un mundo literario en el que los discursos aprendidos y las emociones que nos han contado no valen, o no son suficientes. Eider Rodríguez hace que sus personajes utilicen esa posibilidad que las buenas maneras, o quizás simplemente las maneras, tienden a dejar de lado, sin llegar a contemplarla.

Una niña, ante el odiado plato de berza que le pone su abuela, le dice ¡ojalá te mueras! La abuela coge la mano de la niña y la coloca sobre la sartén, recién puesta al fuego. Se le enrojeció la palma de la mano, antes de que anocheciera le había salido una ampolla, pero no le contó nada a su madre. Al día siguiente la abuela misma le pinchó la ampolla con una aguja. Después le puso aceite de oliva en la herida y un plato con berza tibia sobre la mesa. Así son las cosas en estos relatos, en los que la rutina, el orden, quedan dinamitados. Al igual que los sentimientos más planos, que bajo la mirada de la autora crecen en complejidad, resultando a veces difícil diferenciar incluso la ironía o la crítica.

Eider Rodríguez nos muestra con gran temple las fisuras que amenazan esos mundos que ella nos describe. ¿Qué hay detrás de un mobbing laboral? ¿De una huelga de hambre? ¿De la muerte de un abuelo? ¿Qué oculta el cartel de Se vende, en una casa de lujo? ¿Qué suscita en el héroe salvador el cuerpo de un niño a punto de ahogarse? ¿O el de la madre desnuda, llorando de agradecimiento? ¿Cuándo y cómo se atrofian nuestros sentimientos? ¿Y, sobre todo, por qué? ¿Por qué se atrofian? Aunque eso, el porqué, como sucede en los buenos relatos, es lo de menos, convertido tan sólo en el hueco que rellena el lector avezado.

Me ha gustado en particular el uso que hace la autora de los contrapuntos. Frente al amor más puro, la frialdad más sobria (La casa junto al golf, uno de mis favoritos, en el que la elipsis acerca de cómo las desgracias no siempre unen, sino que también separan, engrandece en mi opinión el relato). El amor que nace en condiciones difíciles, y el que cae extenuado en la vida más cómoda (T’es très belle, Olores imposibles). O la preciosa contradicción de madre perfecta que pronto será una perfecta suicida.

Respecto a la ambientación, los relatos se sitúan en lugares como Donosti, Irun, Hendaia. De hecho, el libro fue escrito en euskera y traducido posteriormente por la misma autora. Para mí, que soy vasca, ha sido una sorpresa agradable encontrarme con unos relatos, modernos y actuales, ambientados en un entorno reconocible (las Gemelas se ven desde la ventana de mi cuarto), y que muestran destellos de una sociedad determinada y compleja.

Creo que leer Carne es tomar una buena dosis de proteínas literarias y una forma de abrir boca, porque esta autora, a la que en mi opinión hay que seguir, acaba de publicar su tercer libro de relatos, Katu jendea (abril 2010), que espero que pronto podamos leer en castellano.

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