Caras B

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Por Antonio J. Alías.

Caras B

En el ya mítico Rastros de carmín de Greil Marcus hay un pequeño epígrafe hacia la mitad del libro titulado ‘Rostros’. En blanco y negro esas pocas páginas contienen las fotografías de algunas de las personalidades avant-garde del panorama contracultural que, ya desde mediados del siglo XX, constituían un lugar de referencia artística. Y apenas hay texto (a excepción de los pies de foto). Ahí posan Guy Debord, Hugo Ball, Emmy Hennings, una chica punk anónima en el Londres de de finales de los setenta y un sombrío Johnny Rotten. O lo que es igual: el Dadá, el Situacionismo, el Punk. Todas esas caras forman parte de programas que en su día fueron iconoclastas, pero que ahora reconocemos y ubicamos perfectamente dentro de una historia de la cultura. En ese sentido, la imagen ha ido haciéndose hueco como correlato del objeto artístico, cuando no –en muchas ocasiones- ha ocupado su lugar. No podemos detenernos en esta cuestión, pero cabe  afirmar que es la imagen, precisamente, la protagonista del imperante Pop art en un pasado no demasiado lejano. Quizá sin Warhol no habríamos reparado en que el rostro no es el espejo del alma, sino la significante redundancia de una conciencia que se manifiesta. Carisma o personalidad, lo cierto es que la industria musical ha aprovechado hasta la exasperación esta idea para crear modelos de consumo y, de paso, provocar un fetichismo basado en la pura (bella y saludable) apariencia de un ser superior.

Y esto no es casualidad. No deja de ser curiosa la presencia de un platonismo residual en los términos manejados por la cultura pop mainstream. Todavía hoy al hit musical le suele acompañar una cara bonita o una imagen estudiada que se expande por cauces mediáticos para desembocar, finalmente, en los cuerpos sociales. Música pop y personalidades desbordantes. Una superficie hecha de maquillaje por el que también se mueven agentes y publicistas con el fin de tapar las naturales imperfecciones del rostro, las profundas marcas de un acné históricamente ocultado.

Agujeros negros. El perfil bueno siempre cuenta con su otro lado. Sid Vicius presumía de cicatrices y Johnny Rotten de una cara excesivamente demacrada. La foto que Marcus incluye de este último en su capítulo “Historia secreta de un tiempo pasado”, no es más que la expresión facial del ‘No future’ tantas veces vitoreado: escapar de la representación al uso, acabar con la personalidad y ser, pretenciosamente, mal retratado. Desde luego, la anti-foto tiene su anti-sistema: el haz de luz viene de abajo y lo que se proyecta no es, pues, una cara sino sus rasgos más angulosos, la oscura sombra de un espacio interior que se abre en los ojos. La máxima deleuziana de que “el rostro es un cuento de terror” se cumplía  con creces en esta foto de 1977, fecha oficial de la explosión del punk como movimiento rabiosamente contracultural. Por raro que parezca, el inextricable vínculo entre imagen y sonido derivó hacia nuevos territorios para la creación musical a partir de un gesto mal encarado. El paisaje que entonces se abría, sustituía cualquier metafísica por una estética pre-destinada: la autodestrucción, la desaparición. Como sabemos, en esa idea propia se pudrió el punk, cuyo corpus musical se ha conservado hasta ahora de la manera más artificial, aunque debido a lo irreconocible de su cara, nunca se llegó a identificar totalmente en una canción, en una banda o en un momento determinado. El rostro, según el filósofo francés, es siempre una superficie agujereada por donde todo pasa y nada permanece.

Y otros lugares de baja fidelidad. El crítico portugués Miguel Esteves Cardoso dejó escrito en sus crónicas musicales de los ochenta que Joy Division era tan sólo un lugar de la música. Y en cierta manera “In the shadowplay, acting out your own death, knowing no more” cantaba un paisaje gris y urbano donde el sonido post-punk habría de crecer. Con ‘Shadowplay’, cara b de Unknown Pleasures de Joy Division, el ideario punk alcanzó su cenit sin hacer ruido, como si se tratase de una explosión llamada melancolía. Lo demás es historia. Ian Curtis asumió aquella estética de rostro ensimismado, un agujero negro de voz abismal. Y la convirtió en performance al bailar como un cuerpo reanimado hasta que dejó de hacerlo. Eso también es historia. Desde entonces han surgido –vía New Order- discos que guardan gran fidelidad a la banda de Manchester, aunque su sonido se produjera en low-fi (low fidelity) como estética intencionadamente primigenia y en contra de la política de producciones limpias de las discográficas más comerciales. Siendo esto así, todas-las-bandas-que-suenan-a-Joy-División no son más que vanos intentos por hacerse con el cuerpo y la imagen de aquel sonido imposible. El rostro de Curtis, sin embargo, despareció.

Desde hace algún tiempo el sello Captured Tracks congrega a músicos con un perfil similar: sonido precario, voces saturadas, samplers sucios, producciones en formato EP (o singles con alguna que otra cara b) colgadas en la red y –lo más interesante de todo- con sus rostros explícitamente ocultos. En esa senda se mueven Blank dogs, Vivian girls, Salem, Wild nothing, Craft spells, Beach fossils o Minsk; todas bandas pop surgidas de una escena underground y virtual que evidencian el cambio de una industria musical en pleno declive y la poca validez que el concepto de identidad tiene en música. El misterio de sus caras tiene mucho que ver con aquellos rostros demacrados del punk o con el sobrio gesto de la new wave británica. Estas bandas acaban definitivamente con el rostro en tanto que significación del ser humano: sin expresión, sin ojos, sin boca. Una manera descarada de denunciar que lo que importa, verdaderamente, es la música (o la cara clandestina del pop: otros modos de hacer, producir y representar). Como si mostrasen así el dolor más grande, como queriendo encontrar el rostro de Curtis en una imperceptible oscuridad.

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