Jernigan, de David Gates

Por Guillermo Ortiz.

La figura del anti-héroe puebla la literatura estadounidense casi desde sus comienzos, con mayor o menor éxito a la hora de no caer en tópicos. Hablamos de novelas imposibles de filmar: Moses Herzog, Ignatius J.Reilly, Harry “Rabbit” Angstrom… incluso la colección de perdedores, outsiders borrachos que componen ese hito generacional llamado “En el camino”, de Jack Kerouac. Hombres autodestructivos con ese punto estético complaciente, irónico, casi pedante en ocasiones.

Jernigan, de David Gates, es un ejemplo claro de esta tradición literaria. A los 40 años, viudo, con un hijo adolescente y envuelto en una espiral de alcohol, Peter Jernigan vive en una zona residencial de Nueva Jersey con una mujer a la que no quiere y un trabajo en el que nadie le quiere a él. Aun así, sigue ahí erguido, más chulo que un ocho. Hijo de un pintor beatnik y padre de un chico completamente infeliz enamorado de una suicida en potencia, todo alrededor de Jernigan es deprimente, esperpéntico, desolador.

Estados Unidos a finales de los 80. Tiempos de recesión. Es la economía, estúpidos.

No hay razones que expliquen que esta novela haya permanecido veinte años oculta para el lector español. Desde que en 1991 quedara finalista del Premio Pulitzer ninguna editorial se había ocupado de encargar una traducción y proceder a su distribución. Extraño y esperpéntico. Demos gracias a Libros del Asteroide una vez más, porque Jernigan –el personaje y el libro- no merecían este olvido.

Un hombre que se dispara a sí mismo por sentir algo y busca siempre un diálogo ingenioso, una cita de clásicos, un latinajo o incluso un poco de spanglish. Alguien que sabe que debería haber triunfado, pero en fin, sencillamente no fue posible, así que recreémonos en la mediocridad. Jernigan podría ser la historia de un genio en medio de mediocres igual que Ignatius J.Reilly estaba convencido de que su nula vida social respondía a una conjura de necios contra su talento.

No lo es. Jernigan acepta la derrota desde la página uno y no entra en si el mundo debería ser de una manera o de otra. Con una sonrisa cínica en la cara se limita a constatar: “La cagué” o a pronosticar: “La volveré a cagar”. Volviendo al símil cinematográfico, y aun insistiendo en que se trata de ese tipo de novelas inadaptables porque cualquier productor desecharía el guión al grito indignado de “¡Pero si aquí no pasa nada!”, sí encontramos un cierto paralelismo con El Nota, protagonista de “El gran Lebowski”, de los hermanos Coen.

Es ese tipo de suciedad brillante. Ese tipo de apestado consciente de su mal olor. Uno lee las 350 páginas de Jernigan imaginándose a Jeff Bridges perdido en una caravana en medio de un bosque invernal o acompañando a su hijastra al hospital por una sobredosis de ácido. No hay moral en Jernigan. Desde luego, no hay moralina. Sólo estética de perdedor. Un hombre que ve capítulos de Star Trek mientras su vida se derrumba.

Y él lo sabe. Si no lo supiera, no habría novela.

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