Cadaqués, Bazille y las derivadas del cuento

Por Fernando Clemot

Lo que el ojo ve el cerebro lo representa o lo percute.
En los estímulos exteriores está la miel antigua de la realidad, los poetas y pintores lo utilizan a menudo, ¿por qué no ha de buscar la inspiración un escritor en un paisaje? Siempre me atrajeron los pintores impresionistas y todos tuvieron sus fuentes de luz y de sensaciones: Cézanne, con sus playas y sus bañistas; Renoir en los reflejos en de los entoldados y las alamedas; Degás y Manet en los cafés; Gauguin, Van Gogh en los campanarios de la Provenza; los acantilados de Courbet y Monet y sus campos en flor.
Siempre me fijé un cuadro de los que hay en Orsay, en las plantas de arriba, es de uno de los menos conocidos, Frédéric Bazille, que en su Reunión en familia retrataba a los suyos en Montpellier, debajo de una enorme higuera. El cuadro tiene una luz prodigiosa, una luz que sólo se podía destilar en el Mediodía francés, como lo hizo él, el cielo y la campiña tienen un brillo imposible en las brumosas imágenes de Normandía que dibujaron Cézanne o Monet. El cuadro está fechado en 1867 y el pintor tenía veinticinco años. Bazille no llegó a ser un eterno porque murió muy joven, tres años después de pintar el cuadro, en la batalla de Beaune, en la guerra franco-prusiana.

Bazille tiene otro cuadro maravilloso: El vestido rosado. Allí, en un atardecer, una muchacha cogida de espaldas se apoya en un muro y mira un pueblo mediterráneo. El pueblo es Castelnau-le-Lez, cerca de Montpellier, pero podía haber sido Cadaqués y el poyo en el que se sienta podía ser una ventana abierta y la muchacha del vestido rosado la hermana de Salvador abriendo su ventana al azul. No soy pintor pero este fin de semana mi inspiración ha de ser Cadaqués y hasta aquí he venido dispuesto a apuntar cualquier estímulo que reciba allí, cualquier detalle, cualquier idea. No descubro ningún motivo nuevo, unos vinieron a morir en esta costa, como Machado y Walter Benjamin, y otros a dibujarla, como Derain y Matisse, en Colliure, un poco más al norte. El nudo troncal es el lugar y de él hay que extraer derivadas.

En la arena, tras un baño en Es Pianc, ojeo una guía de la Costa Brava que me da el primer material digno para una historia. Habla la guía de un barco inglés de nombre Llanishen que en 1917 fue torpedeado entre Port Vendrés y Portbou por un submarino alemán. Más tarde encuentro más material por internet. La mayor parte de la tripulación del Llanishen fue evacuada en Portbou pero todavía encontraron ocho supervivientes cuando encalló el barco en los bajíos de Els Caials. Durante aquel invierno de 1917 una naviera de Barcelona trató de reflotarlo tapando las vías pero fue inútil, era un barco grande, de cien metros de eslora y más de cuatro mil toneladas. Abandonado en los rompientes será desmontado durante ocho años por un buzo local, Constantino Kontos. En 1947 el hijo de este, Jordi Contos, volaría las calderas con dinamita.
El Llanishen salió del puerto de Savona y su destino era Gibraltar y el submarino que lo torpedeó partió del puerto de Pola, en la costa dálmata. Me pareció que aquí había una historia por eso la apunté en la Moleskine que me compré en la Riera. Luego aparecen más anotaciones que transcribo: aventuras salvajes de juventud, exceso sexual, cámping gas, un cubo de basura con unas escriturasd de un terreno, una vespa con sidecar, veraneos, niños ricos, playas, masturbación, Franquismo, pintores, oportunistas, extranjeras, años 60, top-less, voyeur…Las primeras copas en las terrazas están llenas de sugerencias, me siento ágil, estoy todavía lúcido y por la noche en El Hostal aparecen nuevas tramas. En uno de los rincones del bar, cerca de la chimenea, se guardan algunas piezas del Cadillac que tenía Dalí y un ajedrez de Marcel Duchamp. El principio de la historia podría ser Salvador Dalí y su hombre de confianza mirando las piezas del Cadillac, ensimismados, quizá el coche está estropeado o sin ruedas y el pintor encarga a su ayudante una misión absurda o imposible. Apunto en la barra. Un tipo que se parece a Genet me mira extrañado. El Hostal está resultando una fuente inagotable de tramas, quizá Dalí se equivocaba y el centro del mundo no estaba en la estación de Perpignan, estaba aquí entre esas fotos colgadas en la pared que recuerdan que en el cabo de Creus se rodó “La luz del fin del mundo”, adaptación de la novela de Julio Verne, con Kirk Douglas y Yul Brynner. La película se rodó en 1971 y se construyó un faro a tamaño natural en el cabo de Creus. Debió ser un gran acontecimiento. La gente del Club Med se acercaba para ver si veía algo a la roca de El gran masturbador y desde el extremo la cala Culip. ¿La historia de un extra o de un mirón? Los dos actores estaban ya en horas bajas cuando llegaron aquí, hay dos cuadros de ellos a la entrada, impecable Douglas, con su sonrisa de galán agostado, más místico Brynner, parece que mire hacia el más allá en una misión espacial. Lo subrayo. Sí, me pareció que lo de la película y el Club Med también daba para un argumento.
El Hostal no tiene fin, es un sumidero de todo el encanto demodé de Cadaqués; el póster enorme de Teresa Gimpera que hay a la entrada de los lavabos anuncia que este fue uno de los grandes reductos de la “gauche divine”, todos bailaron en El Hostal, se emborracharon aquí y se drogaron en soberbias terrazas con vistas. Tenían que heredar un país y mientras llegaba su hora se divertían. En los primeros setenta la historia de un arribista que quiere entrar en aquella élite podría ser otro argumento, sin nombres ni nada que distraiga, sólo la situación, un Sorel infiltrado en la burguesía catalana postfranquista. Algo chirría. La descarto.
De madrugada acabamos frente a la playa, desnudos, fumando un cigarro. En el bar, cerca de la barra, allí estaba aquel tipo que se parecía a Genet. Tenía una mirada asesina, de lado recordaba también a Erich von Stroheim. Al calor de las primeras luces bosquejo unas líneas, me cuesta poder transcribirlo y corregirlo por la mañana, la letra es ilegible, la libreta está mojada y hay arena en la cabezada pero queda algo así: “Se solía bañar desnudo, muy temprano, entre las barcas de Sa Conca.
Lo reconocí el primer día. Era él, estaba allí, efímero, su piel brillaba con las primeras luces como la de un pez recién brotado del agua. Tenía el pelo muy canoso, blanco agostado como el poso de un cigarrillo. El rostro duro que siempre le había intuido, la cara partida por los años de presidio y delincuencia. El pelo muy corto y la frente cargada sobre unas cejas que escondían los ojos. En sus mejillas ardía el alcohol, el rubor de los héroes griegos.
Por la tarde estuvimos en una de las terrazas. Se hurgó meticulosamente los dientes con un palillo que cogió de la barra. Escupió. Conservaba los modales bruscos de la cárcel y un tatuaje mal avenido en el antebrazo.
Marchó al día siguiente. Se llevó mis poesías en una carpeta sucia. Antes de irse me arrimó contra un portal, me estiró del pelo y me apretó muy fuerte el sexo. Le acompañé hasta el autobús. Llevaba una triste maleta de cartón que habíamos recogido de su pensión. Porque era Genet, sí, tenía que ser él, se parecía mucho al de las fotos, lo era, o al menos él había dicho que sí, que lo era.”
Cierro la libreta al fin. No sé si por Murakami o por qué lo titulo “Genet en Sa Conca”.

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